Hasta nuevo aviso, esos vigiladores actuarán desde la Comisión Administradora del Río Uruguay, un ente binacional que ya falló antes en el cumplimiento del Tratado del Río Uruguay, cuando el Gobierno de Montevideo lo violaba por lo menos en diez oportunidades, según lo dictaminó la Corte Internacional de La Haya.
Esa vigilancia, además, la extenderán los dos países a todos los focos presuntamente contaminantes sobre el río Uruguay (el polo industrial de Concordia y los efluentes industriales y cloacales de otras localidades, como la uruguaya Paysandú), una respuesta argentina al reproche de Montevideo de que los ambientalistas criollos sólo miran a Botnia.
Antes de que se cumplan esos dos meses algo habrá que mostrarles a los quejosos de Gualeguaychú, de manera que quienes apoyan las medidas más extremas, que tuvieron algo menos del 50% de los votos en la asamblea del martes a la noche, no arrastren a los moderados que impusieron esta pausa en un conflicto que dejó al desnudo la debilidad de los gobiernos de los dos países.
También en 60 días, a partir del último encuentro en la residencial La Anchorena, se tienen que reunir Cristina de Kirchner y José Mujica para ponerle el moño al nuevo sistema de vigilancia que tratará de aprovechar los recursos técnicos con que cuenta la CARU, que se mejorarán con el auxilio de la Secretaría de Medio Ambiente, algunos aportes universitarios y, si se cumple una fatalidad -buena- de la burocracia argentina, de la empresa INVAP (que hace satélites, centrales nucleares y otros ingenios que prueban la capacidad criolla para moverse en el planeta de la tecnología).
El primer problema que tiene el montaje de la comisión de vigilancia no es la prisa que le pone la amenaza de los activistas, sino lograr que el Uruguay haga algún aporte para que Botnia abra sus secretos -ha sido tanto o más hermética con el Gobierno de Montevideo como con el de Buenos Aires-. Esto se agrava porque en todas las etapas de este entuerto -el más grave en materia internacional que enfrentó el ciclo Kirchner- Uruguay siempre mostró datos de la empresa Botnia y muy poco de los que puede tener el Gobierno uruguayo.
Para eso, los negociadores argentinos han desenterrado expresiones de 2006 del fallecido representante del Uruguay ante La Haya Héctor Gros Espiel sobre el compromiso de su país a hacer un monitoreo conjunto de las dos administraciones sobre el río Uruguay. Figuran en las actas de los alegatos que se hicieron al comenzar el juicio en La Haya y los recogió la Corte Internacional en su sentencia.
Ayer, los voceros argentinos se disputaron espacio en los medios para expresar la satisfacción por el levantamiento del corte con un énfasis que tiene más triunfalismo que sinceridad. Claro que es una oportunidad para poner el conflicto en un estado superior más provechoso para una solución, pero que un millar de vecinos votasen si negociaban o no con una Presidente que veía esa afrenta por TV no puede festejarlo nadie, y menos un Gobierno que presume de fuerza y poder. Algo que mostró a lo largo de todo el conflicto, en el cual ha actuado después del fallo en La Haya -que negó que hubiera contaminación y no ordenó la relocalización de la planta- y cuando el desgaste había dejado a los entrerrianos sin fuerza para sostener la medida. En la mañana del martes de la votación había una sola persona custodiando el corte del puente.
Con esos dos elementos el Gobierno emprendió la marcha que terminó con el levantamiento. Primero, Cristina de Kirchner encaró a José Mujica en La Anchorena y lo comprometió a que cumpla con los dichos de Gros Espiel sobre el monitoreo conjunto. También acordó ampliar la vigilancia hacia todos los focos de peligro ambiental sobre el río Uruguay. Con eso disparó el round agresivo de querellar a los activistas, una medida odiosa y provocativa pero que aportó un elemento necesario en este tipo de conflictos cuando se navega con inercia; ese embate conmovió a los activistas y reseteó las conductas, algo imprescindible para iniciar una etapa negociadora.
Autocrítica
Como ocurre en estas situaciones, las conductas de los actores políticos se conmovieron ante tal inercia y eso despuntó en el proceso de autocrítica en que entraron los funcionarios del Gobierno desde ayer con la revisión de lo que se hizo mal:
Difícil modificar tantas conductas que parecen estar anotadas en el ADN de los gobiernos Kirchner, en el plazo de 60 días que se han impuesto los presidentes, que coincide con el que votaron los activistas en la madrugada de ayer. No tiene mucha alternativa el Gobierno Kirchner, que ni se ha puesto de acuerdo para poner un embajador en Montevideo en casi un año si no quiere exponerse de nuevo a esta manifestación de la Argentina foral que ha sido la conmovedora asamblea de Gualeguaychú, que mostró a vecinos y vecinas de gorra y bufanda a lo que no arrastraba ni la vanguardia iluminada, ni los punteros del Gobierno ni el medro de algún subsidio o retención. Era seguramente lo mejor de la Argentina, con lo que cualquier Gobierno -por más distraído que esté- necesita acordar.

