Banegas: “Molly Bloom es más moderna que nosotras”

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Cristina Banegas recibe a este diario en su casa y, mientras acomoda las tazas de café, recuerda que dieciocho años atrás se trepó a esa misma mesa para interpretar «Eva Perón en la hoguera», uno de sus trabajos más recordados. En 2009 cumplió otro viejo sueño, dar vida a la «Medea» de Eurípides en el Teatro San Martín, y desde hace pocos días experimenta «el vértigo y el intenso placer» de encarnar a Molly Bloom, otra heroína desmesurada, y voz cantante del atrevido monólogo interior que da cierre a la novela «Ulises» de James Joyce, ahora adaptado para la escena.

La obra cuenta con escenografía de Juan José Cambré, iluminación de Matías Sendón y fue dirigida, con criterio musical, por la compositora Carmen Baliero. Banegas compara a su espectáculo con una sonata: «Cada una de las ocho oraciones que componen el monólogo (de unas cinco páginas cada una) fue dividida en movimientos-unidades. Así fuimos descubriendo en el texto una partitura con sus ritmos, cadencias, staccatos, crescendos y pianíssimos». «Molly Bloom» se ofrece en el Centro Cultural de la Cooperación, de viernes a domingos. Esta nueva versión será publicada en breve por la Editorial Leviatán.

Periodista: Tardó mucho en estrenar esta obra.

Cristina Banegas: Sí, pasaron doce años. La idea surgió después de hacer un seminario sobre el «Ulises» de Joyce que dictó Carlos Gamerro. Laura Fryd también lo había hecho y se nos ocurrió traducir el monólogo final. Pero no pudimos conseguir los derechos y el proyecto quedó ahí. Recién este año, cumplidos los 70 años de la muerte de Joyce, los derechos quedaron liberados en varios países. No en todos. En España, por ejemplo, son 80 años. Para hacerla allí tendríamos que volver a pagar derechos. Con Ana Alvarado revisamos y reestructuramos nuestra adaptación, que por ahora es la definitiva.

P.: ¿Fue muy complicado llevar a escena el pensamiento de una mujer que reflexiona en su cama?

C.B.: El texto de Joyce carece de signos de puntuación y además fue necesario cortar algunas partes porque es un monólogo muy extenso, con muchas referencias topográficas y otros datos localistas que convenía eliminar. En los años 80, Sanchís Sinisterra hizo una adaptación en la que aparecía el cuarto y la cama de Molly; en cambio, a mí me pareció que podía hacerse desde otro lugar, más relacionado con los pensamientos de una mujer, con las asociaciones que realiza, con sus recuerdos y teorías. Con la música de todo lo que fluye en ese río de palabras que corre por su cabeza. Por eso preferí hacerlo más como un concierto y convoqué a Carmen Baliero, que es una gran música, además de gran amiga. Ella hizo la música de «Medea» y es muy convocada por la gente de teatro. Trabajó con Pompeyo Audivert, Bartis, Veroneses, Federico León...

P.: ¿Molly está quieta en el escenario como la protagonista de «Días felices», de Samuel Beckett?

C.B.: No. Hay un compromiso físico. Molly, además, canturrea un poco porque alguna vez soñó con ser una prima donna.

P.: Usted dijo que este material exigía un ritmo vertiginoso.

C.B.: Sí, eso es muy importante. Porque, no nos engañemos, nuestros pensamientos van a una gran velocidad. No es que corra todo el tiempo, sólo trato de que el discurso tenga el vértigo de la libre asociación de ideas. Nos propusimos traducir la voz hablada, eso que llamamos «el fluir del pensamiento»: cómo Molly pasa de un tema a otro, de una emoción a otra, de un recuerdo a otro. Lo que hizo Joyce es extraordinario, de verdad refleja el pensamiento de una mujer en un momento de absoluta privacidad. Es un monólogo interior sin ningún tipo de censura.

P.: En su novela «Elizabeth Costello», Coetzee dice que Molly Bloom «deja su rastro por las páginas de Ulises igual que una perra en celo deja su olor. No se la puede llamar seducción sino algo más burdo».

C.B.: Por eso sigue siendo un libro tan transgresor. Lo prohibieron en 1922, y eso que fue una década de gran apertura y desprejuicio. ¡Cómo me hubiera gustado viajar a los años 20! como hizo Woody Allen en «Medianoche en París».

P.: La tiene muy exultante este estreno.

C.B.: Siento una enorme alegría. Durante todos estos años tuve clavada una espina. De verdad quería hacer Molly. Ella es tan libre ¡Y cómo despotrica! Está más allá de toda moral y se divierte mucho. Es fantástico cómo Joyce pudo meterse en la cabeza de una mujer que expresa sus fantasías sexuales, sus teorías sobre los hombres y el amor con total libertad. También es cierto que Nora Barnacle, su mujer, escribía sin signos de puntuación...

P.: ¿Usted cree que el personaje está inspirado en ella?

C.B: Si no lo está, le pega en el palo, porque Nora y Joyce tuvieron una relación erótica de alto voltaje. Basta con ver sus cartas de amor que son tremebundas y a la vez deliciosas.

P.: Con comentarios que bordean la pornografía y lo escatológico como en la novela de Joyce.

C.B.: Más allá de su erotismo a ultranza, Molly es una mujer que nos habla a través de todos los tiempos. Es mucho más moderna que cualquiera de nosotras, en cuanto a prejuicios e ideología. Ella habla desde el placer, desde los ovarios, con una cabeza absolutamente libertaria y desde una situación de total intimidad y sin censura, como alguien que está pensando en soledad. ¿Más privacidad que eso? En esas condiciones puede decir lo que quiera. ¡Qué importa! estoy sola y digo lo que se me canta.

Entrevista de Patricia Espinosa

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