- ámbito
- Edición Impresa
“Ciencia ficción es más que marcianos con orejas picudas”
Rosa Montero: «En ‘Lágrimas en la lluvia’, huí como de la peste de los defectos típicos de la mala ciencia ficción. Por ejemplo, que para dentro de cien años ya llenen el mundo de cosas rarísimas».
Periodista: Luego de su novela «Instrucciones para salvar al mundo», en «Lágrimas en la lluvia» decidió viajar al futuro...
Rosa Montero: No es ésta la primera vez que hago ciencia ficción. En mi segunda novela, «La función Delta», una parte de la acción pasaba en el momento en que la escribí, hace 30 años, y otra parte 30 años después, en 2010, esto quiere decir que he superado el futuro de aquella novela. En 1990, reincidí en el género con mi novela «Temblor», y ahora sale «Lágrimas en la lluvia» que es aún en forma más plena ciencia ficción. Es que me gusta mucho el género, aunque en España hay un prejuicio muy grande contra la ciencia ficción. Creen que es algo así como escribir sobre cosas esotéricas, salirse de la realidad y hablar de marcianitos con orejas picudas, y es un gran subgénero de la fantasía. Y una herramienta maravillosa, no para huir de la realidad, sino para profundizar en ella por su gran capacidad metafórica. Creo que de las 12 novelas que llevo escritas, por más que ésta transcurra en un mundo futuro, es una de las más realistas. El Madrid donde ocurre la historia es reconocible, más allá de los cambios que le ha impuesto el tiempo. Y la protagonista, Bruna Husky, es el personaje más cercano a mí que he escrito en toda mi vida. Quizá porque es tan distinta, me he permitido esa cercanía desde lo más íntimo.
P.: ¿Cuánta influencia tuvo en usted la película «Blade Runner», basada en la novela de Philip K. Dick «Sueñan los androides con ovejas eléctricas»?
R.M.: No sólo influencia, he tomado dos cosas del relato de Dick. Una, la idea del androide como ser que muere tempranamente y que sabe cuándo muere (en él vive sólo 4 años, yo le he dado 10), y al saber cuándo muere, y que muere antes, no puede olvidar que es mortal, que es lo que hacemos todos los humanos, lo que es una gran metáfora de lo efímero de la vida. La otra es que los replicantes tienen memorias artificiales. Y es bastante con eso, son dos importantes metáforas. Pero el desarrollo de mis replicantes, la producción de memorias artificiales para que tenga un pasado, y el mundo donde la aventura se despliega, no tienen nada que ver con Philip K. Dick. En el título de mi novela hago un reconocimiento de los aportes que me entregó «Blade Runner», dado que «Lágrimas en la lluvia» aparece en un momento clave de esa película. Y en ella el director Ridley Scott utiliza la palabra «replicante», que no está en el texto de Dick, para denominar a esos nuevos seres.
P.: En el fondo, «Lágrimas en la lluvia» es, además de un conjunto de aventuras, una historia de profunda angustia existencial.
R.M.: Absolutamente. Yo quería en una novela regalarme un mundo literario que pudiera volver a visitar. Todos los escritores tenemos esa tentación. Tener un mundo es como jugar con un juguete muy grande. Y si la novela es de ciencia ficción uno tiene que inventarse todo. Además está el reto de que, a la vez, necesita verosimilitud, precisión y coherencia en todas sus partes. Yo quería disfrutar de eso, y me lancé a hacer esta novela con el placer puro de cuando tenía 20 años y no publicaba, y no había críticos ni nada; sólo había una celebración de la lectura y de la escritura. Pero uno se da cuenta luego que por último salen todos los temas que son los de uno. La historia fundamental de «Lágrimas en la lluvia», la primera, es la gran tragedia del ser humano de venir a este mundo lleno de deseos de continuidad, de ansias de vida, y ser perseguido por la propia muerte, que nos termina devorando. La vida, como se dice en la novela, es una historia que siempre acaba mal. Los otros temas son los míos: la memoria, la identidad, el poder, el descubrimiento de los otros, esa familia de monstruos que voy haciendo a través de mis libros. Al escribir, sin que lo buscara, me salió una novela cósmica. Una de esas novelas que son como un compendio de todos los temas, intereses y preocupaciones del narrador.
P.: ¿Cómo fue poblando de gente y de cosas ese mundo futuro?
