2 de marzo 2010 - 00:50

Angustia de un funeral en medio del terremoto

El viernes a las 17.30 aterricé en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, de Santiago de Chile. Salí al instante del lugar porque no llevaba equipaje. Sólo un bolso de mano y el traje oscuro que llevaba puesto para la ocasión. Iba al funeral de Alicia Briones, una joven de 32 años que murió al despeñarse su auto por un barranco de 50 metros cuando iba a su casa de la playa en Portecillo. Alicia es hija de mi amigo Hernán Briones, uno de los empresarios más importantes de Chile.

Dejé el bolso en el Carlton Ritz e inmediatamente el chofer me llevó a la iglesia de San Francisco de Sales, lugar del velatorio y donde se iba a oficiar una misa por Alicia, madre de Juanito, un bebé de seis meses.

Poco a poco fui descubriendo a algunos conocidos. Vi a Cecilia Bolocco, muy amiga de Hernán Briones; al brasileño Fabio Ermirio de Moraes, presidente del board de Votorantim, que estaba con su mujer Melissa, y a Guillermo Viegener, presidente de Ferrum.

Cuando retorné al hotel, era tarde. Subí a mi habitación en el quinto piso y pronto me quedé dormido. A la mitad de la madrugada, mi cama comenzó a sacudirse con una violencia exagerada. Me espantó más el rugido sordo que produce el terremoto que el de las lámparas de pie cayéndose y los crujidos de muebles y paredes que se estaban agrietando.

A medio vestir

Intenté ponerme los pantalones. Apenas levanté una pierna, el terremoto me hizo saber quién era haciéndome rodar por el suelo. Acostado en la alfombra conseguí vestirme a medias y enfilé para la puerta. No había luz. La espléndida luna que había visto unas horas antes y la suerte de no haber cerrado las cortinas de la ventana me dieron la suficiente claridad para no tropezar. Salí al pasillo y a los pocos segundos apareció gente. Una mujer casi desnuda, con el busto descubierto, gritaba con histeria. Alguien la cubrió con una manta. Fabio y Melissa enfundados en las batas blancas del hotel se sumaron al grupo. El temblor nos hacía rebotar contra las paredes del pasillo. No sabíamos si el terremoto iba a cesar antes de que se derrumbara el hotel; era el único miedo. La luminosidad de la pantalla del blackberry de Fabio nos sirvió para encontrar la puerta de la salida de emergencia, porque todas las luces se habían apagado, incluso las que no debían apagarse.

Apenas ingresamos a la escalera cesó el temblor y llegamos más tranquilos a la calle.

La noche era helada, pero la luna seguía brillando para suerte de todos. Me encontré con Guillermo Viegener y nos apostamos al lado del transformador de emergencia para obtener algo de calor.

El personal del hotel trataba de sobrevivir a su desorientación y a los llantos de las empleadas que querían comunicarse con sus casas para saber cómo estaban sus familiares. Los celulares no funcionaban, igual que las luces, el gas, el agua, los teléfonos e internet.

Nos alcanzaron agua, pantuflas y mantas. A las seis volvimos a las habitaciones. El personal de seguridad puso las tarjetas electrónicas, pero las puertas no se abrieron. Hubo que forzarlas a empellones porque estaban descalzadas. Inmediatamente se nos pidió que pusiéramos toallas en el piso contra el marco, para que no se cierren.

Al día siguiente, el funeral tuvo lugar en otro cementerio, porque el antiguo había sido destruido por el temblor. Durante la ceremonia, la tierra volvió a moverse. No daba tregua. Al marido de Alicia no le quisieron contar que su casa en Portecillo estaba arrasada por el agua. Un tsunami había barrido al balneario. Tal vez la muerte de Alicia evitó la de la familia, porque podría haber sorprendido a Facundo y a Juanito, su hijo, dentro de la casa de la costa. Nunca se sabrá cómo hubiera sido esa historia. El accidente torció el destino.

Después siguieron las réplicas. Fue un sábado desolador porque no podíamos salir de Santiago, que a esta altura era una ciudad sitiada. No funcionaban las estaciones de servicio porque no había energía para los surtidores; tampoco circulaban subterráneos ni ómnibus. Los semáforos estaban totalmente apagados y casi no había autos ni gente en las calles. La única forma de comunicación eran los SMS de los celulares.

Al llegar al hotel, Fabio nos dijo que al día siguiente, domingo a la mañana, le cargarían a su avión 2.500 litros de aerokerosene y que iba a Mendoza a completar la carga para llegar a San Pablo. Se ofreció a llevarnos a Guillermo y a mí hasta la ciudad cuyana, ofrecimiento que aceptamos al instante.

Otro sismo

En la mañana del domingo, a las 8.30, mientras dormía, me sorprendió otro sismo. Éste fue de grado 6,5. Al lado del de 24 horas antes, de intensidad 8, pareció la turbulencia de un avión en vuelo. Un grado y medio de diferencia en la intensidad de un terremoto es la brecha entre miedo y terror.

Cuando todo estuvo listo, partimos en una van al aeropuerto privado. A medida que nos alejamos del centro de Santiago crecía la destrucción. Gigantescos tanques de agua parecían latas de cerveza vacías estrujadas por las manos. Había casas y edificios derrumbados o deteriorados, autopistas con las uniones vencidas, grietas y árboles caídos.

Apenas despegó el avión, nos dimos la mano. Cuando bajamos en el aeropuerto de Mendoza, al ver que había luz e internet y todo funcionaba, no sentimos que llegábamos a la Argentina, sino al Primer Mundo.

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