5 de noviembre 2010 - 00:00

Batalla en Ezeiza: todos contra todos; casi nadie pudo viajar

Batalla en Ezeiza: todos contra todos; casi nadie pudo viajar
Una riña entre pilotos -hombres a quienes los pasajeros les confían su vida, su tiempo y sus pánicos- hizo fracasar la primera jornada de concentración de los vuelos de cabotaje en la terminal C de Ezeiza, un coqueto edificio que se inauguró para reemplazar al Aeroparque mientras se construye una nueva pista. Era difícil que fuera pacífico el debut de este peregrino sistema de derivar los vuelos de la principal terminal de cabotaje -que además acoge desde hace meses gran número de internacionales- a Ezeiza, El Palomar y San Fernando; la actividad aérea en la Argentina vive al pulso de las inquinas entre gremios, cuyos intereses parecen estar por encima de los sufridos pasajeros, las empresas y las administradoras de aeropuertos.

El paro sorpresivo de estos gremialistas de empresas estatales que no dan ganancia y a quienes hasta la Presidente les ha pedido en actos públicos que no hagan huelga, estalló a media tarde de ayer, cuando por la sola acumulación de vuelos y de pasajeros se había colmado la terminal C. Había costado mucho llegar a Ezeiza: tres horas si venían por la General Paz, una hora de embotellamiento por colapso de las estaciones de peaje que se negaban a levantar las barreras pese a que la demora era mayor que seis minutos (el tiempo que obliga a los peajeros a dar vía libre al tránsito).

Miles de pasajeros que habían llegado habían hecho ya colapsar los embarques desde el mediodía; a partir de las 15 comenzaron las demoras por la cantidad de gente y por efecto dominó en los principales aeropuertos del interior, en donde también había demoras, inexplicables, en la partida de otros vuelos. Las máquinas de self chek estaban apagadas, el pequeño bar se había quedado sin vituallas y los pasajeros, con resignación, se habían alineado en una larguísima cola que serpenteaba por la terminal sin que nadie supiese adónde llevaba. Esto porque cerca de las 17 ya los empleados de los mostradores de embarque habían abandonado sus posiciones.

Con olfato pampa también se ausentaron vigilantes, supervisores y todo otro uniformado, una táctica eficaz para que nadie diera ninguna información, para que nadie pudiera obtenerla. Una forma de hacer el conflicto más irritativo, más hiriente -una de las habilidades del gremialismo aeronáutico, que parece creado para atormentar al público-.

Seguía llegando gente y alimentaba más la cola que llevaba a ninguna parte y que tampoco se sabía bien dónde arrancaba, por lo cual en poco tiempos tenía más de un comienzo y eso hizo estallar las primeras crispaciones entre los pasajeros, que peleaban no ya por los primeros puestos de la cola, sino por de dónde partía. También desde los celulares llegaban noticias de que en otras terminales, las internacionales A y B, también había refriegas entre pasajeros que sufrían demoras.

Los más enterados se empezaban a inquietar cuando circuló por mensajes de texto la noticia de las trompadas entre pilotos, la detención de éstos y el paro que se había declarado hasta que la Policía los soltara. Se sumó el desconcierto cuando se apagaron las pantallas con los horarios de salida y una voz empezó a castigar desde la megafonía con la leyenda: «Se están reprogramando todos los vuelos y se anunciarán los nuevos horarios a las 18.30».

A esa altura, centenares de pasajeros de fin de semana, es decir, cargados de bultos, la mayoría turistas -muchas de esas parejas de jóvenes y no tan jóvenes casi albinos y escuálidos, con novia al tono, botellita de agua mineral a medio llenar y con la mirada lánguida de por aquí pasó Kathmandú-, se habían derrumbado contra todas las paredes del perímetro. A falta de espacio -ni hablar de una silla, sillón, poltrona o banquito-, empezaron a caer más pasajeros en islas que se formaron en toda la terminal. Muchos desenfundaron computadoras, los más capacitados de la raza avanzaron sobre los mostradores y ocuparon las sillas de trabajo abandonadas. Desde allí miraban al resto como si hubieran ganado una trinchera y se ufanaban de que en ese lugar había enchufes para las notebooks.

Para más bronca, aparecieron en fila varias tripulaciones de Austral con aire de con nosotros se vuela, con Aerolíneas no.

Desde ahí llamaban a la terminal de ómnibus de Retiro preguntando si había pasajes hacía las ciudades del interior. Ese sistema es tan caótico como el aeronáutico, con el agravante de que no se pueden hacer reservas y no ofrecía muchas soluciones. Antes de que se cumpliera el plazo para anunciar reprogramaciones, la bocina anunció que por el conflicto gremial todos los vuelos de cabotaje de Aerolíneas quedaban cancelados, que se reconocerían gastos de comidas y hotel y que, como una última mortificación, eso había que gestionarlo a través del call center.

Como si hubieran gritado fuego, centenares de pasajeros se subieron los bolsos al hombro y como ekekos salieron corriendo a la búsqueda de un taxi, un remís o un micro. Carcajada del destino, había apenas una decena de vehículos frente a los que se formó otra cola interminable y embroncada de gente que no sabía hasta cuándo debería estar a la intemperie. Desesperados, los ansiosos empezaron a correr, cargados de bártulos, hacia las otras estaciones buscando transporte mientras empezaba otra batalla: los remiseros y taxistas se negaban a subir pasajeros por afuera de las colas -controladas por las organizaciones de siempre-. La respuesta fue que se disparara otro malón hacia las fuerzas del aeropuerto buscando interceptar taxis en la autopista que sale hacia Buenos Aires como si hubiera que huir de un incendio que nadie intentó apagar hasta que cayó la noche.

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