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Arte y psicoanálisis unidos en la obra de Bourgeois
«Maman», la imponente escultura que representa la figura materna, y que la Fundación Proa emplazó en la esquina de Caminito y Pedro de Mendoza para presentar la asombrosa muestra de Louise Bourgeois «El retorno de lo reprimido».
La obra de Bourgeois y su infancia atormentada configuran un todo indivisible con su inclinación a las interpretaciones psicoanalíticas. Este es el punto de vista elegido por el curador de la muestra, Philip Larrat Smith, quien, en la exhibición de Proa, la primera que llega de la escultora a la Argentina con 87 obras significativas, se dedica a explorar la relación que entabla con el psicoanálisis. Bourgeois nació en París en 1911, se acercó al surrealismo y al arte de Léger, Breton y Marcel Duchamp; en 1938 se casó con un crítico de arte estadounidense y se fue a vivir a Nueva York, ciudad donde realizó su obra y donde murió, a los 83 años.
Si bien el arte expresa cuestiones que es imposible formular con palabras, y Bourgeois demuestra en este sentido su especial talento, hay algunos momentos en esta exhibición que las obras tienden a volverse literales, a representar los discursos y anotaciones que ella misma había escrito y que fueron descubiertos entre sus papeles en estos últimos años. No obstante, la mayor parte de las obras, como sus ambiguas y extraordinarias arañas con sus panzas cargadas de huevos, expresan cuestiones absolutamente inesperadas, con una potencia que resulta difícil de encontrar en el arte actual. Ciertamente, la madre de Bourgeois fue una tejedora de tapices, pero este dato no suma demasiado a la significativa grandeza de sus «mamás».
El curador explica que las obras son «equivalentes plásticos» de «estados psicológicos». Así, la puesta en imágenes de los «estados» de esta artista, sumerge al espectador en el universo de «lo siniestro» freudiano, ya que sus obras tienen esa capacidad que adquiere algo familiar para transformarse y causar espanto. Desde el título, «El retorno de lo reprimido», el curador parodia el célebre texto de Hal Foster, «El retorno de lo real». En la muestra se percibe la presencia de lo abyecto, «una sustancia fantasmal» que produce pánico por lo repulsivo, por lo extraño, porque amenaza romper los límites. El espectáculo visual se asemeja en algunos momentos a una orgía, y, sin embargo, la experiencia que provoca la muestra no está exenta de una espiritualidad que trasciende esa dimensión del horror que también está presente. Se trata de obras con múltiples sentidos, que invitan a ser vistas una y otra vez, para acceder a las varias lecturas que ofrecen. En el territorio de esta exposición se abre paso al sufrimiento humano y ni la estética ni la ética permanecen firmes. La pérdida de la estabilidad es el factor que coloca al espectador en el centro de un proceso perturbador. Ya el encuentro con lo abyecto resulta desestabilizador. La abyección remite a lo perverso, a aquello que produce repulsión, pero además se relaciona con el envilecimiento y la humillación. Por estas razones, no es de extrañar que las obras susciten sentimientos contradictorios: atracción y también cierta repulsión.
Los contrastes son difíciles de asimilar. A la patética figura de un muñecote de tela negra fornicando o violando a una mujer con una pierna ortopédica -imagen que realmente provoca rechazo por su crudeza-, se contraponen diez figuritas delicadas de lana color piel que yacen abrazadas unas a otras sobre un almohadón. Estos pequeños muñequitos son símbolos de la ternura, encarnan la búsqueda de amor y la posibilidad de no estar solo en este mundo. No obstante, junto a estos cuerpecitos y trabajada con el mismo material, aparece la desesperación, encarnada en el rostro desollado de una mujer.
Desde la araña que llega hasta el techo de la sala y que entre sus patas cobija una jaula con un sillón y retazos de las antiguas tapicerías que la madre de la artista restauraba, hasta el resto de las obras, la muestra mantiene una sensación de nostalgia constante.
Las referencias al campo del psicoanálisis son permanentes, y el mejor ejemplo es el «Arco de la histeria», un bronce pulido y brillante que representa, en tamaño natural, el cuerpo de un hombre decapitado. El personaje dibuja un arco perfecto en medio de la sala, cuelga de un gancho introducido en su vientre, como animal dorado y reluciente. Aunque la histeria se consideraba una enfermedad femenina, la artista representa un cuerpo masculino. La enfermedad se conocería en los hombres a partir de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, cuando llegan los heridos de guerra, víctimas de las trincheras, que les hacía perder el control de su cuerpo y de su movilidad.
Las referencias a los experimentos de Charcot en el hospital de Salpêtrière de París son evidentes. Charcot creó un aparato para producir histeria; Bourgeois se sirvió de esa historia para analizar, desmenuzar, representar, con rigor científico, las experiencias traumáticas que le deparó la vida. Desde el principio al fin de la exhibición, pasando por un dormitorio que se puede, no sólo espiar, sino además inspeccionar a través de un juego de espejos, las obras recrean situaciones que dejaron su huella en la psiquis de la artista. Hay una caverna de látex rojo, «La destrucción del padre. La cena», una mesa cargada de formas genitales, bultos como globos y patas de cordero que puede verse como una alusión a un sacrificio ritual, aunque según los escritos de la artista existía en ella el deseo de devorar al padre. Es su obra más intensa y pasional.
Varios trabajos aluden a la maternidad, pero tampoco son ajenos al conflicto que sobrevuela la exposición.
La artista atravesó como una sombra varios de los movimientos que cruzaron el siglo XX, hasta principios de los años 80, cuando se la reconoce por su dedicación al cuerpo como tema y como problema estético. En esa década, el Museo de Arte Moderno de Nueva York presentó una exposición antológica y consagratoria de sus obras, y por primera vez una mujer ocupó este escenario privilegiado. A partir de entonces, a sus 70 años, se convirtió en una de las escultoras más valoradas del circuito internacional.


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