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Bolsas en el tobogan: aún no se ve rebote
La economía atraviesa una transición que supone debilidad -por un cambio de oxígeno después de Japón y el alza de precio de los combustibles, no por la irrupción sorpresiva de un daño grave- y demandará algún tiempo corregirse. Desmontar la plataforma del QE2 -sólo resta que la Fed compre 50 mil millones de dólares en bonos del Tesoro para cancelar el programa a fin de mes- excita la aversión al peligro, les quita audacia a las Bolsas. ¿Tomarán la lanza, como tantas otras veces, y se abrirán paso a puro instinto nomás? No es la temporada indicada. No lo harán antes de que puedan acumular un zócalo de evidencia favorable. Deberían esperar, al menos, que broten los balances corporativos, después de la segunda y la tercera semana de julio.
Éste es el octavo tropiezo que sufren las Bolsas desde que se lanzó el rally post-Lehman en marzo de 2009. Siete de los ocho traspiés quedaron limitados a un rango de caída de entre el 5% y el 8% (contabilizando el actual, que merodea el 7%). Dice el manual que una baja califica como «corrección» cuando traspasa el umbral del 10%. El único resbalón que cruzó la línea ocurrió el año pasado. A esta misma altura. El «patín» de mayo y junio derrapó casi el 16%. Como ya se comentó, el chubasco pivoteó sobre la temática que ahora se repite. Grecia, los increíbles titubeos de la política europea, el repliegue de la Fed, los desmayos de la recuperación económica. La diferencia reside en la disímil capacidad de absorción. Esta vez no hubo sorpresa. Ni mucho menos pánico.
La mala noticia es que una recuperación pronta no luce a la vista. La debilidad de la economía y del empleo no parece asunto grave; más allá de los problemas de herencia que sí son importantes (por caso, el legado inmobiliario), de forzosa digestión lenta, y exhiben magros o controvertidos progresos (los precios de los bienes raíces han vuelto a deprimirse, pero al ritmo actual de nuevas construcciones, EE.UU. tendría un severo déficit habitacional en no más de una década). Nada indica que la economía no retomará el trote cuando se acomoden los factores transitorios que le quitaron bríos. Llámese la catástrofe de Japón, el aumento del precio de los combustibles, quizás una menor demanda de China.
La buena noticia, pues, es que no se observa daño serio; sólo una merma de vigor circunstancial. El último Beige Book, un informe de la Fed que pasa revista al quehacer de los negocios en todas las regiones del país, cita 25 veces a Japón como factor de perturbación que afectó a distintas ramas de actividad y distritos. A la par, las novedades que llegan del archipiélago nipón son positivas.
La recuperación allí ya da sus primeros pasos. La industria se habría expandido por primera vez desde febrero, según el índice PMI manufacturero de mayo. Y la caída del renglón de servicios, si bien prosigue, estaría a un tris de detenerse. Sirve de prueba la resurrección del optimismo empresario -la encuesta PMI pertinente arrojó la lectura más alta desde junio de 2010-. Sin embargo, no cabe esperar una recomposición fulminante. En buena medida, el repunte industrial obedece a la necesidad de acelerar la producción todo lo posible antes que se adentre el verano y haya que lidiar con los previsibles cortes de electricidad (recordar que el 30% de la capacidad de generación quedó fuera de servicio por el triple desastre). Por su parte, los precios del crudo y de las naftas también comenzaron un reflujo promisorio. Todo el último mes, las naftas se abarataron en los EE.UU. Y el crudo asistió a una agitada reunión de la OPEP, en la que no hubo consenso y sí una probable fractura. Arabia Saudita pegó un portazo anunciando un aumento unilateral de producción. Los valores de los combustibles, que ya bajaron desde los máximos, todavía son altos y carcomen el poder de compra de los consumidores (y los márgenes de las compañías), pero tienen espacio para deslizarse aún más y, sobre todo, ya no emanan la incertidumbre fuertemente alcista que aportó el volcán político del mundo árabe. La ebullición de las materias primas, en rigor, se calmó. Es el bonus por ponerle punto final al QE2 y no ceder al pedido de bises.
Dicho de otra manera, los factores negativos no sólo son reversibles, sino que han comenzado el viraje. Y si bien hay objetos contundentes peligrosamente sueltos -el manejo de la crisis de Grecia es una invitación permanente al desastre-, tampoco hay que ignorar que los responsables deben poseer, si no mucha lucidez, el instinto básico de la supervivencia. El aspecto más delicado de la coyuntura es otro: que no se tuerza en demasía el curso de las expectativas. Importa que la debilidad no se contagie, mine la confianza y frene decisiones empresarias «por las dudas» y se convierta en una bola de nieve de más tamaño. Así sucedió el año pasado, después del brusco temporal de mayo-junio que zamarreó a los mercados financieros, y fue lo que obligó a la Fed a lanzar el QE2. De momento, no hay indicios de una «remake». Pero se debe vigilar el comportamiento del mercado de trabajo, porque es el tipo de terreno fangoso donde la recuperación puede encajarse con facilidad. Con las tasas largas de interés por debajo del 3% (y nueve semanas consecutivas en retroceso), tampoco vale decir que un atasco sería una absoluta sorpresa.


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