Buenos Aires Photo recorrió la historia de la fotografía

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La apertura en el Centro Cultural Recoleta de la feria Buenos Aires Photo dedicada a la fotografía -el arte de la luz-, coincidió con el corte de luz de la semana pasada. Los invitados especiales y la gente dispuesta a recorrer la feria recién pudo ingresar el jueves, dos días después del montaje. Hasta entonces, los galeristas y artistas, algunos más animados que otros, se abrían paso como fantasmas en medio de las tinieblas con la ayuda de faroles y linternas. Aldo Sessa registró el episodio con su lente sensitiva. Luego, la actividad se extendió hasta ayer. Así, la feria organizada por Arte al Día, dirigida por Diego Costa Peuser, con Francisco Medail en la dirección artística y Rodrigo Alonso como asesor general, compensó el tiempo perdido y cerró finalmente las puertas de su onceava edición. El balance resulta positivo, la feria ha logrado mejorar en el montaje y las obras su estándar de calidad.

En la sala Cronopios estaban tres espléndidas fotografías en gran formato de Alejandro Kuropatwa, iluminadas por los spots y por la propia luz que emana de su interior. Estas obras -según aclaró la galerista Marina Pellegrini-, nunca antes se habían mostrado porque recién ahora realizaron las primeras copias en el gran formato que utilizaba Kuropatwa. La imagen de unas cabezas de ajo desconcierta, revela los matices del color y esconde su naturaleza bajo el atractivo de la forma. Una marea de pétalos color rosa en rotundo primer plano retrata una peonía; luego, la otra fotografía de una magnolia, trae de inmediato el recuerdo de las pinturas de la estadounidense Georgia O'Keeffe.

A pocos pasos de allí están las imágenes de Andrés Sobrino, las evanescentes profundidades de sus abstracciones con colores dulces que van desde los rosados a los celestes. Sobrino transporta al soporte fotográfico la sensación de flotar en el espacio, un efecto semejante al que deparan las pinturas de Rothko y las instalaciones lumínicas de James Turrell. El placer que deparan estas imágenes cautivó a Carlos Rosso, presidente de la División de Condominios de Related Group, empresa del dueño del museo, Jorge Pérez, quien, sin dudar, se llevó la serie completa y continuó con sus compras por la Feria.

Miguel Mitlag es otro artista que se aleja del mainstream dominante. Radicado actualmente en Berlín, crea sus propias instalaciones para luego fotografiarlas. Sus llamativas y, sobre todo, creativas instalaciones, poseen un estilo incomparable.

La sofisticada imagen de Cecilia Szalkowicz, una mano modelada en cerámica que sencillamente sostiene una foto, al igual que el constructivismo de Matilde Marín y Amadeo Azar, las fotos históricas del húngaro George Friedman, un retrato de Humberto Rivas, los viajes "turísticos" de Érica Bohm por la Antártida, o los sensuales desnudos de Annemarie Heinrich, entre muchas otras obras, merecían dedicarles una tarde al recorrido de la Feria.

En Buenos Aires Photo se exhibe la diversidad de vertientes que caracterizan y tornan atractivo al arte argentino que ingresó en este último lustro sin retaceos al circuito internacional. No obstante, es preciso aclarar que la entrada a los lugares de consagración, tiene un costo muy alto. Para decirlo sin vueltas, para conseguir un pase, gran parte de los artistas latinoamericanos deben exhibir la miseria social y económica, la tipicidad y la victimización política generada por las dictaduras y, si es posible, en clave conceptual. La voluntad de los países del Norte, Europa y EE.UU., y su "saludable" intención de mostrar la desigualdad social latinoamericana, justifica la ayuda económica y las becas que otorgan. El tema no es ninguna novedad, lo sorprendente es la subordinación de los artistas a la estética domi-

nante. A los africanos se les reclama lo mismo, dato que se tornó perceptible en la última Bienal de Venecia, en las muestras de la Fundación Cartier o el Museo Reina Sofía de Madrid, poderosas instituciones que tratan de paliar con el arte las miserias del mundo. Ayudas como la del Premio Príncipe Claus aclaran sus condiciones de frente. Finalmente, el arte en sí mismo, el arte por el arte, "sin por qué, como decía Borges, debe convertirse en sociología, política, archivo, historia o se somete a fines utilitarios, para acceder a los espacios de legitimación.

El espacio Photobook Proa resultó en este sentido didáctico. La Fundación Proa participó de la feria con su librería poblada de textos especializados en fotografía y teoría sobre la imagen. Entre ellos, vale la pena destacar el catálogo de la Escuela de Düsseldorf. Allí están las imágenes ampliadas al punto de competir con el formato de los cuadros de los grandes maestros que pueblan los museos, las fotos del grupo alemán ostentan el poder fetichista de las verdaderas "obras de arte" y muestran sin temores la belleza.

