Argento: una trama distante y fría pero sólo en apariencia

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La artista es una estudiosa de las luchas entre los pueblos originarios y los conquistadores, que retrata valiéndose de materiales no tradicionales.

La galería Rolf presenta en estos días "Argento", una exposición de Cristina Piffer que remonta la violencia que atraviesa nuestra historia, tema que explora la artista desde fines de los años 90. Con su lenguaje pulido, las obras de Piffer hablan de las luchas entre los pueblos originarios y los conquistadores, de la Conquista del Desierto y la carne, producto generador de riqueza por excelencia en la Argentina. Sus obras le brindan cuerpo y veracidad a los documentos que, con la dedicación y el rigor de un historiador, investigó durante años.

Piffer es una estudiosa, pero su obra se caracteriza por la condición estética y el uso de materiales no tradicionales, que le brinda a sus trabajos cualidades únicas e incomparables. Umberto Eco observa que la materia es, "no solamente el cuerpo de la obra, sino también su fin". De este modo, en la instalación llamada "Argento", la trama del dramático relato de Piffer adquiere la apariencia fría y distante del metal. Apariencia que merece un análisis.

Internada en el archivo del Arzobispado porteño, la artista registró 300 actas de los primeros aborígenes bautizados mientras permanecían apresados en la isla Martín García. Luego transportó las actas a finas planchas de resplandeciente aluminio y caló el breve texto del documento. La belleza que adquiere la obra mediante este procedimiento resulta inocultable. Rolf presenta las láminas de metal en cajas negras, como una joya que, si bien atrae la mirada del espectador, también le reclama que atraviese su belleza para internarse en la historia. Los burocráticos textos, despreciando el nombre del aborigen bautizado, sólo expresan la deshumanización de la Iglesia: "indio de 2 años de edad", "india de 20 años de edad".

Desde fines del siglo XIX, la isla Martín García, centro de concentración de los indígenas, atrajo a los antropólogos del Museo de La Plata. En 1886 el célebre perito Francisco P. Moreno pidió el traslado de algunos aborígenes, entre ellos, Inacayal y su esposa, al museo platense. En vida, sus cuerpos (y también los restos óseos recolectados en 1879) se convirtieron en objeto de observación e investigación. Desde la isla Martín García se inició en esos años el reparto sistemático de "cuerpos disponibles", se pedían como mano de obra esclava o para incorporarlos al Ejército y la Marina. Algunos niños se entregaron a familias porteñas y varias mujeres fueron destinadas al servicio doméstico. El desarraigo, la violencia sufrida, el exhibicionismo al que fueron sometidos y las enfermedades adquiridas provocaron la muerte temprana de muchos.

Las fotos reproducidas por Piffer en colodiones fueron tomadas originalmente por Carlos Bruch y Roberto Lehmann-Nitsche, los retratos son de Samuel Boote. La serie "Braceros" retrata a los indígenas enviados a trabajar en la zafra de los ingenios azucareros del Norte. Las fotos, reveladas por Piffer sobre placas de vidrio, mediante la técnica del colodión húmedo, utilizada en la segunda mitad del siglo XIX, registra "una presencia-ausencia, también en suspenso, como imagen sin cuerpo, ingrávida, espectral, sensibilizada en nitrato de plata sobre la superficie del vidrio", señala Fernando Davis, autor del texto por momentos poético que acompaña la muestra.

Hay en la sala una mesa de acero inoxidable que contiene en su superficie un pesado polvo rojo: sangre de grasa deshidratada. La obra se llama "41 millones de hectáreas" y es una referencia a las tierras que, entregó o vendió el Estado luego de la Conquista del Desierto, entre 1876 y 1903. Las 41.787.023 hectáreas para ser precisos, desde La Pampa a Tierra del Fuego, se distribuyeron a través de las leyes de "Remate Público", "Derechos Posesorios" y "Premios Militares".

También a la serie Neocolonial pertenecen las baldosas de acrílico realizadas con carne vacuna, grasa y resina poliéster. La carne, a la vez tumefacta y glamorosa, esconde en los lustrosos bloques, un arraigo especial en la violencia y basta recordar un texto fundacional como "El matadero" de Echeverría.

Piffer cuenta que su obra "La barbarie está maldita", surgió a partir de un fragmento de un texto de Estanislao Zeballos y agrega que lo realizó e imprimió sobre papel de algodón en un paralelepípedo de grasa. Cuando el general Roca proyectaba la Campaña del Desierto, le pidió a Zeballos un escrito para presentar en el Congreso, con el fin de estimular a los legisladores a financiar esta gira. Zeballos tenía 24 años y no conocía el territorio, pero aceptó la propuesta y escribió: "La barbarie esta maldita y no quedarán en el desierto ni el despojo de sus muertos".

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