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Barón Biza: radiografía de un genio “maldito”
Christian Ferrer: “Barón Biza fue alguien que enfrentó la moral de su tiempo. Es uno de los escritores a los que se oscurece, se niega”.
Periodista: Usted estudia las diversas facetas de Raúl Barón Biza; ¿qué lo llevó a investigar su vida?
Christian Ferrer: Me llamó mucho la atención que un escritor que en su tiempo no fue soslayado, sobre todo en la prensa, que vendió libros en cantidades astronómicas para la Argentina de entonces y la de hoy, no apareciera mencionado en los manuales o las historias de las letras argentinas. Era como si su obra no tuviera la menor importancia, o como si los temas o el estilo de tratamiento de esos temas lo hubieran condenado a un ostracismo dictado silenciosamente. Por eso lo ubico dentro de una serie heterogénea de escritores a los cuales les cabría el rótulo de autoría negra, a los que se oscurece, por más que en su momento estuvieran a la luz pública con sus obras y sus acciones, sobre todo porque mencionaron problemas que la sociedad de su tiempo consideraba heréticos, innombrables o problemáticos. Temas que por lo general tenían que ver con la sexualidad, la política corrupta y una visión misantrópica, además de misógina, de la raza humana. Tres elementos que son como espoletas de tres granadas que él hace estallar juntas. Ve la política como lucha por el poder y al político como alguien que necesariamente tiende a corromperse. En la sexualidad percibe que lo que considera el llamado de la especie, la fuerza vital de una persona, se ve contrariada por poderes religiosos, políticos, moralistas, a los que designa como "enemigos de la vida".
P.: ¿Por eso lo define como "inmoralista"?
C.F.: Es un inmoralista, es alguien que trata de negar la moral de su tiempo entendiendo que esa moral oculta intereses y la voluntad de acallar una de las pocas fuentes de placer gratis que existen para los seres humanos.
P.: Habló de "escritores negros"; ¿con qué otros "escritores malditos" uniría a Barón Biza?
C.F.: No creo que él se pusiera junto a nadie. Era autárquico, probablemente intratable, y no creo que se considerara miembro de ninguna cofradía literaria. Si bien hubo otros escritores de familia rica, él se distanciaba. Editaba sus libros como un autarca. Cada 15 años sacaba uno que hacia un poco de escándalo. Los dos primeros, "El derecho de matar" y "Punto final", fueron llevados a juicio por inmoralidad. Ganó los dos juicios. Leídos hoy no se encontraría nada pornográfico, pero tiene un lenguaje violento y denuncia el desinterés de los poderosos por el destino de los pobres de la tierra, a la política como el arte de engañar y de frustrar, y que el mundo está construido como un teatro de la crueldad donde hombres y mujeres luchan entre sí. Le dice al lector que lo más propio, lo que lo hace vivo, el impulso sexual, se ve menoscabado por leyes injustas. Ese coctel de elementos lo singulariza. Hay escritores argentinos que tomaron esos temas, pero la mayor parte propendieron a críticas "constructivas", a un diagnóstico realista, y buscaron una redención por la política o la llegada de un mesías político que redimiera a la población. Hay una zona de las letras, aparentemente menor, donde están escritores que punzaban al lector y a la sociedad de su tiempo, que conforman una tradición anómala en la historia de la literatura argentina, que siempre está dividida entre nacionalistas y liberales. Considero a Martínez Estrada uno de esos escritores anómalos, más allá de que alcanzara la fama.
P.: ¿Barón Biza logró fama por sus escándalos?
