Anticipó Cristina que “comienza una etapa de sintonía fina en el manejo de economía”

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Cristina de Kirchner no ahorró munición de grueso calibre para atacar a Hugo Moyano. Lo hizo frente a un auditorio propicio a prestar sus oídos a la diatriba que le dedicó al camionero, a quien mandó a discutir reparto de utilidades por paritarias, a quien acusó de paralizar las empresas y la economía no por disputas reivindicativas, sino para robarles afiliados a otros gremios y pedir beneficios sólo para los trabajadores que están en blanco y en empresas grandes.

La Presidente habló durante más de una hora y media en la Conferencia Industrial de la Unión Industrial Argentina (UIA). Acompañada de sus ministros Amado Boudou, Julio De Vido, Débora Giorgi y Arturo Puricelli, el gobernador bonaerense Daniel Scioli y el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, dijo que la etapa que se abría era de «sintonía fina» en el manejo de la economía.

Cristina desarrolló varios temas antes de encarar la catilinaria dedicada al líder de la CGT. Miró a la platea, sorbió un trago de agua y dijo: «Sé que estuvo Hugo hablando hace un rato. Supongo que habrá hablado del proyecto de ley de reparto de utilidades, porque me manda mensajes por los diarios todos los días por ese tema. ¿Estás Hugo? ¿No? ¿Se fue? Ah...».

Y arrancó con la andanada. Lo primero que hizo fue firmar el certificado de defunción definitiva de la intención gremial de intervenir en la administración de las empresas, disfrazada de «participación en las utilidades».

Cristina afirmó que «algunos dirigentes sindicales creen que las leyes que rigen la economía se dictan en el Congreso. Qué fácil sería... No haría falta ni la UIA ni la CGT. Este modelo se rige por acuerdos entre trabajadores y empresarios en convenciones colectivas de trabajo. No sólo hablo de salarios sino de condiciones de trabajo, que mejoran la vida de los asalariados y representan un costo adicional para los empresarios».

El último clavo en el ataúd del proyecto de Recalde lo puso cuando dijo que le parecía bien que las empresas que puedan y así lo dispongan les den participación en las ganancias a sus empleados, «pero eso lo deciden juntos, no el Parlamento. Además, la distribución es ¿para cuántos? Para los que trabajan en grandes empresas que pueden hacerlo. ¿Y los millones de argentinos que trabajan en empresas más chicas? ¿Y qué hacemos cuando la empresa da pérdida?». Sin dudas, Recalde no volverá a desempolvar este remanido proyecto que lleva su firma, y que ya duerme en el arcón de los recuerdos.

Cada párrafo contra las iniciativas del camionero fue saludado con una estruendosa ovación de los empresarios, incluso cuando recordó que «el derecho de huelga es sagrado, pero una cosa es un conflicto laboral en el que disputan obreros y empresarios, y otra muy diferente un conflicto sindical por encuadramiento de los trabajadores que paralizan las empresas y la economía».

En los últimos años Moyano montó una ofensiva feroz contra grupos que van desde petroleras y cadenas de supermercados hasta alimentarias y fabricantes de bedidas para «robarles» fichas de afiliación a otros gremios, en especial a Comercio, que comanda su rival Armando Cavalieri.

Esa práctica fue repetidamente condonada y avalada desde el Ministerio de Trabajo, pero parece haber llegado la hora de parar. De hecho, las huestes de Moyano interrumpieron -por un conflicto de ese tipo- la provisión de alimentos a los aviones que partieron de Ezeiza la semana pasada, apuntando a quedarse con una centena de afiliados. Tampoco debe haber caído bien en el Gobierno el reclamo de una suma fija para los camioneros, de $ 2.500 como «bonus» de fin de año.

Cristina también se refirió -seguramente por primera vez en su mandato- a un tema que preocupa más a los empresarios que a la población, al menos por ahora: la inflación. En un pasaje de su discurso dijo que su Gobierno «no es un Gobierno con metas de inflación»; en otro dijo que ésta es una etapa de «sintonía fina» en la economía en la que «salarios, inflación, competitividad y subsidios» tendrán un rol clave.

Puede interpretarse este nuevo capítulo de esta saga en el hecho de que la «sintonía fina» a que se refirió la primera mandataria prevé tiempos complejos por venir, en función de la crisis internacional. Esta etapa requeriría tener a toda la tropa alineada, y el que no se ponga en fila pagará el precio. El camionero no parece querer alinearse, y ayer el mensaje al respecto fue clarísimo.

Dijo que los que le reclamaban un tipo de cambio más competitivo «que me digan qué hacemos con la inflación porque después me lo cargan a los precios porque la moneda de referencia es el dólar».

La mandataria también se refirió a una «gran empresa argentina». Sin nombrarla («no me quiero pelear ni enojar; ya aprendí que no vale la pena enojarse por nada»), dijo que había una firma que en 2008 había ganado un 31%, y que en 2010 había ganado un 35% más que en 2008, «pero en 2010 invirtió un 35% menos que en 2008».

También dijo que otra empresa «compró dólares con pesos que le habíamos prestado a través del Banco Nación a tasa negativa». Finalmente, justificó que la Argentina viva en una economía bimonetaria, a diferencia de lo que sucede en Brasil. «Esta cultura tiene raíces históricas: desde 1930 nuestra moneda perdió 13 ceros. Es obligación de todos revertir esa historia».

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