Activismo argentino, fiel a la historia

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Hoy resulta claro que el respaldo expreso del presidente Barack Obama de los EE.UU., la entrevista de Manuel Zelaya con Hillary Clinton en Washington y, posteriormente, el apoyo del mandatario de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, a las gestiones de la Organización de Estados Americanos (OEA) y los presidentes de la Argentina y Ecuador, reflejan que fue acertada la anticipación de la diplomacia argentina en la persona de sus máximas figuras.

Por un lado, debe destacarse a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner procurando movilizar la opinión en contra de un golpe de Estado cívico militar inexplicable y, por el otro, el canciller Jorge Taiana, presidiendo la primera Asamblea General Extraordinaria de la OEA convocada bajo el paraguas de la Carta Democrática Interamericana que, bueno es recordarlo, fue el resultado de una iniciativa argentina concretada, luego de intenso esfuerzo negociador, durante el mandato del presidente Fernando de la Rúa.

No debería sorprender que nuestro país haya asumido nuevamente la tarea de defender derechos, principios e ideales ya que esa actitud responde a sus mejores tradiciones diplomáticas. Fue Luis María Drago, canciller argentino, que recorrió América protestando contra la agresión militar de algunas potencias europeas a Venezuela para obtener compulsivamente el cobro de la deuda pública. Ocurrió en 1903, y ello definió el accionar diplomático argentino que adquirió, hacia adelante, un sesgo único en el hemisferio.

Adhesión

Habría muchos ejemplos para mencionar, como los tratados de desarme negociados por Carlos Saavedra Lamas que contaron con la adhesión de numerosos países, incluso de los EE.UU.

Pero para situarnos en lo más reciente, recordemos que el ingreso de la Argentina al Grupo Contadora, que procuraba la paz en América Central, respondió a una invitación de México en razón del interés que suscitaban las propuestas argentinas acercadas a los negociadores en la OEA y otros escenarios bilaterales. Gobernaba la Argentina Raúl Alfonsín. Y fue precisamente ese mismo presidente que en el jardín de la Casa Blanca en Washington, respondiendo al discurso del presidente Ronald Reagan, tuvo la humilde valentía de señalarle abiertamente que promover a los «contras» en Nicaragua era negativo para la paz en América Central y afectaba la credibilidad de una verdadera política hemisférica.

Otros episodios

Durante la gestión de Carlos Menem, la delicada transición del dictador Raoul Cedras al presidente constitucional Jean-Bertrande Aristide en Haití fue instrumentada por el ex canciller Dante Caputo, propuesto por Guido di Tella a las Naciones Unidas y a la OEA, y por su segundo Leandro Despouy.

Ambos funcionarios fueron luego respaldados por fuerzas de seguridad argentinas y por funcionarios de la Cancillería a cuyo esfuerzo y sacrificio debe acreditarse el comienzo de una larga normalización en ese complejo país.

Vale la pena tener presente otros episodios de la diplomacia argentina en defensa de la legalidad democrática. Así, la acción del presidente Menem, de su canciller Guido di Tella y Joao Clemente Baena Soares, secretario general de la OEA de nacionalidad brasileña, para frenar los desbordes constitucionales de Fujimori en Perú.

Años más tarde, una rápida acción de Di Tella en Paraguay con el respaldo ulterior del secretario César Gaviria, colombiano, y del vicecanciller de Brasil, Rego Barros, ayudó decisivamente a preservar el mandato del presidente Wasmosy, amenazado por el general Lino Oviedo.

En realidad, la diferencia entre lo que acabamos de describir y el accionar actual radica en que Di Tella viajaba acompañado por varios miembros de los partidos de la oposición, aun de los exponentes más críticos, cuando la trascendencia del tema lo justificaba.

Marcas de fábrica

Esa actitud permitía aventar cualquier sospecha de mezquindad u oportunismo, que felizmente han estado siempre ausentes de las prácticas diplomáticas argentinas.

La política exterior argentina y su diplomacia tienen mucho de todo lo que hemos visto. Anticipación, activismo sin contrapartidas en defensa de las instituciones y de la unidad de América Latina y el Caribe, han sido y seguirán siendo sus «marcas de fábrica». Por consiguiente, no hay que sorprenderse por lo actuado en relación con Honduras. Cabría, eso sí, tener presente que los acontecimientos tienen matices muy complejos y no se prestan a simplificaciones o actitudes, algo demagógicas, que son de poca utilidad a la hora de participar en las posibles soluciones, ya que la presidencia de la Asamblea General Extraordinaria ofrece esa posibilidad. La Constitución de Honduras, que los diplomáticos argentinos conocen bien por tratar con frecuencia con ese país hermano, prohíbe expresamente la reelección y cualquier intento en ese sentido. Establece, además, a nivel constitucional, severos castigos. Quienes la redactaron merecen reconocimiento ya que es en la debilidad de las instituciones donde hay que buscar la causa del subdesarrollo y la desigualdad, verdaderos flagelos de los que pocos países se salvan en América Latina.

Es de desear que estos acontecimientos nos dejen la enseñanza de que el reeleccionismo es muy perjudicial para el progreso y crecimiento de nuestros países, y que las constituciones están para ser respetadas.

La contribución hecha por la diplomacia argentina en esta ocasión, a sus máximos niveles, anticipándose y provocando apoyos de otros importantes actores, no pasará inadvertida. Sepamos valorarla adecuadamente.

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