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Cereales, operación rescate

El sorgo, por su parte, aunque tiene la ventaja de costos de implantación mucho menores, de todos modos apenas se sostiene en un rango de alrededor de 3-3,5 millones de toneladas por año, menos de la mitad de lo que obtenía décadas atrás.
Sin embargo, según datos de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), con sede en Córdoba, sólo considerando las dos cadenas principales, la del trigo y el maíz aportaron al PBI el año pasado más de $ 30.000 millones, o sea, aproximadamente el 3%, en tanto alcanzaron casi el 9% del total de exportaciones ($ 18.000 millones), a pesar de las restricciones impuestas desde el Gobierno, al comercio exterior (cierre de registros, limitaciones para acceder a los ROE, etc.). Además aportaron, casi el 4% de la recaudación fiscal del país, con más de $ 12.000 millones.
También se menciona que estos dos cereales -maíz y trigo-, los principales que se cultivan en la Argentina, y sus respectivas cadenas que abarcan molinería, balanceados, producción de carne (roja y blanca), leche, biocombustibles, etc. absorben 600.000 puestos de trabajo, directos e indirectos, y eso que en nuestro país se procesa «sólo» el 55% del maíz que se produce versus el 90% promedio internacional.
Ranking
Si bien las cifras lucen llamativas, el país cayó en forma significativa en el ranking de comercio exterior en los últimos años ya que pasó del 11% y el 19% del mercado global de trigo y maíz, respectivamente, en 2005, a apenas el 4% y el 9% en su participación mundial el año pasado debido, en parte, a la propia caída de la producción como al crecimiento registrado en varios de los países competidores durante ese lapso.
Sin embargo, la cosecha local podría registrar una abrupta suba (al margen de la soja) y revertir así el retroceso en el comercio mundial al crecer geométricamente, duplicando el volumen actual de producción de cereales y, por lo tanto, toda la actividad conexa, lo que, entre otras cosas, además de aumentar todos los indicadores mencionados (PBI, recaudación, ingreso de divisas, mano de obra, etc.) permitiría eliminar las anacrónicas restricciones impuestas al comercio exterior en el último quinquenio y que, lejos de alentar la producción, sólo provocaron un fuerte desfase entre cultivos, a favor de la soja, y dañino, incluso, para el ambiente.
De hecho, el «yuyo» alcanzó el 56,6% del total cosechado (70% fue de oleaginosas), lo que reavivó el temor a la vapuleada «sojización».
Pero algunos indicadores alentadores muestran, por ejemplo, que cuando Domingo Cavallo eliminó las retenciones en marzo de 1991, en la siguiente campaña el incremento en la siembra superó cómodamente el 30%.
Más difícil de lograr, pero que sirve para magnificar las posibilidades de producción argentina, es imaginar qué pasaría si la cantidad de capitales locales que salieron en los últimos años, para comprar campos y hacer agricultura en Uruguay, Brasil, Bolivia, Paraguay y, hasta Estados Unidos, entre otros, debido a la inestabilidad interna, se volcaran nuevamente al país. Según algunos cálculos rápidos, se estima que se podrían producir entre 30 y 40 millones de toneladas adicionales, en forma inmediata.
De hecho, con sólo tomar las áreas que llegaron a sembrarse cuando la Argentina era el «granero del mundo», alrededor de 1930, cuando se superaban los 9 millones de hectáreas sembradas con trigo y se los compara con los alrededor de 4 millones que se esperan ocupar esta campaña, queda claro que no sólo se puede duplicar, sino que se podría hasta triplicar la producción triguera con relativa facilidad, superando los 20 millones de toneladas.
El caso del maíz es similar. Contra los más de 7 millones de hectáreas que se ocupaban en los 30, ahora apenas se llega a la mitad (3,5 millones).
También el caso del sorgo es semejante ya que los más de 3 millones de hectáreas de los 70 se redujeron a apenas 1 millón de hectáreas ocupadas por este cultivo en la última campaña.
Naturalmente, la tecnología juega un rol adicional. Por caso, la Argentina, que fue líder mundial en biotecnología, ya presenta un atraso superior a 6 años respecto de los países más avanzados, lo que le impide contar con los mayores avances genéticos (semillas resistentes a heladas, a sequía, rendimientos superiores, etc.).
Pero también los costos crecientes, y la falta de expectativa, inciden negativamente. Según datos de la entidad Fertilizar, la falta de utilización de insecticidas determinó, por ejemplo, que en la zona de Venado Tuerto se perdieran 5 quintales promedio por hectárea de soja, por los ataques de la enfermedad ojo de rana.
También explicaron que «sólo» se aplica funguicida sobre el 15% de los cultivos y, aunque se espera cierta recuperación en el uso de fertilizantes de 18%-20% (alrededor de 3 millones de toneladas), en la entidad destacan que aún se está lejos de los casi 4 millones que se utilizaron en campañas anteriores.
Y sin tecnología, se sabe que no puede haber incremento de producción. Y sin expectativas y reglas de juego claras y estables, tampoco.


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