30 de abril 2010 - 00:00

Boda gay: el sordo rechazo del PJ que Néstor no dominó

Néstor Kirchner, Martín Sabbatella, Vilma Ibarra
Néstor Kirchner, Martín Sabbatella, Vilma Ibarra
-Martín... ¿vos querés que entren las barras?

-Las organizaciones me lo piden...

-Olvidate. ¿No te das cuenta de que ni Cristina está a favor de esto?

El martes por la noche, Néstor Kirchner masticó la advertencia al teléfono de Martín Sabbatella, espadón con Vilma Ibarra del matrimonio gay. Un rato antes, el dirigente de Morón había discutido con Agustín Rossi por el ingreso de «militantes» homosexuales a los palcos.

El jefe del bloque rumió una negativa y ante la insistencia de Sabbatella remitió la queja a Olivos. Desde allí, el patagónico desactivó la «fiesta» y obligó al diputado de Nuevo Encuentro a dar explicaciones a los suyos. «Lo importante -se atajó- es la ley ¿no?».

Sin embargo, a esa hora, una ola silenciosa comenzaba a crecer. A medianoche, un ministro escuchó de boca de un legislador que 40 diputados del FpV no votarían a favor de la boda entre personas del mismo sexo. El miércoles a la mañana algunos hablaban, ya, de 50 votos por el No.

Lo demás es conocido: la tardanza de Ibarra y Sabbatella, el puntillismo de Eduardo Fellner para levantar la sesión y los entreveros entre diputados. Una hipótesis explica la «demora» de esos dirigentes que, en el léxico de Aníbal Fernández, serían «K portadores sanos».

El miércoles nadie le podía dar certezas al patagónico de que la ley sería aprobada. Secretamente, el peronismo que se somete a los antojos de la Casa Rosada, frente a ese expediente, priorizó la obediencia milenaria a la Iglesia y la persistencia de sus soldados.

En las últimas dos semanas, en el bloque K se expandió como un susurro la negativa a ese proyecto. Lo frenó, hasta el final, la determinación de Kirchner de votar a favor como parte de un operativo de marketing político destinado a sectores medios y minorías.

Este diario ya relató esa alquimia orientada a sumar, décima a décima, con el objetivo de alcanzar el 40,1% que le permita, con la oposición atomizada, ganar en la primera vuelta. La habilitación del matrimonio gay formaba parte de esa hoja de ruta.

Pero Kirchner se topó con una resistencia invisible que volvió brumosa toda estimación sobre el tratamiento del proyecto. Si, antes, perdía la pulseada por el impuesto al cheque, no podía además caer derrotado -y encima con una lluvia de votos peronistas- en la boda gay.

El fracaso de la sesión de anteayer, producto más del temor a una doble derrota K (y con el patagónico en el recinto) que a los hábitos remolones de algunos legisladores, esconde también la vulnerabilidad del oficialismo en los rubros donde no impacta la chequera.

No fue por principismo que los siete diputados de Salta (de los cuales cinco son del PJ y, de ellos, dos son K) anticiparon su voto negativo. En otras provincias, la actitud fue similar. Detrás de los paredones de Olivos, Kirchner parece ajeno a la presión social, y eclesiástica, que enfrentan los legisladores del interior.

Algo similar ocurre con Tucumán -salvo Federico Vargas Aignasse, los demás están en contra- y, por citar otro caso, con los sanjuaninos.

«¿Yo voto esto y cómo vuelvo a mi provincia? El cura del pueblo me crucifica en el sermón del domingo», se descargó, angustiado, un diputado norteño frente a un colega bonaerense. El patagónico no contempla esos dilemas y les imputa, además, tibieza.

Ayer, notificado de ese clima hostil, Kirchner repitió frente al bloque la existencia de «libertad de conciencia» respecto del proyecto. Es un simulacro: Patricia Fadel, la vicesegunda de la Cámara, activó a favor de la unión civil en cambio del matrimonio gay, pero de repente dejó de hacerlo.

Nadie más, luego de que el patagónico anunció su voto a favor, «militó» abiertamente contra la iniciativa, pero como por una manifestación espontánea, el miércoles a la mañana más de la mitad del bloque del FpV se negaba: 47 sobre 87 estaban por el No.

La semana próxima, en sesión especial, el oficialismo volverá a la carga. Parece, a esta altura, un antojo o una mera coreografía de progresismo.

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