Finalmente, el viernes último se decidió la operación que terminó con la vida de Osama bin Laden (en agosto, la inteligencia norteamericana había identificado la casa donde vivía el terrorista). Si bien la operación (ensayada el 7 y el 13 de abril) se planeó para el sábado (acallada la Boda Real), por cuestiones climáticas se pasó a última hora del domingo. Más allá de por qué, en una de las operaciones más importantes en la historia de la inteligencia norteamericana, uno de los dos helicópteros involucrados tuvo un desperfecto y debió ser volado, la operación genera a futuro más interrogantes que certezas. ¿Por qué no se intentó capturarlo vivo como a Sadam Husein (en el edificio sólo había otros tres hombres y quedaron dos mujeres heridas y otra muerta, más un número no precisado de niños), lo que hubiera roto el mito, en lugar de elevarlo a mártir del terrorismo? ¿En cuánto beneficia la operación a los talibanes de Afganistán, ahora que se terminó el motivo para derrocarlos? ¿Qué pasará con Pakistán, al que no se pidió permiso ni se avisó -el expresidente Musharraf ya está usufructuando esto-, colocando la operación en el límite de lo legal/ilegal y donde el movimiento fundamentalista/nacionalista es el gran beneficiado? ¿Cuánto le servirá el rally de optimismo a la figura de Obama?, etcétera. Tal vez, más por política que por otra cosa, ayer muchos anunciaban un día exultante para el mercado. Pero es claro que el 0,02% que perdió el Dow (cerró en 12.807,36 puntos con magros 935 millones de papeles en el NYSE), la nueva baja del dólar, el 0,75% que perdieron los commodities (incluyendo oro y petróleo) y la indiferencia de la tasa a 10 años muestran que tuvimos una de las ruedas más flojas de las últimas dos semanas. Tal vez estemos transitando una burbuja en lo financiero, pero aparenta ser una burbuja racional (en idioma vulgar: el mercado no come vidrio).
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