23 de agosto 2013 - 16:00

Ansiedad en las mesas de arena oficialistas

• Clavez y señales (para entender)

Víctor De Gennaro, Francisco de Narváez, Axel Kicillof, Mauricio Macri, Ricardo Alfonsín, Daniel Scioli, Martín Insaurralde, Martín Lousteau, Sergio Massa, Diego Santilli, José Manuel de la Sota y Sergio Bergman
Víctor De Gennaro, Francisco de Narváez, Axel Kicillof, Mauricio Macri, Ricardo Alfonsín, Daniel Scioli, Martín Insaurralde, Martín Lousteau, Sergio Massa, Diego Santilli, José Manuel de la Sota y Sergio Bergman
• La cuesta arriba del 27 de octubre activa mesas de arena en el oficialismo. • Se preguntan cómo financiar y organizar partidas victoriosas con candidatos suplentes de los verdaderos jefes territoriales. • La maldición de la intransigencia complica esa intención. • También una estrategia que cree en los conceptos de guerra total y victoria que desaconseja la doctrina. • Y un brindis por De Gennaro, dictador de la moda entre políticos.



• La cuesta arriba que son las elecciones del 27 de octubre para el oficialismo lo obligan a remontar explicaciones que se endurecen en la opinión explotando el formato que eligió el kirchnerismo para mediar con la sociedad civil, es decir, sin dar el debate. No es una elección sonsa; surge de las entrañas del peronismo que cultiva la idea de que negociar o debatir es una exhibición de debilidad. No es nuevo en el país el hecho de que los proyectos de ley del Ejecutivo se tramiten sin cambios, aunque implique a veces resignar su aprobación. Discutir es contradecir esa maldición de la política argentina que es la intransigencia y lo ejerció el peronismo antes, por ejemplo, cuando Carlos Menem envió por decreto dos naves de guerra al Golfo en la primera guerra de Irak. La oposición de entonces estaba alineada, como el Gobierno, en el repudio a las atrocidades de Saddan Hussein, y pidió el debate en el Congreso de una ley para esa misión. El Gobierno negó el debate y sostuvo el decreto nada más que para ganar autoridad ante el propio peronismo, que hubiera visto como un gesto de endeblez ceder ese debate.



• Ese método de mediación expone al oficialismo a las críticas de la oposición que reclama que el Gobierno reconozca una derrota en las primarias del 11 de agosto. ¿Por qué debería hacerlo un derrotado si no es para beneficiar a sus adversarios? Es comprensible desde la lógica, pero el plano inclinado deja al Gobierno en falsa escuadra si no cede a la autocrítica, un ejercicio que se da de patadas con la política. Claro que quisiera la oposición que el Gobierno se arrastrase en la autocrítica, como hubiera deseado otra quimera que pedía, desde la vereda de enfrente, que Daniel Scioli diera el salto hacia una formación de la oposición como hizo Sergio Massa. Claro que le hubiera convenido más a la oposición una división de ese tamaño en el peronismo. Aún hoy le siguen preguntando al gobernador por qué no dio ese salto, algo que lo enfrenta de nuevo con la pendiente en contra de una opinión que la oposición ha tenido el acierto de instalar como verdad indiscutible.



•¿Podría el peronismo ser el mismo y tener lo que hoy tiene si se apartase de la política de la intransigencia? Lo intentaron ya antes los disidentes del Frepaso que trataron, en los años 90, de extender la agenda de la renovación peronista de la década anterior. Pero no fueron lejos en esa intención de mostrarse como dialoguistas superando la intransigencia del pejotismo adonde debieron volver después de la debacle de 2001. De eso se queja Ricardo Lorenzetti cuando justifica el rol que le ha dado su presidencia a la Corte Suprema de Justicia; lo hizo el miércoles por la noche ante un pequeño grupo de empresarios que patrocinaron el coloquio del Council of the Americas y cenaron con él en el hotel Alvear. El problema de la Argentina, dijo en síntesis brevísima, es que se ha instalado una cultura que no promueve acuerdos ni consensos a mediano o a largo plazo. Ante esa realidad, agregó frente a un auditorio que le hizo preguntas comprometedoras amparado en el estricto secreto de esa comida, el rol de la Corte es ser un factor de equilibrio político para el futuro.



• Para enfrentar esa cuesta arriba de la campaña, el Gobierno hace mesa de arena y consulta sobre una estrategia hacia adelante y que debería alumbrar pasos tácticos eficaces en apenas diez semanas. La principal dificultad en ese análisis es haber quedado comprometido el Gobierno con una línea estratégica que desaconseja toda la bibliografía en la materia. Sus teóricos más lúcidos, como Basil Liddell Hart -lectura predilecta de Jorge Bergoglio, quien recomienda su lectura a todos quienes lo visitan- afirman que hay dos conceptos destinados al fracaso en estrategia: guerra total y victoria. Todas las campañas exitosas de la historia, afirma este teórico británico, se han basado sobre todo en lo contrario, lo que él llama la estrategia de la aproximación indirecta al objetivo, que busca envolver al adversario, debilitarlo, esmerilar su liderazgo y sorprenderlo cuando él ya se declara, por sí solo, vencido.