R.M.: Fui entrando y desarrollándolo como en cualquier otra novela. Fue más divertido, porque tenía el desafío de su construcción como un enorme rompecabezas. Huí como de la peste de los defectos típicos de la mala ciencia ficción. Por ejemplo que pasaron apenas 100 años y llenan el mundo de nombres rarísimos. O resulta que ya no hay cocina, cuando las ha habido desde hace siglos. Esa ajenidad forzada, absurda, es uno de los grandes errores de la mala ciencia ficción. Yo quería un mundo que fuera tan real que se pudiera entrar a vivir en él, que fuera lógico, verosímil en los detalles, en lo legal, en lo sociológico, en lo político, y en el que haya podido pasar en un siglo. Busqué que fuera un futuro posible. Yo pongo que en el Madrid del 2109 hay toque de queda para los menores, y resulta que a 20 kilómetros de París hace un par de semanas implantaron el toque de queda para los menores de 18 años.
P.: ¿El suyo es el mundo apocalíptico que prevé como nuestro futuro?
R.M.: La novela no es utopista ni antiutopista, es la continuación posible de este mundo y esta realidad. Si se le hubiera contado a un europeo de 1910 lo que iba a ocurrir en el siglo XX, guerras mundiales, dictaduras, campos de concentración y de exterminio, pestes, etcétera, se hubiera quedado absolutamente horrorizado, a pesar de que se le informara de las grandes conquistas y progresos que se han logrado.
P.: ¿Qué la impulsó a escribir «Lágrimas en la lluvia»?
R.M.: Tardo 3 años en hacer un libro, y cuando terminé el anterior, «Instrucciones para salvar el mundo», pensé que en el próximo, al concluirlo, tendría acaso 60 años. A esa edad en que la gente se compra una casita junto a la playa, yo decidí conquistarme un mundo literario y disfrutar de eso, al que poder ir a visitarlo cuando quisiera y encontrarme con unos personajes que ya conozco. Todo esto dicho con minúsculas, muy modestamente. Nada de sagas, trilogías, tetralogías, nada de aspiraciones grandilocuentes. Un mundito literario al que pudiera regresar alguna vez para hacer otra novela que se leerá por sí misma.
P.: Su novela deja abierta la posibilidad de otras historias.
R.M.: Y ya tengo una clarísima, pero antes hay una «novela normal» que quiero hacer. Lo que pasa es que Bruna Husky tiene tanta vida esa mujer, que me la tengo dentro de la cabeza empujándome para que vuelva a escribir de ella. Conclusión: me está pasando algo que no me había ocurrido nunca estoy tomando notas al mismo tiempo para dos novelas.
P.: ¿Cuál es su punto de mayor identificación con la protagonista de su novela?
R.M.: Su planteo del sinsentido de la muerte. Bruna Husky, es una replicante muy humana, que no es que tenga miedo a la muerte sino que no le entra en la cabeza, le resulta incomprensible, le indigna la muerte, está furiosa contra la muerte. Y yo también. ¿Cómo es posible que nos muramos? No se puede creer. Venimos a esta vida tan bonita, tan espléndida, y uno se muere, ¡pero qué fraude! Hay que devolverla, y que nos den una buena. Ésta es una estafa. Esa indignación furiosa, animal, que tiene Bruna, yo la comparto absolutamente. Acaso se deba a que los novelistas somos gente que sentimos el peso y el mordisco de la muerte de manera más cercana, más sensible. Esa voracidad por vivir, esa ansia que tiene Bruna, que le hace comerse la vida a bocados, es la mía, yo también me siento así.
P.: A esa intensidad existencial, al sorprendente mundo futuro que despliega, usted le suma una intriga policial, el que la detective Bruna Husky tenga que descubrir qué hay detrás de una oleada de muertes de replicantes.
R.M.: Es que como también me gusta mucho la novela negra, me quise hacer el juguete entero.
P.: ¿Podemos hablar de la osa que ilustra la tapa de su libro?
R.M.: No, porque se revelaría mucho. Sólo podría decir que es muy importante. Cuando me llegó la imagen de esa osa en una tarjeta de fin de año hará unos seis años, me encantó porque parece estar reconociendo a quien la mira y muestra en su postura su bondad, es como si quisiera salir de la soledad de su individualidad, entrar en amistoso diálogo. Yo soy muy animalista, y los últimos descubrimientos genéticos están demostrando la continuidad orgánica de las especies, hasta tenemos que ver con los gusanos. Hice de esa osa una protagonista porque amplía el sentido de la historia. Bruna se reconoce en ella, y yo también.
P.: Sobre el final de esta historia enfrenta a Bruna con quien le dio una memoria para que, siendo una replicante, pudiera tener un pasado.
R.M.: Sobre el final Bruna tiene mucha mejor vida, porque finalmente ha descubierto a los otros, puede relacionarse, ha podido descubrir por qué es tan distinta. Y a mí me encanta que sean los novelistas los que escriben las memorias que los replicantes no tuvieron. Creo que, si yo viviera dentro de cien años en ese mundo, sería memorista.
Entrevista de Máximo Soto


Dejá tu comentario