5 de julio 2011 - 00:00

Bellas Artes exhibe más que un renovado esplendor

Al entrar al «nuevo» Museo de Bellas Artes se divisa este largo corredor rojo sangre, que culmina con el retrato de Manuelita Rosas pintado por Prilidiano Pueyrredón. Las salas que se abren a esa galería también exhiben arte argentino de fines del siglo XIX y principios del XX.
Al entrar al «nuevo» Museo de Bellas Artes se divisa este largo corredor rojo sangre, que culmina con el retrato de Manuelita Rosas pintado por Prilidiano Pueyrredón. Las salas que se abren a esa galería también exhiben arte argentino de fines del siglo XIX y principios del XX.
Al ingresar al Museo Nacional de Bellas Artes se advierte un cambio radical. En lo formal, llaman la atención los colores radiantes; luego, se percibe que el antiguo edificio de la Casa de Bombas reformado a principios de la década del 30 por el arquitecto Alejandro Bustillo para albergar el Museo, recobró las líneas puras que a través de los años fueron borradas por las múltiples divisiones y subdivisiones de la superficie que llegaron a convertir ciertas áreas en un laberinto. Hoy, desaparecidos los recovecos, al menos, en la planta baja la mirada disfruta de una magnífica extensión: 2.000 metros para la exhibición de casi 900 obras.

Pero el cambio va más allá del color y la nitidez arquitectónica: es, sobre todo, ideológico. Al entrar al Museo se divisa una larga galería, allí, por primera vez en la historia de la institución, el arte argentino ocupa un lugar visible y preferencial. Ese corredor color rojo -una referencia clara al color de la sangre- culmina con el retrato de Manuelita Rosas pintado por Prilidiano Pueyrredón. El recorrido es un viaje. Internarse en este espacio implica adentrarse en un período de nuestra historia signada por la violencia y, para contarla, están las batallas de Cándido López y también las de Carlos Morel, dos artistas con un triste destino. López tuvo que aprender a pintar luego de perder la mano derecha en la penosa Guerra del Paraguay; Morel perdió la razón cuando creyó que los mazorqueros le quitarían la vida.

Nuevos criterios

Las salas que se abren hacia esa calle roja contienen pinturas como «Sin pan y sin trabajo» de Ernesto de la Cárcova, «La sopa de los pobres» de Reinaldo Giúdice, portadoras de las ideas anarquistas que llegan de Italia. Luego, también allí, «La vuelta del malón», de Ángel della Valle muestra la victimización de una cautiva, el justificativo más elocuente para el exterminio del indio.

El arte que atesoró el MNBA a fines del siglo XIX y principios del XX, es el que comenzó a coleccionar la sociedad criolla y pone en evidencia la fascinación por la cultura europea. Cultura, que, en ocasiones, se impuso a costa de menospreciar lo propio. El gusto determinó desde entonces, no sólo el estilo sino también el diseño y montaje de las obras. Y, aunque los criterio cambiaron con el tiempo, recién ahora el arte argentino se reúne con el internacional. Apenas si faltan unos pocos meses para que nuestras obras del siglo XX ocupen un lugar junto a Modigliani, Klee, Kandinsky, Picasso, Morandi, Jackson Pollock, en el segundo piso, donde ya comenzó una genuina restauración que llega hasta la última planta. En el espacio del café, librería y merchandising, se abrieron los ventanales de la Avenida Figueroa Alcorta, que durante años permanecieron tapiados.

En la sala de ingreso se encuentran las obras que el público más conoce: como la dramática pintura «El primer duelo» de Bourguereau, los mármoles y, entre ellas, «El beso», la célebre escultura de yeso donada por Rodin para los argentinos, porque eran muy buenos clientes. Vale la pena ver los trabajos especiales que realzan las piezas de «Las Puertas del Infierno» y un espacio ideal para la cabeza de Balzac, también de Rodin.

Entretanto, la perspectiva del ala izquierda recuerda la de los grandes museos del mundo. Al final de una galería color terracota se divisa una pintura manierista de Hans Speckaert, un dinámico remolino de cuerpos desnudos que visto desde la distancia cobra un inesperado protagonismo. Pero las salas atraen las miradas: los colores de las paredes exaltan los de las pinturas, hasta los más tenebrosos, como los de Zurbarán, o la oscura paleta de «El matemático» de Luca Giordano, un personaje que atrae con su equilibrada pose y, además, con su fealdad. Sobre un verde azulado incomparable se destaca la pintura de Francia y el retrato dieciochesco de Nattier, mientras en unos espacios íntimos, distintos verdes contribuyen a la percepción de la atmósfera de los bosques de Fontainebleau o a la visión turbia de las nieblas de Corot y la Escuela de Barbizon. Otro tanto ocurre con la intensidad del azul que replica los de la Sagrada Familia de una cerámica del Taller de Benedetto.

Finalmente, las grandes colecciones y las obras de Gauguin, Degas, Bourdelle, Van Gogh forjadoras de la grandeza del Museo más importante de Latinoamérica, lucen su verdadero esplendor.

El director del Museo, Guillermo Alonso, ganó el cargo con la aspiración de integrar nuestro arte y reunirlo con las ricas colecciones del MNBA. Atrás quedó ahora esa Buenos Aires que anhelaba ser París y la Argentina del gusto europeizante. Pero no dejaba de ser una paradoja que a viva voz se reclamara la legitimación del arte argentino en los grandes centros internacionales, mientras se guardaba silencio al ver que en nuestro museo mayor ocupaba el lugar de la Cenicienta.

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