• En esas mesas de arena los consultados por Olivos -los principales gobernadores- distinguen los tres rubros a mejorar en diez semanas y que son los componentes de toda campaña: 1) candidato; 2) financiamiento y 3) organización. El primer diagnóstico de esa mesa de arena es que la ausencia de los protagonistas centrales a la cabeza de las listas de candidatos lesionó las posibilidades de victoria en lugares en donde era imposible perder -San Juan-, o aún ganando, caer en cantidad de votos -Chaco, Jujuy-. Eso es lo que intentó suplir en 2009 el plan de candidaturas testimoniales, que esta vez el peronismo dasalentó después de aquella experiencia. Sin grandes cabezones de lista, sigue ese análisis, es difícil articular el financiamiento de una campaña porque quienes contribuyen para marcar la diferencia miran al hombre y no a la estructura. Para el peronismo esto es central porque profesa la doctrina de que un político gana si lo apoyan los empresarios, eso que desarrolló Cristina de Kirchner en Tecnópolis cuando habló de candidatos suplentes que expresan proyectos de banqueros, industriales y sindicalistas.



• La experiencia del Frepaso en los años 90 o la de la liga Carrió-Solanas en estos días desmiente ese prejuicio y demuestra que en política se gana haciendo política, que se puede enfrentar a la fuerza del dinero en campañas de tiza y carbón, y además ganarle. Y cuando un candidato promete futuro haciendo política, aparece el dinero que faltaba. Si la ausencia del candidato lesiona el financiamiento, tampoco se pone en marcha el tercer factor para una victoria, que es la organización. Es difícil sin los otros dos elementos comprometer a partidos que ante elecciones como éstas juegan su dominio mayoritario y son una tentación para la disidencia. Cualquier gobernador sabe que lo primero que le ocurre cuando gana una elección por buena diferencia es que salga una disidencia que le compita en la Legislatura y le levante el precio del apoyo.



• Sin actuar en las elecciones, los mandantes del oficialismo tienen que confiar en dirigentes vicarios que los representan -una especie de suplentes, diría Cristina de Kirchner-, pero que deben enfrentar a pesos pesados que tienen autonomía, que actúan -en jerga del juego- como banca en una pelea contra candidatos que son punto. Por decirlo, es la razón de la supremacía en las primarias de Sergio Massa por sobre Martín Insaurralde, con perdón de lo presente. Esta crisis de la relación candidato-financiamiento-organización en realidad despliega un clásico de la política que es el límite en el control de la voluntad ajena. En sistema en crisis es difícil, como se ilusionan algunos, que un presidente señale a un sucesor y que el público se lo consagre con el voto.



• Si de campañas se trata, todo vale. Por eso dejamos para los historiadores de mañana un registro del dress-code de los políticos de hogaño, arrollados por una moda que se ha impuesto en silencio y domina su atuendo. Se trata de llamado half zip pullover, prenda tejida con cuello camisa medio cierre relámpago, y que en nuestras costas inauguró hace años el sindicalista Víctor De Gennaro, a quien debería calificárselo como un verdadero dictador de la moda. Ese accesorio transmite al público un pedido de abrigo, una suerte de victimización que acerca el personaje al pueblo a quien se le pide adhesión o votos. En el dress-code de los Estados Unidos, que exige cumplir obligadamente algunos rituales de vestimenta si se quiere el amor del público, se suele recomendar el uso de un pulóver de lana debajo del saco azul de vestir. Se trata del mismo reclamo de abrigo en la intemperie. Cuando un político está en dificultades en la gran democracia del norte se pone la también forzosa corbata roja -imprescindible, por ejemplo, en conferencias de prensa y sesiones del Capitolio- en el cuello de la camisa blanca, arriba la prenda de lana con cuello en V, y arriba el saco azul, también obligatorio.



• En la Argentina el ceteísta De Gennaro comenzó a usar la prenda que ahora lleva su nombre como una forma de evocar el sinsaquismo (consigna del peronismo de antaño) de los gremialistas, pero sin connotar el desenfado burgués de otro adelantado en el dress-code y que impuso el sincorbatismo, Mauricio Macri. Fue el primero que comenzó a aparecer en actos públicos con el cuello de la camisa abierta, un tocado especialmente estudiado por el jefe del PRO que le otorga a la vestimenta una importancia central en sus apariciones públicas. A Macri lo siguió Néstor Kirchner en esa tendencia que ha consagrado definitivamente Axel Kicillof, que el miércoles apareció en Río Gallegos, una de las capitales del frío, con pulóver y camisa sin corbata.



• De Gennaro aportó a la moda criolla el half zip pullover como versión pobrista del desenfado sin saber seguramente, como los verdaderos precursores de grandes tendencias sociales en la historia, que abría un camino que seguirían tantos. El half zip pullover, que en adelante llamaremos el Degennaro como modesto homenaje a este pionero, no sólo construye sentido desde el sincorbatismo. El tejido, o maglia para usar un tecnicismo grato a la Asociación Obrera Textil, connota además una tía que teje laboriosa y en casa la vestimenta del sufrido trabajador. Un epítome de significados que se disparan en varios sentidos, algo que tiene toda prenda que se convierte en un clásico, como el vestidito negro que no puede faltar en ningún placard. Ha pasado el tiempo y hacen campaña hoy la mayoría de la colectividad de los políticos, consumidores en masa de lo que parece ser para ellos un seguro, o al menos una esperanza, de un destino mejor sobre la tierra.

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