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Adiós a Steve Jobs, empresario soñador y siempre inquieto
La noticia sobre la muerte de Jobs se conoció a través del sitio de Apple, que en su portada despidió así a su cofundador.
Poco menos de un mes y medio más tarde, la triste realidad es que su último deseo no pudo concretarse: Steve Jobs, el Leonardo da Vinci del siglo XXI, murió ayer en California. Tenía apenas 56 años. Lo sobreviven su esposa Laurene, con la que estuvo casado por más de veinte años, y sus tres chicos. También un hijo de una relación anterior.
Ayer la empresa cambió la portada de su sitio web y colocó una foto en blanco y negro de Jobs con la simple leyenda «1955-2011»; la página siguiente informaba que «Apple acaba de perder a un genio visionario y creativo, y el mundo a un increíble ser humano. Aquellos de nosotros que hemos tenido el privilegio de conocerlo y de trabajar con Steve hemos perdido un querido amigo y una inspiración como mentor. Steve deja detrás una empresa que sólo él podría haber construido, y su espíritu será para siempre la base fundamental de Apple». A continuación se daba un link para dejar condolencias. Hasta anoche los mensajes superaban los cuatro millones.
El hombre responsable de que las computadoras dejaran de ser un producto para las grandes corporaciones y se convirtieran en un electrodoméstico casi de primera necesidad en cientos de millones de hogares en todo el mundo perdió su batalla final contra el cáncer que se le detectó en 2004.
Ese año Jobs les informó a sus empleados que tenía cáncer de páncreas, que generalmente acaba con la vida del paciente en pocos meses. Sin embargo, su caso era una rara clase de carcinoma que le permitió una sobrevida de siete años.
En junio de 2005, un recuperado Jobs dio un histórico discurso en la Stanford University -la casa de estudios de la cual egresa buena parte de los técnicos que trabajan para su empresa- en la que relató su batalla contra la enfermedad y aconsejaba a los jóvenes egresados que «siempre mantuvieran el hambre y nunca dejen de hacer tonterías».
Él sabía de qué hablaba: su máxima «tontería» había sido fundar Apple en el garaje de la casa de sus padres, asociado a sus amigos de juventud Steve Wozniak y Ronald Wayne, y con el aporte financiero de un ejecutivo de marketing A.C. «Mike» Markkula. Fue en 1970, y Jobs ya había abandonado la universidad después de apenas un semestre porque -según explicó- le parecía absurdo gastarse los ahorros de sus padres «averiguando qué quiero hacer de mi vida, y sabiendo que la universidad no va a ayudarme a descubrirlo».
No tardó mucho en saberlo: junto con sus socios ensamblaron la primera «Apple Computer», un producto artesanal que fue la base de su desarrollo como empresario, pero sobre todo como innovador. Hoy los usuarios de computadoras personales aceptan como un hecho de la vida los gráficos atractivos, la interactividad, los íconos y el color en pantalla, y hasta el mouse. Todo eso sencillamente no existía hasta la llegada de Jobs al mercado de las PC con su línea Macintosh.
Sus inicios en la vida tampoco habían sido sencillos: su madre biológica, la estudiante Joanne Carole Schiebble (católica germano-suiza) y su padre Abdulfattah John Jandall (musulmán de origen sirio) decidieron darlo en adopción, pero habían puesto como condición que los padres adoptivos fueran profesionales universitarios. El día de su nacimiento la pareja que tenía asignado el niño se arrepintió, y la agencia de adopciones lo entregó a la siguiente en la lista, un albañil y su esposa ama de casa. Los padres biológicos llevaron el caso a la Justicia demandando que se respetara el contrato original, y sólo cedieron cuando los padres adoptivos -que le dieron amor, su apellido y todas las oportunidades que pudieron- firmaron un acuerdo comprometiéndose a enviarlo a la universidad cuando creciera.
Jobs, como es fácil de comprender, tenía todas las de perder desde el inicio y sin embargo se elevó de las dificultades iniciales hasta convertirse en una de las figuras más influyentes de la historia reciente.
Jobs no sólo fue Apple: como para justificar ampliamente el mote de «Leonardo del Siglo XXI», también «inventó» los filmes animados por computadora desde sus estudios Pixar, y tiene patentes registradas de objetos tan diversos como escaleras de cristal y -por supuesto- toda la línea iPod, iPhone e iPad.
Pese a la enfermedad contra la que combatió hasta ayer, su creatividad sólo se apagó con su muerte; de hecho, Apple había presentado un día antes la última versión del iPhone (la quinta), idea en la que él había participado pero para la que ya no pudo estar para lanzarla y explicarla, tal como había hecho con todos los «hermanos» anteriores de su «smart phone».
Lo hizo su reemplazante al timón de la empresa, Tim Cook, quien había asumido la conducción de Apple «de facto», varios meses antes de que Jobs anunciara su retiro.
El 17 de enero último, un año y medio después de recibir un trasplante de hígado, la empresa anunció que Jobs se tomaba una licencia por enfermedad por tiempo indeterminado «para que pueda enfocarse en mejorar su salud». Para entonces, ya casi nadie dudaba que su retiro iba a ser definitivo: los rumores sobre la fragilidad de su estado -alimentados por el aspecto demacrado con que se lo vio en sus últimas apariciones públicas- eran cotidianos y hacían temblar los mercados en los que Apple llegó a sobrepasar por algunas horas a Exxon como la mayor empresa del mundo por valor bursátil. Nada mal para un chico adoptado, criado en un hogar humilde, sin instrucción universitaria y que arrancó armando una computadora en el garaje de su casa.


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