El Tribunal absolvió ayer al tirador de Belgrano, Martín Ríos, al considerarlo inimputable. Además, dispuso una «medida de seguridad» para que quede alojado en la Unidad Neuropsiquiátrica 20 del Servicio Penitenciario Federal hasta que «cese el estado de peligrosidad» para sí y para terceros.
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Ríos se mostró con cierto grado de nerviosismo durante todo el juicio en su contra, agitando su pierna izquierda constantemente y hamacándose hacia adelante y atrás, comportamiento que según algunos especialistas podría ser el de una persona «esquizofrénica».
Tal cual fue preguntado por el Tribunal al iniciarse el juicio, el 3 de junio pasado, Martín Ríos, al igual que lo hizo ayer al tener la oportunidad de hacer uso de sus últimas palabras, sólo pronunció un «no» rotundo y seco, y luego se mantuvo en su silla, aunque nunca pasó desapercibido.
De gran contextura, siempre vestido con un buzo polar verde y zapatillas de lona azules, Ríos en pocos momentos levantó su vista, y casi siempre la tuvo dirigida al piso. Aunque Ríos aparenta ser una persona tranquila, su sola presencia genera temor, no sólo por ser un «grandote», sino por los antecedentes que tiene en su haber: el más grave, haber matado al joven Alfredo Marcenac, algo que durante todo el debate ni su defensa puso en duda.
El comportamiento y su reticencia a hablar tal vez sea algo característico de Ríos, tanto es así que muchos de los peritos que declararon en el juicio recordaron que, en varias oportunidades, él se negó a pronunciar palabra. Aunque para la familia Marcenac, y para el fiscal Carlos Giménez Bauer, eso es sólo producto de una simulación; incluso el fiscal señaló en su alegato que Ríos hablaba cuando le convenía.
Las pocas palabras que Ríos dijo a los peritos durante los exámenes, y que se expusieron en el debate, sí generaban miedo: por ejemplo, que «escuchaba voces que le pedían sangre, sangre, sangre», que «era una persona obsesiva de la limpieza», que «dormía con un cuchillo bajo el colchón».
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