20 de octubre 2014 - 00:00

Bueno: sobrevivió Wall Street. Malo: siguen causas de las bajas

¿Sobreviviremos a los idus de octubre? La buena noticia es que el mundo no se acaba (como temió Wall Street al desmoronarse de lunes a miércoles). La mala es que tampoco se arregló (como sugiere la resurrección de jueves y viernes). La evidencia después del frenesí de la montaña rusa: la economía global no es lo que cruje, sino los mercados financieros de riesgo, rota la contención de tres meses largos de negociación lateral, sin tendencia definida. Las Bolsas se preocupan por la suerte de la actividad económica (y tienen sus razones) pero, hoy por hoy, la principal amenaza que pende sobre la economía mundial es un temporal de las finanzas internacionales.

Una corrección bursátil, Ed Yardeni dixit, es "un ataque de pánico que no es convalidado por los fundamentos". Wall Street mordió la banquina y frenó a dos centímetros de una corrección formal. El S&P 500 saltó el "guardrail" de los 1.900 puntos y aterrizó en los 1.820, una merma del 9,8% desde los récords, antes de recobrar la vertical. Pero la recuperación posterior no fue desdeñable: tras cerrar en 1.890, la semana acusó una caída final de sólo el 1%. Quien no hurgue en los números día por día no advertirá el sofocón de la carrocería. Mucho menos el daño del chasis.

El miedo no es zonzo, el pánico es irracional. El pánico, si de veras lo hubo, fue una estela fugaz. El Vix -pomposamente llamado el índice del miedo- se disparó como un puñal a una lectura de 31 que duró apenas un santiamén. La semana terminó como empezó, con niveles levemente por encima del umbral de 20, que revelan desconfianza y recelo, mas no desesperación.

Hay motivos, por cierto, para andar con cuidado. Europa aporta varios: coquetea con la recesión, la desinflación, las tensiones geopolíticas y la impericia (y discrepancias) de sus autoridades. Todas juntas. El conflicto más grave se libra entre su piloto de tormentas, Mario Draghi, y los creadores de las mismas, como Jens Weidmann del Bundesbank, quien boicoteó la credibilidad de los planes expansivos del BCE con extraordinaria puntería, días antes de los primeros estertores. También se temen las consecuencias de dos fenómenos recientes: la revaluación del dólar y la retracción vertiginosa del precio del petróleo. Sólo que ambos, de persistir, serían muy beneficiosos para el Viejo Continente. Y ninguno de ellos estaba disponible pocos meses atrás. Una desinflación basada en la caída de los precios del petróleo (que Europa importa) proveería una benigna reflación de ingresos. Será vital pues que el BCE tenga campo de maniobra para acomodar las cargas y sacar provecho de los sucesos favorables.

¿Será que ya pasó el momento extremo? En el mercado de bonos cabe pensar que sí. No se vio una caída de rendimientos tan pronunciada como la del miércoles desde que la Fed anunciara su primer programa QE por un billón de dólares. Una tasa del 1,8668% a diez años no congenia con la realidad del momento. Trazando paralelos con la Bolsa, fue como si las cotizaciones hubieran aumentado el 14% en un solo día. Los bonos del Tesoro son el refugio de la calidad, sí, pero la urgencia por cubrirse tergiversó la relación precio/calidad. El cierre semanal en un 2,20% lo corroboró después. Sin pensar que arrancó el año en el 3,05% y con pronósticos unánimes de alza, y la economía de EE.UU. no marcha peor que entonces.

La Bolsa es materia más resbalosa. La marca del Vix en 31 puede ser un mojón. Tiene talla como para erigirse en un punto de inflexión. La inaudita fortaleza del Russell 2000 -la canasta de pequeñas compañías, volátil en grado sumo y usualmente quebradiza en los momentos difíciles- concede la esperanza. Otros sectores de vértigo fácil -biotecnología, internet, social media- acompañaron en igual dirección. Pero cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. Todo sismo tiene réplicas y podría ser un engaño gravoso. Por eso importará que las tasas largas provean una luz de orientación (sabemos que la Fed pisará las cortas). A estos niveles, tras larga depuración, los bonos de alto rendimiento vuelven a ser atractivos. Como el problema es la psicología de los inversores, resta ver si se les recrea la ambición. ¿Alcanza con la poda?

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