16 de julio 2009 - 00:00

“‘Casa de muñecas’ es drama de cuerpos, no de ideales”

Daniel Veronese: «En mi adaptación, Nora y Elmer vienen de ver ‘Escenas de la vida conyugal’ de Bergman, y comparten un final parecido, que es de una violencia tremenda».
Daniel Veronese: «En mi adaptación, Nora y Elmer vienen de ver ‘Escenas de la vida conyugal’ de Bergman, y comparten un final parecido, que es de una violencia tremenda».
Daniel Veronese ya es un director de «exportación». Su puesta de «Gorda» fue comprada en Brasil y en México; dentro de unos meses montará «Glengarry Glen Rose» de David Mamet en Madrid (conocida en la Argentina como «Codicia») y estrenará, en el sur de España y con elenco sevillano, su obra «Los corderos». Sus frecuentes incursiones en el circuito comercial («El método Grönholm», «La forma de las cosas») no le han impedido a este ex titiritero (diez años con la compañía estable del San Martín), antiguo integrante del Periférico de Objetos y reconocido dramaturgo, seguir experimentando con clásicos como Antón Chejov y Henrik Ibsen.

Precisamente, este viernes estrena en El camarín de las musas su personal versión de «Casa de muñecas», a la que tituló «El desarrollo de la civilización venidera». Integran el elenco Carlos Portaluppi, María Figueras, Ana Garibaldi, Mara Bestelli y Roly Serrano. Además, tiene previsto estrenar el 31 de julio, en la misma sala, «Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo», basada en otra conocida pieza de Ibsen, «Hedda Gabler». Dialogamos con él:

Periodista: En principio, usted había dicho que iba a unir las dos obras ¿Qué dificultades encontró?

Daniel Veronese: Mi idea era que Nora, la heroína de «Casa de muñecas», se convirtiera de grande en Hedda Gabler, pero después me di cuenta de que eran dos personajes muy diferentes. Las obras fueron escritas en distintas épocas y tienen esencias diferentes. Una es un drama social y la otra es psicologista en extremo. Exigen ser contadas de distinta manera.

P.: ¿Qué vigencia puede tener hoy «Casa de muñecas»?

D.V.: Creo que nadie va a estar en desacuerdo en que necesita ser revisada a fondo. Aunque se lo considere el más importante drama de Ibsen -políticamente sirvió para reconocer la dignidad de las mujeres- desde el punto de vista dramatúrgico tiene un discurso muy dogmático que con el tiempo ha perdido fuerza, ya que hombres y mujeres han cambiado mucho. Supongo que cuando se estrenó el público diría: «pero, el marido no está actuando mal, él la cuida a Nora. La actitud de ella es la equivocada». Hoy no podemos leer la obra de esa manera, por eso busqué llevarla a una pareja actual. Es maravilloso leer «Casa de Muñecas» y pensar, todavía, que ahí hay una madre que está abandonando a sus hijos. En nuestras cabezas seguimos diferenciado -obviamente desde otro lugar- las posibilidades, riesgos y suertes fatales que podemos llegar a padecer según el sexo que portemos.

P.: ¿Es una Nora argentina?

D.V.: No puedo decir que lo sea, pero es una Nora lo más cercana posible en tiempo y espacio. Tomé de referencia a «Escenas de la vida conyugal» (1973) de Bergman. En la versión televisiva de seis horas de duración, Marianne (Liv Ullmann) y Johan (Erland Josephson) vienen de ver «Casa de muñecas». Él es un machista y habla muy mal de Ibsen. Dice que el feminismo le ha hecho mal al mundo. «Ahora ni podés tocar a una mujer que enseguida te acusa de estar acosándola». En mi adaptación Nora y Elmer vienen de ver «Escenas de la vida conyugal» y comparten un final parecido, que es de una violencia tremenda. Tal como sucede con Marianne, cuando Nora decide irse, su marido reacciona muy mal. Ese grado de violencia que surge en el vínculo es mucho cercano a lo que sucede hoy.

P.: El portazo de Nora fue un estandarte del feminismo.

D.V.: Acá se trata de una cuestión de pareja, cómo es, cómo funciona. O mejor aun, la pregunta sería: ¿qué quiere el ser humano, por qué actuamos como actuamos? No es una cuestión de géneros. Cuando se estrenó la obra en 1879 seguramente debe haber contribuido a que se reconozca la dignidad de las mujeres. Creo que la versión original de Ibsen hoy sólo provocaría impacto en un país musulmán. No es que me hayan propuesto hacerlo...

P.: Antes quemarían el teatro, con usted adentro. ¿Cómo se lleva con las mujeres?

D.V.: Cuando era más dramaturgo que director me encantaba escribir personajes femeninos. Siempre me resultó mucho más fácil y natural, no sé por qué. Por otro lado hay muchas buenas actrices en la Argentina. Estoy pensando en hacer una versión de «La casa de Bernarda Alba» sólo para tener a diez actrices trabajando juntas.

P.: ¿Y en el plano social, cómo ve al «sexo débil»?

D.V.: Socialmente las mujeres no ocupan los mismos cargos que los hombres; sus pensamientos parecen menos firmes que los del discurso masculino y todavía hay muchas actividades a las cuales no pueden entrar. Y si se lo mira al revés, todas aquellas actividades en las que la presencia femenina es más potente son tomadas como algo de menor valía. Todos estamos de acuerdo en que la mujer es igual al hombre y no debe ser maltratada; pero en la mayoría de los hogares y en la conducta cotidiana aparece la discriminación. ¿Qué pasa con lo que uno hace dentro de la pareja? De ese tema hay mucho para hablar todavía. Pero como en el teatro es más importante lo que hacemos que lo que decimos, dejé que los cuerpos hablen. Es la única manera de que esta obra emocione. Porque, insisto, «Casa de muñecas» es un drama de cuerpos, no de ideales.

Entrevista de Patricia Espinosa

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