Luis Barrionuevo tuvo un rol destacado en la ruptura de la mesa de diálogo entre el Gobierno y la CGT que pudo desactivar el paro nacional del lunes próximo. El gastronómico, fiel a su costumbre de armar y desarmar vínculos con igual rapidez, dejó en suspenso su acercamiento a la administración de Mauricio Macri para operar sobre la mesa chica de la central sindical y volcarla hacia los sectores más opositores que propiciaban la adopción de medidas de fuerza. En el Ejecutivo admitieron seguir con preocupación esa tendencia y la realización esta semana de un encuentro de la Iglesia católica con sectores gremiales y sociales opositores.
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Barrionuevo, que ocupa un espacio marginal en la interna de la CGT pero aumentó sus acciones al hacerse de la intervención del PJ, mandó a su referente en el triunvirato de conducción, Carlos Acuña, a llevar la postura rupturista con el Gobierno a la "mesa chica" de la organización. Allí encontró eco en los dos representantes de Hugo Moyano en ese espacio, Carlos Frigerio y Jorge Sola, y en el ferroviario Omar Maturano. Con esas voluntades el grupo dialoguista de los "gordos" de los grandes gremios de servicios y los "independientes" quedó en minoría y el paro fue inexorable.
La operación se concretó el martes pasado. Ese día, con una reunión pautada con los ministros Nicolás Dujovne (Hacienda) y Jorge Triaca y el vicejefe de Gabinete Mario Quintana la "mesa chica" tuvo un conciliábulo previo en la sede del gremio de estatales UPCN. La novedad era que sólo estaban invitados los "gordos" Armando Cavalieri y Héctor Daer (otro de los triunviros), los "independientes" Andrés Rodríguez (anfitrión) y José Luis Lingeri y los referentes del transporte Roberto Fernández (colectiveros, UTA) y Maturano. La llegada imprevista de Acuña rompió con el derecho de admisión de los organizadores y les abrió la puerta a Frigerio, Sola y a Juan Carlos Schmid, el restante miembro de la conducción.
Hasta esa irrupción la expectativa de continuar con el diálogo estaba intacta así como la posibilidad de que ese día no se anunciara una huelga. De hecho, había chances de concesiones sobre los cinco puntos que había reclamado la CGT: una comisión para poner límite a los despidos; garantías sobre la operatividad de la cláusula de revisión en paritarias; un alivio en Ganancias; la quita de capítulos de la reforma laboral y la devolución de los fondos de las obras sociales. Eran otorgamientos parciales respecto de las demandas originales pero apuntaban a por lo menos diferir el lanzamiento de otro paro.
El endurecimiento de Barrionuevo sorprendió a propios y a extraños. El Ejecutivo lo contabilizaba de su lado luego de una visita de Triaca al gastronómico el mes pasado con un nuevo convenio colectivo bajo el brazo para el gremialista en el rubro de hamburgueserías premium. Con esa firma garantizada, el dirigente retomó su perfil sinuoso y de nuevo se acercó a los sectores opositores de la CGT que se cristalizó en el levantamiento de la negociación del martes pasado. Quienes lo frecuentan explicaron que el gremialista leyó que la coyuntura se presentaba adversa a Macri y que convenía tomar distancia.
Para los funcionarios que tratan con el sindicalismo no es la única novedad preocupante. Este viernes comenzará la semana social de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Iglesia católica en Mar del Plata, adonde se espera la presencia no sólo de la CGT sino de los movimientos sociales opositores que tienen al vaticanista Juan Grabois como aglutinador. El encuentro se extenderá hasta el domingo y en el Ejecutivo esperan reprimendas.
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