28 de octubre 2010 - 00:00

Bernanke se apresta para dar su próximo paso

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Todo el mundo da por hecho que la Fed se embarcará en un renovado esfuerzo de relajamiento. Hasta el más distraído conoce la sigla en inglés -QE2- con que se rotulará la política. Todos saben que, tras su reunión del martes y miércoles próximos, el banco central se abocará a inflar su hoja de balance a través de la compra masiva de bonos del Tesoro. No somos, por cierto, la excepción. Paradójicamente, los únicos que no están seguros, y que lo ponen en duda a viva voz, son aquellos que tomarán la decisión. Vale la pregunta retórica: ¿quién sabe más qué es lo que ocurre dentro de la Fed, los propios banqueros centrales o la opinión pública? Por más transparente que sea la política de comunicación en los tiempos de Ben Bernanke -quien le quitó la mordaza a la difusión abierta de las disidencias y admitió que se ventilasen hasta las críticas internas a sus propias decisiones (recordar la reunión de agosto)-, nadie de afuera puede presumir de conocer todo el iceberg. No hay que engañarse: se sabe de la Fed lo que la Fed permite que se sepa.

¿Quiere decir que habría que devolver al QE2 a una zona de incertidumbre sobre su realización? No. ¿Significa, entonces, que la Fed alienta un doble discurso? Tampoco. Cuando se dice que la decisión no está tomada, que será precedida por una discusión ardorosa, es difícil pensar que no será así. Téngase en claro: la materia a tratar es tabú. No se resolverá a la ligera. Si en agosto, la mera disposición de congelar el tamaño nominal de la cartera de bonos provocó en su seno un volcán de irritación, por qué habría ahora de allanarse alegremente el camino a una ampliación billonaria. Por empezar, los temores a una doble recesión, dos meses atrás, eran más intensos (y justificados). El mercado laboral amenazaba resquebrajarse, pero sus fisuras se contuvieron. Cuando Thomas Hoenig, presidente de la Fed de Kansas City, dice que el QE2 es un «pacto con el diablo» (sic), no miente con respecto a sus convicciones. Es, sin dudas, la objeción más fuerte, pero dista de ser la única.

¿Por qué pensar, entonces, que el QE2 se abrirá paso, más allá de lo arduo que pueda resultar el debate? La razón es una sola: el QE2 ya rige. La comunicación es una herramienta más de la Fed. Y la comunicación ya lo instaló. No es fácil colegir qué tamaño de programa incorporó el mercado a sus expectativas, pero el rally furibundo de los precios de los activos de riesgo no es compatible con un esfuerzo pequeño. Conste que no sólo hubo «frontrunning» -un atesoramiento anticipado de los bonos públicos que compraría la Fed-, sino un alza vibrante de los precios de cualquier sustituto imaginable; bonos corporativos y acciones, oro y divisas, y hasta todo tipo de activos foráneos que, ni en la peor pesadilla de Hoenig, el banco central planea acumular en sus vitrinas. Dado que el QE2 hará tangencia únicamente con el mercado de bonos del Tesoro, y considerando que la economía de los EE.UU. tampoco levantó cabeza (como para explicar el júbilo de la Bolsa), ¿cuántos bonos tendrá que comprar para convalidar semejante onda expansiva? A ojo de buen cubero, y sin ánimo de precisión suiza, no menos de un billón de dólares. La semana próxima, pues, lo que la Fed debe decidir es si confirma o no esa expectativa. Cancelar el lanzamiento formal del QE2 (o postergarlo con fecha abierta) equivale a desinstalar una inyección masiva de crédito primario. O sea, después de una fortísima dosis de estímulo (vía expectativas), la Fed provocaría un brusco endurecimiento (simplemente por omisión de acción). Los republicanos dicen del presidente Barack Obama que es socialista (y no lo es), pero que se sepa nadie ha dicho de Ben Bernanke que sea trotskista. No está en el negocio de crear perturbación. Y por eso se piensa que el miércoles venidero la Fed le dará luz verde a la polémica iniciativa. Lo que no quiere decir, por supuesto, que convalide como un calco la hoja de ruta que describen las expectativas. Ya se explicó que QE2 será diferente que la versión original. La experiencia inglesa de esta semana -reveladora de una economía más vigorosa que lo previsto (aunque se espere una revisión posterior de las cifras hacia la baja)- subraya las ventajas de asumir un compromiso condicional a la marcha de las variables económicas. El diseño original determinaba de antemano, en una única decisión, el volumen total de compras. Probablemente, el QE2 operará como una secuencia de compras fraccionadas que podría suspenderse -o dosificarse de manera diferente- conforme se evalúe en cada reunión de la Fed. James Bullard, de la Fed de St. Louis, adscribe a esta tesitura. Y propuso que el banco central, así como supo privilegiar movimientos de un cuarto de punto en su política de tasas de interés, podría tomar como lote de referencia compras de 100 mil millones de dólares entre reunión y reunión. O sea, cada seis semanas. Salta a la vista: de imponerse el criterio Bullard, los mercados deberán descremar la espuma de sus expectativas.

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