Brasil: Casa Daros alberga un arte que remite a la realidad

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Río de Janeiro - La semana pasada en el barrio de Botafogo, la Casa Daros, un centro de arte de origen suizo dedicado a Latinoamérica, abrió las puertas del edificio de 12.000 metros. La espléndida arquitectura neoclásica y colonial del siglo XIX recién restaurada, demandó más de cinco años de sofisticados trabajos y una inversión total de 83 millones de reales. Hoy la Casa alberga la muestra inaugural: "Cantos Cuentos Colombianos", 75 obras de los artistas Doris Salcedo, Fernando Arias, José Alejandro Restrepo, Juan Manuel Echavarría, María Fernanda Cardoso, Miguel Ángel Rojas, Nadín Ospina, Oscar Muñoz, Oswaldo Macià y Rosemberg Sandoval.

Los lazos que unen a los artistas de Latinoamérica son débiles todavía, y un objetivo de la muestra es dar a conocer el arte colombiano, sobre todo en Brasil, donde su presencia es escasa, para "establecer una comunicación y una sinergia" que no existe. Pero lo cierto es que el conjunto de obras del patrimonio de Daros reunido en la exhibición logra cortar el aliento y, pone en el candelero, la presunta capacidad del arte para movilizar la conciencia.

En el ingreso a la Casa hay un ataúd realizado por Fernando Arias con encastres de las piezas Lego. El féretro ostenta los colores de la bandera colombiana, rojo, amarillo y azul. Al minimalismo del material, un juego infantil, se contrapone el maximalismo del contenido, una perfecta línea blanca atraviesa el ataúd, la raya blanca de cocaína que el artista diseñó sobre ese cofre para los muertos.

La obra de Arias resulta inquietante. Pero la violencia que atraviesa toda la muestra queda literalmente al desnudo al ingresar a la sala donde Miguel Ángel Rojas exhibe los 12 retratos de su "David" colombiano. La visión de esas fotografías de un soldado con una pierna mutilada por una bomba, resulta tan dolorosa y perturbadora que trasciende lo meramente artístico, aun cuando esta cualidad específica está acentuada por la abierta relación que establece el autor con el "David" renacentista. Este personaje casi adolescente, "carne de cañón en una guerra que nos afecta a todos", como afirma Rojas, parado sobre su única pierna y reiterando como un fantasma la pose clásica de un icono de la historia del arte arraigado a nuestro inconsciente, se vislumbra como una aparición. El personaje fotografiado en tamaño natural, ejerce una poderosa atracción con su monumental cercanía. A la fascinación que provoca la belleza extrema del desnudo, se contrapone no obstante, la aberrante y escalofriante exhibición de ese miembro mutilado. La imagen se vuelve intolerable, pero resulta imposible dejar de mirar las doce encarnaciones del martirio.

El arte de Colombia está arraigado al contexto de una situación histórica particular y a las condiciones sociales de excepción. Los argentinos conocen, en parte, el miedo y el aislamiento. Toda una década, hasta el año 1983, nuestro país estuvo fuera del mapa. Hans Michael Herzog, ideólogo y curador de la Colección Daros de arte contemporáneo latinoamericano, aclaró que "el arte por el arte", no está presente en la selección. Agrega que eludió "el estereotipo" del arte político. Pero la muestra ostenta la mayor intencionalidad política, sencillamente porque las obras reunidas con ojo certero, alcanzan una visibilidad que nunca disfrutaron. A nadie escapa que un buen curador es como un director de orquesta, sabe cómo mostrar el arte para que se vea y se entienda.

Nacido en 1946, el artista Juan Manuel Echavarría estaba en Brasil para hablar de la historia de su país y de sus delicados juegos estilísticos. Con los huesos de gente anónima dibujó bellos y poéticos ramos de flores. En las canciones de las víctimas de Echavarría resuena el horror de las masacres, como una letanía que se reitera para tornar soportable lo insoportable. Su video "Guerra y Pa'", con un loro que aprendió a pronunciar la palabra "guerra" y el otro incapacitado para nombrar siquiera la "paz", el mayor deseo de los colombianos, deparó un momento de respiro en la exposición. Al igual que las irónicas esculturas de Nadin Ospina quien modela a los Simpson con la técnica del arte precolombino, o la corona de espinas de María Fernanda Cardoso, que enhebra una a una sus lagartijas.

Por su parte, Restrepo investiga las cartas de Hegel y sus despectivas opiniones sobre América, continente que el filósofo nunca pisó. Luego confronta el texto con la dimensión prodigiosa y real del cocodrilo americano, ejemplar buscado para los Gabinetes de Curiosidades. "Aquí el empirismo lucha cuerpo a cuerpo con la teoría", y acaba por desarmar las categorías impuestas por el Viejo Continente con la instalación de un metro. Un extenso campo de bananas, terreno ligado a las masacres, configura la instalación "Musa paradisíaca". De cada bananero cuelgan pantallas que transmiten las escenas de violencia que desde los primeros administradores extranjeros hasta casi la actualidad transcurrieron en ese paisaje. El injerto tecnológico ajeno a un lugar presuntamente "exótico", provoca un extrañamiento que induce a la confrontación política.

Doris Salcedo exhibe un armario sellado que contiene otro también bloqueado y que es metáfora de lo impenetrable e irreversible: de un lugar que no ofrece salida ni retorno posible.

La condición del arte para crear ficciones y generar la credibilidad del espectador que vive la teatralidad de la escena que ocurre ante sus ojos (aunque suele saber que no esta ocurriendo), queda suspendida en varios momentos de la muestra. La ficción queda de repente interrumpida. La vida real avanza en ese mundo encapsulado de las salas de exposiciones, con obras que tienen la capacidad de tornarse creíbles, capaces de contar verdades.

Los relatos siempre han sido un eficiente vehículo para conocer la verdad. Siempre hay alguien que expresa la urgencia de narrar el mundo y, los artistas suelen, en ocasiones, condensar sus relatos en una sola imagen. "Los seres humanos están interesados en dos cosas. Están interesados en la realidad y en contarla", señala Gertrude Stein.

Todo empalidece después de estas visiones del mundo. La muestra quiebra la amnesia, "la gente que se vuelve insensible ante tanta barbarie", observa un artista. A partir de allí, los objetivos de la Casa Daros de Suiza, uno de los países más civilizados del mundo, adquieren una dimensión diferente. En el siglo XXI las utopías parecen un sueño lejano, pero surgen el interrogante sobre el poder del arte para ayudar a torcer un destino adverso.

"Arte, educación y comunicación", son los ejes del programa que enunció Isabella Rosado Nunes, directora general de la sede de Río de Janeiro. Eugenio Valdés Figueroa, director de Arte y Educación, presenta la muestra "Para (saber) escuchar", plantea que "la gente no quiere más centros culturales ni museos, la gente quiere trabajar para entender". Mientras la ciudad inaugura tres museos, en Brasil las estadísticas revelan que hay 34 millones de analfabetos funcionales.

La Colección Daros posee 1.160 obras de 117 artistas contemporáneos de Latinoamérica y más de 3.500 publicaciones, es la más importante de Europa en la materia y aspira a brindarle a nuestro arte una proyección internacional.

Una hilera de palmeras reales escolta la Casa. En el frente hay una estatua de Nuestra Señora de las Gracias que inspiró la obra del brasileño Vic Muniz. La inmensa réplica tan bella como el original, fue realizada con materiales de descarte durante la reforma del edificio.

* Enviada Especial

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