22 de noviembre 2011 - 00:00

Arte “a medida” interviene la arquitectura de Proa

La libélula gigantesca de Andrés Paredes que domina la caferería de la Fundación Proa. Uno de los rasgos decisivos del arte «site specific» es el diálogo que entabla con la arquitectura del espacio que lo alberga.
La libélula gigantesca de Andrés Paredes que domina la caferería de la Fundación Proa. Uno de los rasgos decisivos del arte «site specific» es el diálogo que entabla con la arquitectura del espacio que lo alberga.
La Fundación Proa de La Boca exhibe en estos días los trabajos de Augusto Zanela, Daniel Joglar, Irina Kirchuk, Andrés Paredes y Gabriel Baggio, artistas que intervienen su flamante edificio. Las obras, no sólo interrumpen lugares atípicos de la arquitectura sino que además se ofrecen como un respiro, frente a la intensidad y densidad de la excelente exposición de arte precolombino, «Dioses, ritos y oficios del México prehispánico», que ocupa todas las salas de Proa.

El año pasado Santiago Bengolea comenzó a coordinar una serie de exhibiciones con el formato «site specific», el arte hecho «a medida», que el nomadismo artístico y las exigencias de ferias y bienales pusieron en el candelero.

Otro rasgo decisivo del site specific es el lenguaje espacial, el diálogo que suele entablar con la arquitectura. La exhibición «Fuga versátil», curada por Julio Sánchez, comienza por transformar, gracias a la obra de Joglar, el ancho y ahora vibrante pasillo que se abre a la biblioteca. Como un mago, el artista pintó con polvo de color azul, sabiamente distribuido, unas líneas verticales donde las breves ondulaciones inducen a recordar las secuencias rítmicas de un electrocardiograma o encefalograma, el rastro que acaba por dejar el palpitar del corazón o el pensamiento.

La neutralidad blanca de esas paredes ha desaparecido. Al igual que las instalaciones, algunas obras site specific incorporan de modo explícito al espectador, provocan una sinergia que se constituye en una de sus principales características. La obra de Zanela está ubicada al final de la escalinata que conduce al Auditorio: allí se divisan las líneas negras de los meridianos y paralelos que cruzan el mundo, aparecen quebradas y en abierto desorden. No obstante, acaso como potente metáfora de las posibilidades humanas, Zanela recurre al fenómeno óptico de la anamorfosis y coloca una señal en el piso a una distancia precisa: un pequeñísimo mundo donde deberá pararse el espectador para echar otra mirada. Desde ese lugar, las coordenadas geográficas que estaban distorsionadas recuperan su forma, el mundo vuelve a ser una esfera.

Kirchuk recubrió con plásticos de colores el cubo del ascensor de hormigón al descubierto. El material modelado con fuego llama la atención por sus características. Por un lado está la afinidad de esos colores chillones con los de las casitas de lata de La Boca; por otro lado, las sensaciones que suscita la condición lustrosa e impermeable del plástico, difiere de la fragilidad que ostenta la chapa. El plástico acaba por mostrar su vulgar estridencia en medio del paisaje precario que se levanta junto al Riachuelo.

La obra de Paredes domina la cafetería. Se trata de una libélula gigantesca y oscura que vuela directo hacia la luz que ingresa por la cúpula vidriada. A través de los cristales se vislumbran otras libélulas que se desplazan en prolija formación, como un escuadrón que conoce su destino y la trayectoria de vuelo. El crecimiento prodigioso de las libélulas se percibe entonces como algo anómalo, la gracia de sus formas excesivas, acaba por resultar inquietante, casi como un mal presagio en este mundo cambiante. La imaginación de Paredes está ligada a la naturaleza y al origen; su tema, es el viaje. El artista nació en Misiones y un impulso atávico determina el deseo de volver a ese territorio con la tierra colorada y una selva húmeda, dónde bulle la vida.

Baggio brinda pruebas de su talento. El artista plantó un jardín, empapeló la baranda de la terraza de Proa con un diseño de flores, y así cambió el lugar de un modo rotundo. El espectador queda envuelto en el clima que generan las series repetitivas de un «pattern», una forma rítmica del arte cuyo origen es tan viejo como el hombre. La obra evoca antiguos «patrones» que bien podrían tener un significado místico o simbólico que se desconoce. Pero las flores invitan a sumergirse en una dimensión estética tranquilizadora.

Al igual que las manchas de color que configuran las matas de flores dispersas en un parque, los motivos de Baggio impresos en los mantelitos se expanden e ingresan a las mesas de la cafetería. ¿Se trata de un homenaje a las artes decorativas? La necesidad de regodearse en la belleza está colmada.

Finalmente, como las flores de verdad, el arte site specific suele ser efímero. Por lo general son obras pensadas para ser desmontadas luego de su exhibición y su supervivencia en el tiempo depende de los registros fotográficos o videos que las documentan. La Fundación Proa fue pionera en este tipo de exposiciones. El estadounidense Sol LeWitt, figura emblemática del arte conceptual, envió a La Boca las instrucciones precisas para pintar un mural que diseñó «a distancia» y específicamente para una de sus salas. La obra permaneció detrás de un panel durante años: nadie se atrevía a destruirla. Hasta que, para ampliar la Fundación, fue preciso tirar abajo esa pared y, recién entonces la condición efímera que reclamaba LeWitt acabó por ser respetada.

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