2 de julio 2013 - 00:00

Billetes, impuestos y la Revolución Francesa

A fines de 1789, el Estado francés nuevamente estaba arruinado. Desde la toma de la Bastilla en julio, el desorden administrativo era total y los impuestos sencillamente no se recaudaban. Había que encontrar alguna solución, pero ¿cuál podría ser? El recuerdo de Law y su burbuja de papel moneda todavía estaba fresco en la memoria colectiva y nadie podía pensar en volver a imprimir papel moneda.

Entonces, el diputado Talleyrand tuvo la idea de confiscar los bienes del clero. El patrimonio confiscado fue calculado en la suma de trescientos millones de libras y su puesta en venta fue confiada a un organismo creado a tal efecto, la Caisse Extraordinaire.

El problema era que el dinero se necesitaba ahora y como es lógico, la venta de los bienes iba a tardar, de modo que junto con la Caisse Extraordinaire los revolucionarios crearon unos billetes por un monto equivalente asignados exclusivamente a la compra de los bienes confiscados. El mecanismo era simple, si alguien quería comprar alguna de las propiedades que estaban en venta, la única manera de hacerlo era a través de los billetes "asignados" a tal fin y esos billetes debían ser comprados con monedas de oro o de plata.

Salvo para el clero por supuesto, en teoría, la idea era buena. Los Assignat, como se llamaron entonces, eran una suerte de préstamo que los particulares hacían al Estado. Una vez recuperados los Assignat a través de la venta de los bienes, éstos debían ser destruidos y todos quedaban contentos salvo los sacerdotes, claro.

En un primer momento se imprimieron billetes de un valor facial tan elevado (1.000 libras) que resultaban inútiles para las transacciones cotidianas. Nadie podía decir que se estaba emitiendo moneda (el Assignat claramente no lo era) y mucho menos que se estaban siguiendo los pasos de Law.

El problema es que una vez que un gobierno pone en funcionamiento la máquina de imprimir es muy difícil que la detenga voluntariamente. El Gobierno revolucionario comenzó a imprimir e imprimir Assignats y cuando el público ya no quiso comprar los Assignats pagándolos a su valor nominal en oro o en plata, el Gobierno simplemente los entregaba como pago cancelatorio. Lógicamente tuvo que imprimir billetes de denominaciones menores para ello y al poco tiempo, el Assignat circulaba como moneda. El 17 de abril de 1790 el Assignat es declarado oficialmente papel moneda.

El Gobierno intentó medidas para mantener el valor de la nueva moneda. Hizo cerrar la Bolsa. Prohibió la publicación de la cotización del Assignat y más tarde, durante el terror, quien osara no aceptar un pago en Assignats bien podía terminar en la guillotina.

Vaya a saber uno la razón, el hecho es que un gobierno puede disponer de la cabeza de sus súbditos (o de sus ciudadanos tratándose de la Revolución Francesa) pero nunca de su patrimonio. El descontento con los Assignats era tan grande que el gobierno organizó un gran espectáculo el 30 de Pluvioso del año IV (19 de febrero de 1794) en el que el verdugo quemó en la actual Place Vendome las máquinas para imprimir la moneda, las planchas y hasta los cuños. Seguramente el gobierno quiso que el pueblo creyera que el papel moneda en sí mismo y no su emisión irresponsable por parte del gobierno era el causante del fiasco. De todas formas, una vez retirado de circulación el Assignat, el gobierno creo otra moneda de papel, el "Mandat" que conoció la misma historia que el Assignat. El 4 de febrero de 1797 también fue retirado de circulación y a partir de ahí, el pueblo no volvió a confiar en el papel moneda durante casi 100 años.

Pero hubo otro aspecto en el experimento francés. Los Assignat fueron emitidos para comprar propiedades. Evidentemente era un gran negocio comprar propiedades y pagarlas a una fracción de su valor real como consecuencia de la devaluación. Seguramente todos querrían comprar propiedades. Pero ¿quién decide a quién se le vende y a quién no? Quienes lo decidían eran los funcionarios de la Caisse Extraordinaire o los políticos que los habían designado en esos cargos, y a esta altura, es evidente lo que sucedió.

El resultado fue sencillo aunque nunca terminan de aprenderse tres fáciles lecciones: La primera es que una vez que se comienza a imprimir y a buscar atajos para no hacer reformas, la maquinita no se detiene hasta que se choca con la realidad. La segunda es que cuando hay una devaluación, alguien gana y otro pierde y la tercera es que siempre que el Estado tiene poder discrecional para otorgar o negar se genera corrupción.

Esperemos que los Cedines no terminen como los Assignats. Esperemos que cada Cedin que emita el Gobierno Nacional tenga un respaldo demostrable en dólares físicos.



(*)Abogado y experto en historia de Francia

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