Baccaro: “También tenemos hoy una realidad que golpea”

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Desde ayer se puede ver el Teatro de la Ribera (Av. Pedro de Mendoza 1821) una nueva puesta de "El organito", escrita por los hermanos Armando y Enrique Santos Discépolo, dirigida por Julio Baccaro, e interpretada por Rubén Stella, Carolina Papaleo, María Ibarreta, Emilio Bardi, Joselo Bella, Gustavo Pardi y Leo Martínez. En la obra confluyen la desilusión, el cinismo y la carencia de valores encarnados en Saverio, un inmigrante italiano, iracundo y resentido, que se gana la vida como organillero. Algunas injusticias lo han convertido en un tramposo, ávido de dinero, que entre otras cosas obliga a sus hijos a simular enfermedades y mutilaciones para pedir limosna.

"El organito" fue la única pieza en la que Enrique Santos se destacó como dramaturgo, aunque es probable -según investigaciones posteriores- que también haya colaborado en otras grandes piezas de su hermano mayor, considerado "el padre del grotesco argentino". Cuando ambos se distanciaron, alrededor de 1934, Armando decidió no escribir más y dedicarse a la dirección. Enrique, por su parte, nunca hizo un reclamo de autoría y se abocó de lleno a su carrera de actor, guionista, director de cine y compositor de tangos.

"La colaboración de Enrique Santos en esta pieza no es menor", dice a este diario Baccaro, quien recibió, en 1969, una beca para estudiar en Europa, de manos del propio Armando Discépolo.

Periodista: ¿En qué detalles lo nota?

Julio Baccaro: Uno no puede adivinar quien escribió tal o cual frase, porque la unión de los hermanos es perfecta y tienen la misma raíz. Lo que Enrique hace en el tango, sobre todo en "Qué Vachaché y "Cambalache", coincide con lo que su hermano expresa en teatro. En definitiva, no importa quién haya hecho qué, ambos comparten la misma mirada sobre el mundo. Ultimamente vi varias películas en las que Enrique fue guionista y actor, como "Melodías porteñas" y "Yo no elegí mi vida", donde hace de sinvergüenza, y ahí pude detectar la marca de Enrique en el desencanto y el humor oscuro de esos personajes.

P.: Se dijo que fue Tania quien los distanció, acusando a Armando de apropiarse de las ideas de Enrique que era muy débil de carácter...

J.B.: No estoy al tanto de eso. Sé que Armando, que le llevaba catorce años a Enrique, fue como un padre para él, desde que quedaron huérfanos y lo inició en el teatro. Después no le gustó que su hermano fuera letrista de tango, quería que se comprometiera de una manera más profunda.

P.: Cuesta identificarse con los personajes de "El organito".

J.B.: Es una historia difícil porque no tiene héroes. El padre de familia es un desastre. Está muy lejos de Miguel, el protagonista de "Mateo", que también es inmigrante pero tiene una mayor responsabilidad sobre sus hijos. En general, les fue mejor a los inmigrantes que se dedicaron a la agricultura y fundaron colonias. Los que se quedaron en la ciudad vivieron hacinados en conventillos. Entre ellos Saverio, que no encuentra otra forma de sostener a su familia. Él dice que tenía un hijo en un brazo, la madre del hijo en el otro y cuando extendía la mano, la gente pasaba por delante y no lo miraba. A partir de entonces, su actitud es la de cobrarse gota a gota lo que le hicieron padecer.

P.: ¿Esto quiere decir que antes no era así y que se volvió malo por culpa del entorno?

J.B.: Seguramente el dolor y la humillación lo lastimaron. La hostilidad del entorno lo transformó en una fiera. Tengo que basarme en eso porque todo personaje tiene que tener su justificación y sus razones. Saverio apenas les da alimento y cobijo a sus hijos. No parece que hubiera aspirado a darles una educación mejor.

P.: Gente embrutecida por la miseria, en 1925...

J.B.:
También hoy tenemos una realidad así de golpeadora. Cuando uno ve las actividades que estos personajes realizan en la calle, de inmediato las relaciona con escenas de todos los días: chicos que lanzan fuego y hacen malabares o limpian parabrisas en los semáforos; criaturas que piden limosna en los bares. Son hijos de la pobreza y de la desprotección. Alguien como Saverio seguramente está parando en la esquina controlando a estos chicos. Pero la obra también tiene escenas muy graciosas: Saverio dando una perorata de comerciante cuando no es más que un linyera o su desopilante monólogo sobre la gente que da limosna y la que no la da. Ahí se despacha sobre: ricos y pobres, sanos y enfermos, judíos y católicos. Es una obra escrita con inteligencia, gran dominio de la acción y una extrema lucidez.

Entrevista de Patricia Espinosa

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