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Achille Mauri: un diálogo de almas, pero con visión moderna
Perteneciente a una familia de ilustres intelectuales, socio editorialde Umberto Eco y artista impulsor de la vanguardia en su país.
Achille Mauri. “A Umberto Eco no le interesaba un pito tu opinión, así que llenaba el tiempo de chistes, una montaña de chistes. Lo contrario de Pasolini, que no permitía que pasara un segundo sin que se reflexionara”.
A.M.: Al cardenal Martini, uno de los hombres más inteligentes de Italia, que iba a ser Papa pero murió de cáncer, le preguntaron de su vida después de la muerte: "primero me gustaría encontrarme con Mozart, estar un rato con él, después con Beethoven y Bach; luego, si Dios no pensó en algo que deba hacer tras una vida de sacrificios donde no me dio señal de nada, entonces espero la eternidad pasarla bien". Creía en el alma. Tengo suficiente edad para no creer ningún cuento, ni judío, ni cristiano, ni musulmán, pero creo en el alma. Cuando edité la revista "Planeta" que dirigía el francés Louis Pauwels, un éxito mundial, salió una investigación soviética donde los 22 gramos que salen del cuerpo tras la muerte serían los del alma. Todo bien. Pero no me gustó eso de que toda la identidad corpórea se esfumara. En "Sorpresa", del otro lado se mantiene la identidad y hay encuentros de almas que charlan discuten, se divierten. Podemos vivir diversas vidas a través de la vida de los otros, como nos sucede con la literatura, y así pasar por la eternidad donde ya no nos mueve el sexo, ni nos diferencia la clase social, compartiendo vidas, fusionándonos con los otros, y si somos dueños del tiempo, tenemos que disfrutarlo. Por eso "Sorpresa" es puro diálogo, es teatro y es novela, es sueño, fantasía y memoria.
P.: Umberto Eco allí solo le pide que le cuente chistes.
A.M.: De chicos hicimos un pacto de amigos: a todo pedido decirnos siempre sí. Y lo mantuvimos. Fui su editor. Hicimos juntos la Escuela de Editores en Bolonia. Luego, con mi mujer, hicimos la Escuela de Libreros. Publicamos, entre otras cosas, los cuadernos de estudios semióticos "Versus". Un mal negocio donde escribieron Chomsky, Jakobson, Guattari, entre otros. A Umberto no le interesaba un pito tu opinión, así que llenaba el tiempo de chistes, una montaña de chistes, uno detrás del otro. Lo contrario de Pasolini, que no permitía que pasara un segundo sin que se reflexionara o discutiera sobre algo. No aceptaba perder un segundo.
P.: En su libro aparece un Woody Allen "cínico y cruel".
A.M.: Y es así. Su historia ya lo define. Yo tenía un guión fantástico: Frank Zappa y él iban a África a llevar a Estados Unidos un ladrón africano gigantesco, Kano, alguien real que yo había contratado porque todo en él era exagerado, meaba y hacía un río. Zappa estaba encantado con la idea. Fuimos a ver a Woody Allen al café Carlyle. Él comía con otros. Había una fila de personas que iban a verlo. Tenían que esperarlo, sentarse y comer. Pero él en su mesa comía, atendía a una persona y a los cinco minutos le decía no me interesa, con algún comentario despreciativo y sarcástico, siempre el mismo, y que pasara otro. Era por turnos. No le interesaba en lo más mínimo nadie. ¿Para qué invitaba? ¿Para decir que no iba a perder un segundo de su vida en la idea de otro? Las mesas quedaban con los platos por comer. Se pagaba y había que irse. Y yo que soñaba que me ganaba un Oscar como productor.
P.: Dialoga con el Mariscal Radetzky, con Fiorucci, con los famosos que aparecen como partiquinos, ¿alguien se repitió en sus recuerdos?
A.M.: Aho René Glele, rey africano de una cultura increíble, un chamán que me enseñó de relaciones donde el humor y el placer de vivir se mezclan.
P.: ¿Qué va a escribir ahora?
A.M.: Espero que tres libros más. Uno sobre la vejez, otros sobre el amor y otro sobre la inmigración, siento que tengo cosas para decir sobre esos asuntos.


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