12 de febrero 2009 - 00:00

¿Alcanzará el estilo persuasivo de Obama?

Barack Obama.
Barack Obama.
Tal como lo hiciera su antecesor, Barack Obama ha afirmado que su país colaborará para la existencia de un Estado palestino junto a Israel. La condición indispensable expresada tanto por el demócrata como el republicano es que desde el poder palestino se abandone toda práctica terrorista, un recurso que el movimiento Hamás, que gobierna en la Franja de Gaza, nunca ha disimulado.

Más allá de este aspecto central en la política-exterior de Estados Unidos, elemental para la visión mayoritaria de la sociedad israelí, es factible, llegado el caso, que la Casa Blanca sea bajo el ala demócrata algo más propensa a atender algunas sensibilidades de los palestinos sobre otras aristas del conflicto, de acuerdo con las características del entramado del nuevo Gobierno estadounidense.

En todos los campos, y también en Medio Oriente, Obama insiste en alcanzar consensos con una inagotable confianza retórica.

Su propuesta acuerdista basada en gestos voluntariosos parece desafiar posturas que han sido definidas por múltiples intereses: históricos, ideológicos, identitarios y económicos.

Ante ello, la elección del domingo en Israel presenta una nueva dificultad para la estrategia del presidente demócrata, que ayer anticipó que trabajará «por la paz» con quien sea electo primer ministro.

  • Protagonismo

    Ni el conservador Benjamin Netanyahu, y mucho menos el ultraderechista Avigdor Lieberman, barajan entre sus hipótesis más próximas la creación de un Estado palestino -como quiere Obama-ni están dispuestos a establecer negociaciones dado el actual esquema gobernante en Gaza y Cisjordania. Seguramente el primero, y quizás también el segundo, protagonizarán el próximo Gobierno israelí, ya sea encabezando el Ejecutivo o ayudando a formarlo con una alianza parlamentaria en la que conservarán alto poder de veto. Cierto es que si hay una política dinámica es la israelí, que obliga a un análisis más pragmático que en otras latitudes a la hora de evaluar posiciones cambiantes de sus protagonistas, pero hoy por hoy, en un escenario complejo, Obama suma otro ítem en su tarea persuasiva.

    Para más datos, Hillary Clinton, la secretaria de Estado norteamericana, tiene nociones sobre el hecho de tener como interlocutor a Netanyahu a fines de los 90, cuando «Bibi» gobernaba en Israel y su marido lo hacía en la Casa Blanca.

  • Incidencia

    El devenir de lo ocurrido en Medio Oriente en los años recientes está claro. Por otro lado, es sabida la incidencia directa que tienen las diferentes realidades del mundo árabe-musulmán en el conflicto entre israelíes y palestinos. El interés de algunos países, como Siria e Irán, es explícito a través de Hamás. Otros, más solapadamente, encuentran en esa pequeña región en conflicto una caja de resonancias que es entre funcional y distractiva para su mercado interno.

    Ante ello, resulta insoslayable revisar el incumplido beneficio colateral que, según Bush, traería aparejada la guerra de Irak. Según la tesis del presidente republicano de 2003, atacar Irak permitiría desactivar las armas de destrucción masiva, derrocar a un tirano y sentar las bases para una democracia casi inédita en esa cultura, que tendría un efecto dominó en el resto del mundo musulmán. Desde entonces, las únicas elecciones más o menos legítimas para elegir gobierno en un país árabe, y que no resultaron consecuencia de aquella guerra, fueron las que ganó Hamás en la Autoridad Palestina en 2006. La experiencia iraquí en ese sentido, todavía con 150.000 soldados estadounidenses en el país, sigue siendo una incógnita.

    Como presidente de Estados Unidos, Obama tiene un abanico de recursos para el mundo árabe. Así como Bush eligió el «o están con nosotros o contra nosotros», el demócrata confía en su poder de convicción, según dejó claro.

    Dadas las buenas relaciones que su país mantiene con aliados históricos como Egipto y Arabia Saudita, donde no existen derechos políticos o sociales más elementales, el intento persuasivo podría empezar por allí. Seguramente le irá mejor que con Irán, que a los gestos dialoguistas de Obama, Mahmud Ahmadineyad devolvió una agria respuesta.
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