18 de enero 2011 - 00:00

Bancos ganan un 23%; Citi define hoy

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
No hizo falta rescatar a Portugal. No hubo colisión, ni siquiera rasguño. Europa le cedió el derecho de paso a Wall Street. Y el rally de las acciones avanzó entre el 1% y el 2% en su séptima semana de trepada al hilo. A diferencia de la otra travesía célebre que se desplegó en paralelo -el Dakar- no está previsto que su recorrido concluya aquí.

Los nubarrones que se ciñeron sobre Europa se despejaron pronto. Con mínimo esfuerzo; bastó ejecutar con holgura una pequeña subasta de deuda pública en Portugal y, sobre todo, con silenciar la usina de rumores nefastos provenientes de Berlín. Pero esa tensión, aunque se desvaneció rápido, ayudó a limpiar el camino de excesos groseros de sobrecompra sin necesidad de recurrir a grandes sustos ni padecimientos. Ningún ejemplo mejor que el de los flujos de recursos a los fondos comunes de inversión en los EE.UU. Se dijo que 2010 cerró con una tímida inyección de aportes hacia los fondos de acciones locales. Una reacción tardía frente a un rally que despegó en septiembre y que a fin del año pasado ya había acumulado un avance cómodamente superior al 20%. ¿Típica señal de tope? ¿Los inversores minoristas descubriendo la veta de las acciones cuando está sobreexplotada y próxima a agotarse? Todavía no.

No se completó la instancia previa: aún no están plenamente convencidos. La primera semana de 2011 lo confirmó: el drenaje de recursos volvió a prevalecer, con una mega salida de 4200 millones de dólares, la mayor regisdesde comienzos de octubre. El arranque impetuoso de Wall Street en lo que va del año es un tren que partió dejando a los inversores minoristas a pie. Si cambian de opinión, y pugnan por conseguir asientos, no se cancelará el servicio, habrá que sumar nuevos vagones al convoy.

¿Qué impulsa la tenacidad de la suba cuando son tantos los bemoles que la sobrevuelan? Razón número uno: la capacidad de aplanar obstáculos. En un mundo en que escasean las convicciones -y cuando se logra forjarlas no superan el primer contratiempo- no hay mejor feligresía posible que la que alientan los hechos consumados. Y el rally, nacido al calor de las promesas de la Fed, ya sorteó una cuota generosa de amenazas. Desde el temor a la doble recesión que campeaba cuando se echó a andar, el escepticismo original sobre la conveniencia del QE2 y sus virtudes, la corroboración de un tamaño menor que el que habían inflamado las expectativas, hasta las novedades imprevistas como el cielo de las dos Coreas fugazmente surcado por misiles. O las noticias que podían anticiparse con exhaustiva prolijidad. Los estertores de la crisis europea: primero Irlanda; ahora, Portugal; más adelante, España. O China aplicando el freno de mano a su expansión. O la guerrilla cambiaria y las tensiones propias de una recuperación global a múltiples velocidades. Por no citar las consecuencias directas del QE2. El ascenso, no de la inflación, pero sí de los precios internacionales de las materias primas que, en casos como el petróleo, sustraen bríos no desdeñables a la demanda que se procura reanimar. Y la suba pujante de las propias tasas de interés -nominales y reales- en todo el espectro de plazos. Ello habla de la naturaleza cambiante del oleaje. Y de la flexibilidad del rally para navegar los altibajos sin perder la vertical. Si la promesa de la Fed de apurar compras masivas de bonos del Tesoro fue la bujía que encendió su avance, vale tener en cuenta que la Fed adquirirá menos papel que el que habrá que emitir para financiar el estímulo fiscal que alumbró la Administración Obama con su decisión de prorrogar los recortes impositivos. La conclusión debiera ser obvia: lo que hoy empuja a Wall Street es menos la generosidad de la Fed y más la resurrección de la economía. Aunque saber que la Fed no atacará por la espalda estimula la audacia.

Así las apuestas agresivas, que titubearon dos semanas atrás, han vuelto a redoblarse. El mascarón de proa del rally -las acciones de compañías pequeñas- asomó de nuevo su perfil. El índice Russell 2000 escaló el 2,5% la última semana cancelando una fugaz luz amarilla. Esto es la flor y nata del «efecto enero». La participación sectorial -el «breadth» de la suba- se exhibe otra vez como un dato promisorio. Si se analiza la canasta de 500 acciones del índice S&P 500, se advierte que nueve de sus diez sectores tomaron parte del ascenso. Con las acciones de energía (+3,3%) y financieras (+3,2%) en punta. O sea, con los papeles cíclicos a la cabeza. Y, a la zaga, los activos «defensivos»: servicios públicos (+0,5%) y telecomunicaciones, el único sector que cayó (-1,6%). Ya se apuntó una tendencia que vuelve a repetirse: las acciones europeas se mueven en tándem con Wall Street no bien la crisis les ofrece el mínimo resquicio. El Euro Stoxx 600 se empinó el 1%. Y las acciones bancarias desplegaron un show aparte. Escalaron el 6,2% como fruto del alivio.

Queda claro que es temporada de balances y, como se predijo, que es temprano para que Europa les robe protagonismo. Y en esta dinámica los bancos ocupan un sitial de privilegio. Le tocó a JP Morgan Chase romper el hielo con un salto del 47% en sus utilidades del cuarto trimestre. Citi, hoy, deberá continuar la procesión. Es el Ave Fénix de la banca de los EE.UU. Y todavía el papel que genera más apuestas en contra, el que acusa la mayor posición de ventas en descubierto. Lo que no parece demasiado sensato cuando el Gobierno emigró del capital accionario de la entidad en fecha reciente. ¿Lo hubiera hecho con un trastorno en puerta? Quizás, podrá alegarse, porque no estuviera en su conocimiento. O en el de sus celosos supervisores. Si así fuera, tampoco cabe esperar que lo revele la opacidad de costumbre de los estados contables. Conviene detenerse aquí. Es, sin dudas, una carta decisiva. La fiebre por los bancos regresó en diciembre. A pleno. Y acumula, desde entonces, una valorización del 23%. Rotunda. Mientras sean los bancos los que lideren la suba téngase por seguro que el rally no plegará sus alas.

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