No resulta entonces extraño advertir en la feria porteña la presencia ineluctable de las imágenes grises, tan tristes como uniformes. Desde luego, es obvio que existen excepciones. Buenos Aires sigue siendo una ciudad lejana y además, hay artistas históricos y consagrados que escapan a la norma. Latinoamérica estuvo ausente hasta esta última década del circuito internacional, su aparición fue tardía, justo cuando el arte político y conceptual adquiría fuerza en el campo artístico internacional. Se acentúa en el mundo la violencia, los problemas migratorios, y el arte no permanece ajeno a estas situaciones que perforan el significado de las obras.

Pero Latinoamérica habla desde hace años de su penoso destino. Un buen ejemplo es la excelente serie de obras "Aeropuerto José Martí, de la artista invitada, Luz María Bedoya. La fotógrafa peruana cuenta que en 1997 tomó las imágenes en blanco y negro en el aeropuerto de La Habana, allí fotografió personajes que esperaban "poder partir". Y agrega: "Sus siluetas se ven contra el fondo exterior luminoso de la pista de aterrizaje. Pasar por el aeropuerto José Martí era una experiencia de mucha tensión. Las fotos intentan registrar esa tensión. Nadie habla entre sí, los cuerpos están muy quietos mostrando rigidez y expectativa".

En esta misma vertiente se encuadran algunas piezas del Premio Buenos Aires Photo. El indiscutido primer premio lo ganó la talentosa Alessandra Sanguinetti con el retrato de una niña en blanco y negro que, a pesar de la intensidad de su gesto, no posee la gracia de sus series anteriores, como la inolvidable "Las aventuras de Guille y Beli". Con esas fotos Sanguinetti ganó su fama y un lugar en la agencia Magnum.

Buenos Aires Photo otorgó además dos menciones, a Bruno Dubner por la obra "Rosenthal Sterzovsky Saidman, 2012-2015, tres placas como lápidas, y a Mariela Sancari por el incómodo retrato de "Moisés". La selección no ahorra golpes efectistas, refleja la decadencia penosa del mundo en unos viejos decrépitos y sucios o en la imagen escalofriante de un niño enfermo. Visiones que se compensan sin embargo, con la pintoresca versión local de "La buena fama durmiendo", de Tomás Cochello, y las distorsiones humanas del talentoso Esteban Pastorino.

Un lugar especial ocupan las fotografías del chileno Nicolás Franco. Más allá del tema y la elaboración de una historia, la materia en sí misma exhibe producciones notables. Las imágenes de Franco parecen provenir de la desclasificación de archivos secretos. La galerista Florencia Giordana señala que las inmensas superficies negras cubren partes de un rostro o de un cuerpo mutilado. A la brutalidad del tema se contrapone el esmerado tratamiento de los grandes planos sutilmente desgarrados en riguroso blanco y negro. Hay que investigar la obra para encontrar el significado.

Por otra parte, en la extensa galería lindera al Patio del Tilo, están los espacios institucionales donde vale un llamado de atención a la curaduría del Banco Ciudad de Buenos Aires, un aplauso a Nidera y, un análisis al espacio "Fuera de Foco" destinado a las galerías jóvenes. Estefanía Landesmann les pega una vuelta de tuerca (aunque sin citarlas) a las pilas ilimitadas de láminas del cubano Félix González Torres. Las pilas de ambos crecen y se reponen en la misma medida que disminuyen. De este modo, González Torres atacaba la gráfica de edición limitada cuyo precio se sostiene en base a la exclusividad, mientras Landesmann amenaza con la desaparición de la imagen. Sus hermosas imágenes se desintegran al igual que un recuerdo, paulatinamente. Su idea, según explica, "se traduce en una instalación de tres afiches fotográficos replicados en cientos de copias impresas en papel. Durante la impresión se irá regulando progresivamente la inyección de pigmento sobre el papel para que pliego a pliego la imagen vaya perdiendo saturación y fuerza, hasta gastar el tóner". La imagen acaba desapareciendo.

A las propuestas de los jóvenes, Buenos Aires Photo sumó Wunderkammer, el sector dedicado exclusivamente a la fotografía antigua. Un abismo los separa. Pero el universo de los álbumes fotográficos, daguerrotipos y otras técnicas decimonónicas resulta fascinante, permite ver cómo era nuestra sociedad decimonónica y cuál era el rostro de los personajes de nuestra historia.

La Colección Vertanesian recorre con piezas únicas los primeros veinticinco años de la fotografía como género. En ediciones anteriores la feria marcó un positivo avance para la fotografía argentina con sus planes de difusión y hoy vuelve para despertar el interés de los coleccionistas y el público en general que, ¿por qué negarlo? hasta hace poco más de una década permanecía indiferente.

El mercado de Buenos Aires Photo, como el del resto del mundo, crece en la medida que aumenta el gusto por la fotografía y los conocimientos de los compradores. En este sentido, vale la pena destacar el intenso trabajo de difusión acerca de los principios básicos para iniciarse en este mercado que encararon desde hace años artistas como Sara Facio o Juan Travnik, entre otros, además de las galerías e instituciones.

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