9 de noviembre 2009 - 00:00

Bancos centrales no pueden quitar la escalera

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Hay un mundo que promete robustez que cotiza, al contado y en alza, en Wall Street. Ese mundo que, según se dice, saciará su sed de energía con crudo de ochenta dólares el barril, a esos precios, hoy produce más petróleo de lo que consume. Todavía cuida el centavo y no suelta las tijeras de podar costos. Que lo diga, si no, el mercado laboral de los EE.UU. La recuperación gana terreno pero no empleos. En octubre, se destruyeron 190 mil puestos de trabajo (netos de los que fueron creados). En paralelo, en la encuesta de hogares se captó una erosión mayor -589 mil empleos- que llevó la tasa de desocupación a la franja de los dos dígitos: 10,2%. Tras la Segunda Guerra Mundial, la medición nunca fue más alta salvo en los cinco meses entre octubre de 1982 y marzo de 1983. La tasa de desempleo, que subió ocho décimas de punto desde julio, está a apenas seis del máximo absoluto de la posguerra: 10,8%. Una cima que ya no se ve inaccesible.

Ya se dijo antes pero se confirma. La economía se recupera. Los empleos, no. La economía crece y lo hace rápido. En el tercer trimestre, el 3,5%. Los progresos del mercado laboral van a la zaga. Son lentos y magros. No incluyen ni la generación neta de empleo ni la sensación de mejoría. Pero no corresponde negarlos.

En toda recuperación se percibe una secuencia de cuatro fases nítidas. Primero, crece la productividad laboral y de manera rotunda. Después las horas trabajadas y recién más tarde repunta el empleo. Siempre, como furgón de cola, la desocupación es la última variable en responder favorablemente. Así, tras la recesión de 1990-1991, la tasa de desempleo no cesó de escalar hasta bien arraigada la expansión en junio de 1993. Para George Bush padre fue una catástrofe: «La economía, estúpido» le arruinó la reelección en noviembre de 1992. En rigor, la recesión ya era historia pero la sensación térmica era la falta de trabajo y bastó para espantar a los votantes. La recesión de 2001, por su parte, no coronó la cresta de la tasa de desempleo hasta junio de 2003. Existe también una quinta fase, que se engarza por fuera del mercado laboral. Nunca la Fed comenzó un proceso de suba de tasas si antes la desocupación no trazó sus máximos y, desde allí, un repliegue ostensible. La Fed de Greenspan piloteó las dos últimas experiencias. Se tomó, respectivamente, ocho meses y un año después de los picos de la tasa de desempleo para reabrir fuego con la artillería pesada.

La mejor noticia -el único pájaro en mano del mercado laboral- es que la primera fase ya explotó. La productividad marginal del trabajo alzó vuelo: el 6,6% en el segundo trimestre y un 9,5% en el tercero.

Límites rígidos

La recuperación de la economía permite producir más. Y, a la par, las empresas no cejan en la reducción de las horas de trabajo. En la etapa temprana del ciclo, producir más con menos trabajo no sólo es posible sino lo que aconseja la incertidumbre (y la necesidad de recomponer rentabilidad). Pero como toda solución elástica encuentra límites naturales rígidos. Se puede estirar pero, dada una tecnología, no sostener tensada indefinidamente. Entre 1991 y 2008, la productividad de los EE.UU. creció a un ritmo anual del 1,7% (incluyendo la Nueva Era tecnológica que Greenspan bautizó como el Bravo Nuevo Mundo). Ésa es la frontera que, a la larga, rige. El resorte de la productividad está, pues, extendido por demás.

Como una rueda dentada, cada fase engrana con la próxima. Las horas trabajadas sufrieron un recorte feroz cuando se desató el huracán. Cayeron el 8,3% el último trimestre del año pasado y un 9% el primero de 2009. La poda cedió luego: el 7,5% en el segundo trimestre y, pese a un aumento de la producción del 4%, un 5% en el último. Si se escarba el informe laboral de octubre, allí se baja otro escalón: el 2,7%. El paso que sigue será, pues, aumentar la intensidad de uso de la dotación de los trabajadores ya contratados. Ello no debería demorar más allá de comienzos de 2010. Si la recuperación no se frustra, si la demanda final no recula en los meses venideros, entonces sí, el alto costo de las horas extra y la necesidad de habilitar nuevos turnos, le tenderá un puente de plata a la expansión del empleo. Mientras tanto, el único consuelo es comprobar que la pérdida de puestos también se suaviza. Si se toman promedios móviles trimestrales, el recorte de 188 mil empleos a octubre, es el menor desde agosto de 2008 (un mes antes que zozobrara Lehman Brothers).

El dilema de los bancos centrales es fácil de comprender. ¿Cómo graduar la temperatura cuando hay habitaciones que se congelan y otras que hierven de calor? Se les achaca que ahora la liquidez abunda y que hay burbujas en gestación. Aun el más profano ve, por cierto, brotar efervescencias como hongos. Pero hay sequías importantes que no se irrigan por más que se inunden las macetas. ¿Cabe ignorar esa tirantez que define el cuadro? No son sólo las penurias del empleo. Los bancos, que nadan en liquidez, reducen deprisa su oferta de crédito. Y lo hacen en EE.UU., en la zona del euro y en Gran Bretaña. Los impagos crecen. Fannie Mae volvió a perder todo su patrimonio y requiere otros 15 mil millones de dólares. GMAC también pide más. En Gran Bretaña, el Tesoro se apresta a duplicar la inyección de recursos públicos en dos de sus bancos canónicos (RBS y Lloyds). La cuenta total superará los 120 mil millones de dólares.

Tras su última reunión, la Fed contestó el interrogante por escrito. No cejará en su postura. La bonanza de los mercados de activos descontaba esa respuesta. De ahí que pase por alto las dificultades presentes de los mercados reales y se enfoque en la promesa de su futuro saludable. En definitiva, los bancos centrales no pueden todavía quitar la escalera y dejar a la economía sin otro sustento que la gran fortaleza anímica del pincel.

Dejá tu comentario