C. F.: No se si llamarlos escándalos porque hoy esa palabra significa una noticia en un programa de chimentos. La sociedad ha aprendido a ofrecer canales de fuga a los refractarios, que los reconducen al mismo sistema social. Sabe instalar, eventualmente, parques temáticos de la rebeldía. La palabra escándalo no tiene hoy la misma connotación que la que tenía entonces. Y Barón Biza fue protagonista tanto de escándalos literarios como personales. En algunos quedó involucrado por adyacencia trágica, como la muerte de Myriam Stefford, su primera mujer, en un accidente de aviación cuando, aviadora poco experimentada, cuando trató de unir las 14 provincias de la Argentina de entonces. Se convirtió en un viudo extravagante por haberle construido como tumba el monumento más alto del país hasta hoy. Otro tema trágico que lo atraviesa es su condición de yrigoyenista rojo, la izquierda de la UCR, la fracción perdidosa tras el golpe de Uriburu, teniendo en cuenta que los radicales se reorganizan en torno de Marcelo T. de Alvear. Barón Biza financió alzamientos rebeldes, publicó el diario yrigoyenista "La víspera", cayó en prisión por participar en lo que el gobierno de Justo denominó "conatos subversivos". Cuando está en la cárcel hace publicar la novela "El derecho de matar" que provoca el primer escándalo literario. Allí menciona con nombres ocultos a personajes públicos del momento. Fue llevado a un juicio por inmoralidad que duró dos años, y que ganó. Libro que tiene, creo yo, la primera escena de lesbianismo explicito en la historia de la literatura argentina.
P.: Su escándalo final es cuando en el divorcio de su segunda mujer, Clotilde Sabattini (a la que se relacionaba con el presidente Frondizi), le arroja ácido sulfúrico a la cara, y luego se encierra en el dormitorio y se suicida.
C.F.: Tengo poco para decir sobre eso porque de eso habla Jorge Barón, el hijo de Barón Biza y Clotilde Sabattini, en "El desierto y su semilla", novela muy peculiar porque está escrita en un lenguaje seco, marcado por lo táctil y los visual. No se parecía a ninguna otra que hubiera salido en aquella época, ni pertenecer a ninguna corriente literaria del momento, ni estar anclada en una tradición argentina. Es un obra singular, que recibió reconocimientos aunque quizá no tantos como debiera. Han salido tres ediciones y hay traducción al italiano y al francés, pero lamentablemente va a quedar como una obra única. Jorge Barón tiene una obra periodística que está inédita. Era muy erudito, y un muy fino observador de fenómenos culturales a los cuales trataba con gran sensibilidad, en un lenguaje que carecía por completo de la típica jerga.
P.: ¿Conocer a Jorge Barón lo llevó a investigar la vida de su padre, Raúl Barón Biza?
C.F.: No, yo di con Barón Biza un poco por casualidad, en librerías de viejo, que son yacimientos donde se puede encontrar la historia del mundo en forma desordenada, cachivachesca. De a poco fui haciendo un archivo personal sobre Barón Biza, y me preguntaba por qué no encontraba ningún tipo de crítica literaria. Cuando publiqué un artículo en la revista "La caja", que editaba Tomás Abraham, Jorge Barón se comunicó conmigo, e iniciamos una amistad. Pero mi interés por Barón Biza la precede, muy probablemente está asociada al interés propio de la gente joven, como yo lo era al iniciar esa investigación, por autores que la tradición llama malditos, o que fueron reveladores de mundos negados u ocultos. Además comencé a percibir los entrecruzamientos del personaje con la historia argentina, y cómo en sus libros eso aparecía.
P.: Luego de escribir sobre Barón Biza y Martínez Estrada, ¿en qué está trabajando ahora?
C. F.: Martínez Estrada me parece el más importante escritor argentino de ensayos después de Sarmiento. No hay otro ensayista en el siglo XX que le pueda hacer sombra. Es un autor con el que nadie sabe qué hacer. No es un desconocido, no lo fue en su época, vendió muchos libros, pero su prédica era zahiriente, severa y no le importaba en absoluto las consecuencias que pudiera traerle su opinión sobre los argentinos y sobre el país. Por eso publiqué "Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada". Por otra parte me interesan las filosofías libertarias, que no tienen buen destino en la Argentina donde todo el mundo lo espera todo del Estado. Pero, por otra parte, la gente tiene un gusto por gestos anárquicos, y un tipo de actitud individualista que a veces es poco interesante, y otras, busca establecer zonas de libertad. Ahora estoy escribiendo sobre pensadores ácratas y sus influencias.
Entrevista de Máximo Soto



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