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Bianchi expresa los miedos (y peligros) de vivir en la ciudad
En la muestra “Estado de Spam”, maniquíes blancos con sus miembros cercenados, o una coreografía de bastones para ciegos, por ejemplo, son muestrarios del dolor y a la vez el terror que acecha a los habitantes de la ciudad.
Para comenzar, la carta en cuestión llegó como Spam y ofrece dinero fácil -y mucho- a través del engaño. De este modo, el Spam, funciona como potente metáfora de la clandestinidad y del riesgo. Bianchi cuenta que el correo es real y describe su horizonte interpretativo: "Ser menos que un Spam. Esa categoría de la información con la que directamente no establezco ninguna relación, lo que está fuera de mí es un agujero negro infinito, es una gran nada y todos los fantasmas. En la carpeta de Spam me esperan todas las sorpresas".
Desde ya, la exhibición, consistente en varias instalaciones, no está planteada como crítica ni mucho menos como una propuesta políticamente correcta acerca de la diversidad cultural. Las visiones de Bianchi provocan perplejidad y el valor de las obras reside en descubrir, con unos pocos destellos, un estado de emergencia.
Las performances realizadas durante la noche del vernissage, aun las que trasladaron casi literalmente el escenario de las calles al interior de la galería, mantenían la mencionada condición metafórica. Unas manos mendicantes o un brazo laxo y carente de energía y acaso de vida, aparecían por unos agujeros con la densa carga invasora o dramática que arrastran esas situaciones. Cada obra se presenta tabicada, para que cada relato mantenga su autonomía, depare una experiencia aislada y particular.
En la oscuridad de la sala, un nigeriano vendía llamativos relojes que imitan determinadas marcas, algunas de plástico con colores restallantes y otras emulando el relumbrar del oro. La obra se confunde con la vida y Bianchi cuenta el proceso de este episodio. "El vendedor nigeriano que invité a participar de la muestra se llama Stephen, lo entrevisté para conocer su historia y tomamos un café con leche. Es una persona como cualquier otra, tiene estudios y está aquí por cuestiones que hacen la vida muy difícil en su país. Reproduje la forma en que estos vendedores ordenan las bijouterie, el tipo de maletines que utilizan, sobre todo los senegaleses (eso me lo explicó Stephen), generé una composición, hice mi maletín de ventas de esos objetos, haciendo parecer esa bijou como algo especial, intenté valorizar esos productos, una caja con un mundo de fantasía adentro, un paisaje en miniatura", observa el artista.
El espectador enfrenta obras que resumen en el espacio breve de la galería y en el tiempo reducido de su recorrido, un cúmulo de sensaciones, emociones, ideas, recuerdos e historias. Esa experiencia de espacio-tiempo visual logra movilizar el temor que provoca la "otredad" de aquel que es diferente, aquel que no conocemos. Este sentimiento natural del hombre, conlleva la necesidad de afirmar la identidad y pone en primer plano el miedo al futuro que provoca una sociedad inestable, en permanente cambio, donde no se sabe quién es quién.
La imagen de Buenos Aires que los porteños resguardan en la memoria se diluye al ver estas expresiones de la realidad urbana. Como en el Nuevo periodismo de Tom Wolfe, Norman Mailer o Truman Capote, a partir de un hecho real se abre el abanico de la ficción.
Bianchi se las ingenia para forzar el caos, para darle forma de obra de arte a las imágenes avasalladoras del presente. Así, sin perder de vista la perspectiva estética, levanta un monumento al absurdo: el desorden de una montaña de adoquines y desechos industriales que culmina en un zapato con el taco empinado. La obra, como casi todas las de esta muestra, es ambigua. El zapato puede ser una alusión a una víctima de la gran metrópolis, a la dificultad que impone caminar por las calles o, sencillamente, una mera mención de la gente que habita la ciudad. Como sea, en la configuración de la muestra hay ámbitos que recuerdan la romería de la calle Florida. Allí están los tristes exhibidores de aros y sortijas y las decadentes mantas hippies con sus collares, junto a una montaña de tierra. El enigma lo crea un panel que exhibe, como si fueran alhajas, trocitos de tergopor. ¿Es el emblema de la baratija o representa el sinsentido de lo que pasa en las calles?
El artista rinde cuenta de su intención de transmitir "esa sensación de que la ciudad está poblada por extraños, por gente de la que no sabemos nada y que se puede transformar en una amenaza, un enemigo, la proyección de cualquier fantasía. Son los trapitos, los cartoneros, los que te quieren limpiar el vidrio en los semáforos, los vendedores de joyas y relojes que encima son de un origen racial muy atípico para nosotros; pero también el que va detrás de un vidrio polarizado y hasta el arte mismo, como una cosa extraña de la que hay que tener cuidado". Bianchi dice que trabajó sobre la idea del otro como un desconocido. "Traté de construir algo con ese fantasma", señala. Luego agrega que teniendo en cuenta la necesidad primaria y básica del hombre de reconocerse, puso un espejo, así los espectadores se ven tal cual son.
En la entrada de la galería hay una construcción extraña: sobre una camilla elevada de madera yacía un personaje, su cabeza sobresalía por un agujero del plano colocado en ángulo recto. El espectador se encuentra varias veces en la muestra con lo incomprensible, aquello que es ajeno a lo familiar, como una coreografía de bastones para ciegos que esquivan inmundicias. Hay obras que incomodan por las evocaciones no deseadas que despiertan.
En "Estado de Spam" no se oye el ulular de las sirenas ni corre la sangre, sin embargo, esos maniquíes blancos con sus miembros cercenados o con los cuerpos atravesados por cristales rotos, esos maletines con dedos mutilados para mostrar los anillos, son muestrarios del dolor y a la vez el terror que acecha a los habitantes de la ciudad. Spam exhibe el peligro latente.


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