La producción es un homenaje a la mujer a través del astro femenino por excelencia, la luna, y consiste en una variación del clásico de Shakespeare “La tempestad”, en el cual Próspero también es mujer. Es también uno de los primeros shows del grupo canadiense que da tanta importancia a lo musical.
Amaluna. El espectáculo es una adaptación libre de “La tempestad” de William Shakespeare, donde el elemento femenino es preponderante.
El séptimo espectáculo que trae el Cirque du Soleil al país, "Amaluna", rinde tributo a la mujer a través del astro femenino por excelencia, la luna. Después de haber visto shows en la Argentina durante una década desde 2008 con "Alegría", este resulta el más teatral ("Corteo" lo había sido en gran medida), con una puesta ingeniosamente articulada para que el armado de los números circenses queden amalgamados no sólo con la historia sino con los movimientos de la escenografía y los artistas. La responsable de esta proeza es Diane Paulus, una de las directoras más talentosas de Broadway con vasta experiencia en musicales.
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Con inspiración libre en "La tempestad" de Shakespeare, el clima está construido a través de sonidos selváticos, aves e insectos, brillo del vestuario en el que destaca el plumaje del pavo real y cañas de bambú, todo musicalizado por una banda de rock de mujeres. Es uno de los pocos shows del Cirque en el que la ejecución de los instrumentos es puesto tan en primer plano, en este caso como rockstars al mando de guitarras y bajos eléctricos que consiguen sus varios minutos de protagonismo excluyente.
La historia de dos enamorados separados por criaturas mitológicas va dando lugar a los distintos números circenses. La protagonista, Miranda, es guiada por la reina Próspera, una experta en el uso del trapecio quien en su enseñanza lúdica a su discípula regala una de las secuencias más bellas. Otro de los momentos más celebrados está protagonizado por Miranda (Iuliia Mykhailova), contorsionista que combina su plasticidad y admirable fuerza para sostenerse de un brazo flexionado o una pierna con zambullidas a un piletón estilo aquadance, pero con mucha más poesía y belleza.
Resulta algo reiterativa la presencia de los clowns entre el público, para desviar la atención mientras el escenario es transformado por completo. Si bien los payasos son entretenidos y marca registrada del circo, la vara tan alta a nivel teatral y acrobático cae demasiado cuando irrumpe el humor.
En cuanto a los cuadros propiamente dichos, el show abre con dos acróbatas en monociclo en una primera parte que no da respiro. En cambio el segundo acto resulta menos impactante, salvo por la hipnótica suiza Lara Jacobs Rigolo en uno de los cuadros más originales que el Cirque haya traído hasta la fecha: la equilibrista sobre el suelo confecciona una asombrosa estructura de 13 hojas de palmera que no termina de comprenderse cómo se sostienen. Se la ve en permanente equilibrio sosteniendo lo hecho y tomando una a una las ramas del suelo, para terminar la obra maestra elevándola sobre su cabeza. Todo en permanente y lento movimiento circular impulsado por el escenario. La ovación es unánime y tras admirar algunos segundos lo realizado, basta con que quite el primer palito para que todo se derrumbe.
Esta vez los números multitudinarios no fueron el punto más alto sino que las individualidades antes mencionadas, sumando a Evgeny Kurkin en el palo chino, superaron en prodigio a la espectacularidad de muchos acróbatas en escena, por caso, múltiples gimnastas en las barras asimétricas o el trampolín doble. El Cirque cierra su gira el 26 de abril en Córdoba.
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