16 de enero 2013 - 00:00

Auster-Coetzee desafían los e-mails

Auster-Coetzee desafían los e-mails
Paul Auster - J.M. Coetzee «Aquí y ahora. Cartas 2008 -2011» (Bs.As., Anagrama & Mondadori, 2012, 265 págs.)

Tiene algo de chusma esto de meterse a curiosear en las cartas que se cruzaron durante tres años dos de los mayores escritores vivos (ambos tienen más de sesenta años y atesoran incontables premios). Se tiene esa impresión porque estas cartas ofrecen la más abierta intimidad. Claro que, obviamente, se trata de la intimidad de dos tipos poco comunes, de dos intelectuales -un Premio Nobel de Literatura y un Premio Príncipe de Asturias de las Letras- y, por tanto, (con sus esposas se llevan admirablemente bien) no hay demasiados temas escabrosos.

Salvo por ahí cuando Auster llega casi a justificar el incesto entre hermanos, y Coetzee reflexiona «hoy día parece que se acepta básicamente todo. La indignación moral que antes podía desplegarse hacia una amplia gama de actos sexuales tabú (¡el adulterio incluido!) se ha centrado en un solo fenómeno, a saber: los hombrea adultos que tienen relaciones sexuales con criaturas, que supongo es la manera que tenemos de ampliar la influencia del tabú del sexo entre el padre y su criatura». Y el insospechadamente freudiano Coetzee remata: «¿En qué clase de mundo vivimos en el que la gente tiene derecho a romper un tabú? ¿De qué sirve tener un tabú si no hay problema en violarlo?». Y esto lo dice el mismo Coetzee que sostiene que «hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir».

De pronto, al pasar, por ejemplo, Coetzee recuerda los libros que Auster escribe con seudónimos sobre viajes. Y Auster deja caer que tuvo como tutor de su tesis en la Universidad de Columbia a Edward Said. No es necesario que agregue que tuvo como maestro a aquel ilustre palestino, genial profesor de literatura comparada, uno de los iniciadores de los estudios poscolonialistas.

Cuando se dedican a charlar sobre deporte demuestran que pueden comentar de forma atractiva los temas más banales, y llegar, por caso, a la conclusión de que el surgimiento de los deportes de masas tiene conexión con el culto de los números, con el nacimiento en el siglo XVIII del espíritu cuantificador. Y cuando debaten sobre la situación actual de la literatura no caen en la visión de la decadencia apocalíptica que muestra Mario Vargas Llosa en «La civilización del espectáculo» (libro que parece surgido de las ideas contra la tecnología de Heidegger y Jünger), sino que para Coetzee la perdida del interés por la poesía ha dejado de informar el alma de los jóvenes y que todo se debe a que los escritores y artistas no lograron salir airosos cuando en décadas pasadas fueron protagonistas, y Auster, a pesar de que «la estupidez se ha incrementado en todos los frentes», el consuelo está en que «el arte sigue avanzando, a pesar de todo. Es una insaciable necesidad humana, y aún en estos tiempos sombríos, hay una innumerable cantidad de buenos escritores y artistas, incluso de grandes escritores y artistas, y aunque el público que atiende su obra se haya reducido, todavía hay bastante gente interesada en el arte y la literatura para que la empresa merezca la pena».

Acaso uno de los aspectos más interesantes es que estas cartas se vuelven algo así como la arqueología de una amistad. Dos escritores que se cruzan en conferencias, congresos, premios y concursos -y sobre todo en un Festival Literario en Adelaide, Australia- un día deciden hacerse amigos, y materializar esa relación en la época de Internet a través de cartas de puño y letra. Así se ve como la amistad va pasando del «querido John» y «cordialmente Paul», al «querido Paul» y «fraternalmente John», de la parrafadas teóricas sobre la filosofía de la amistad a las críticas sobre libros que han publicado. Vale la pena fisgonear en el mundo, y no importa si se descubre a un Auster por momentos fanfarrón frente a alguien que profesa, acaso deliberadamente, la humildad de los grandes.

M.S.

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