9 de febrero 2016 - 00:00

Colección Tedesco: el arte que ningún museo muestra

La dramática e inmensa mariposa negra de Andrés Paredes que abre la muestra.
La dramática e inmensa mariposa negra de Andrés Paredes que abre la muestra.
La exposición "Diagonal Sur - Arte Argentino Hoy" ocupa desde la semana pasada casi la totalidad del Centro Cultural Borges con poco menos de 400 obras de las últimas vertientes pertenecientes a la colección de Esteban Tedesco. La exhibición, crucial para la historia del coleccionismo, brinda visibilidad a una excelente selección del arte argentino de los últimos 30 años.

Pero Tedesco viene a llenar un vacío. Sencillamente, ninguna institución argentina exhibe el período que comprende su colección. Y, ¿qué duda cabe?, los artistas contemporáneos poseen una buena clientela, aquí y en el exterior, sus obras atraen miles de visitantes a las ferias y galerías, pero nadie les dedicó ni siquiera un espacio digno y permanente en un museo institución. En la ciudad de Rosario se fundó en el año 2004 el primer Museo de Arte Contemporáneo del país, posee 783 obras, pero esa extensa y potente colección no se exhibe. La Colección Tedesco asciende a 1.200 obras y duplica la del Malba, desde luego, salvando las distancias de épocas y cotizaciones, al recorrer la muestra del Borges se advierte la "cualidad museo" de la selección.

En este contexto, al indudable atractivo de las obras que pocos conocen, se sumó el trabajo curatorial del teórico francés Philippe Cyroulnik, quien desde el año 1989, cuando viajó a la Argentina invitado al CAyC por Jorge Glusberg, comenzó a albergar en el Centro Regional de Arte Contemporáneo de Montbéliard, Francia, artistas como Pablo Siquier, Tulio de Sagastizábal, Gachi Hasper, Magdalena Jitric, Fabián Burgos, Jorge Macchi y muchos más. Cyroulnik frecuenta Buenos Aires desde entonces y no ha dejado de apoyar a los argentinos.

En su primera conversación con la prensa, el curador destaca la multiplicidad de vertientes que aborda a partir de temas específicos, como el cuerpo, mayormente representado por Marina de Caro, o la violencia, además de la diversidad de géneros (instalación, fotografía, escultura, dibujo) aunque no incluye el video. Cyroulnik observa que su posición estética implica un modo especial de relacionarse con el mundo. Agrega que a través del recorrido de la muestra se percibe la fragmentación de la realidad, la desestabilización de la visión personal y así cuenta su experiencia al ver la obra "¡Oh Patria mía!", de Pablo Suárez. "En esa instalación estaba el viento de la vida, el pampero, el sueño, la miseria y la magia", señala el curador y reconoce que la Argentina es su país favorito. "Establecí relaciones a través de la reflexión y de la afinidad con la filosofía y la pintura. La tradición que dice que este país es heredero de Europa no es totalmente la verdad. Hay cosas allá que aquí no existen, como el minimalismo". Aunque aclara que como primer punto, en una pared colgó una pintura monocromática azul de Juan José Cambre.

El artista Andrés Paredes -autor de la dramática e inmensa mariposa negra que abre la muestra- los ayudó a él y a su asistente, Verónica Di Toro, con el trabajo titánico de colgar las obras que ocupan todas las salas, el lobby y el patio del C.C. Borges. Paredes destaca los conocimientos y el virtuosismo visual del curador para armar conjuntos armónicos en cuanto al contenido y la forma. Las abstracciones de Hasper y Burgos reciben a los visitantes, junto a la misteriosa platea en penumbra de un cine donde se divisan figuras fantasmales. La obra, como el poema de Borges (De fierro, / de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche, / para que no la revienten y la desfonden / las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto), se llama "Insomnio".

La vertiente del conceptualismo sensible está presente en una serie de caligramas de Macchi que adoptan formas de mariposas. Los collages se titulan "DoppelgTMnger" y están realizados con los recortes de las noticias policiales de los diarios. Las alas están unidas por frases como "el cuerpo sin vida", "bañado en sangre", que configuran un relato de horror. El capítulo de la violencia está también representado por una serie de carteles destrozados, los mismos que las agencias de seguridad pegan en los edificios. Luciana Lamothe se apropió de este material disuasivo y lo convirtió en arte. En este sector está la instalación de Alexis Minkiewicz, una obra de carne retorcida que invita a evocar la "Parrilla" de Norberto Gómez. Gian Paolo Minelli tiene una serie de retratos de las ruinas del siglo XX y en la colección figura uno de ellos, la fotografía de unos libros abiertos y descartados tomada en un edificio de Checoslovaquia. El mismo dramatismo exhibe una forma antropomórfica vendada, una pintura de Daniel García. Y allí está una de las imágenes de la violencia de la crisis de 2001, una foto apropiada de un diario y reproducida sobre una tela pintada con pólvora por Tomás Espina.

Si bien la muestra ofrece un recorrido, hay obras que ejercen un poder de atracción particular. Entre ellas están los poéticos cúmulos azules de Ernesto Ballesteros y el fascinante dibujo con el proyecto de sus planeadores. El secreto del artista es la levedad. Frente a Ballesteros está la sensualidad de la pintura "Affaire" de Cynthia Cohen, seductora como un cartel luminoso. Tedesco destaca la obra de Cohen: "Fue el primer cuadro que me regaló un artista". Las pinturas de Prior en amable diálogo con Vicente Grondona, la maestría de Déborah Pruden, el inmenso dibujo realizado con birome por Mauro Koliva, la narrativa imagen "Nada es lo que parece" de Nahuel Vecino, la fotografía de Flavia Da Rin, reciben al visitante. En el patio, bajo la cúpula, están las esculturas de Ernesto Arellano, Elba Bairon y Martín Di Girolamo.

Talentosa, Mariela Scafatti presenta una serie de cuadros color rosa. Junto a las bellas abstracciones de Lucio Dorr están los bordados de Feliciano Centurión y una pintura de Sergio Avello, tres artistas que murieron en plena juventud. En un espacio al parecer destinado al territorio está la imagen de una gran puerta de Jorge Miño, un paisaje de Matías Duville, una fotografía de Charlie Nijensohn y la pintura de Pablo Siquier, el artista que pinta Buenos Aires.

En un pequeño cuarto está el conjunto de obras que cuentan sus propias historias de Eduardo Basualdo, Martìn Legón, Fernanda Laguna, Liliana Porter y Mónica Millán.

El autorretrato es un clásico tucumano y en una salita hay una instalación de Gabriel Chaille. Allí están 24 breves autorretratos de perfil ostentando su pelo renegrido y enrulado, pero con sus más diversos peinados.

El humor, cierto cinismo y la melancolía que se percibe en Buenos Aires, sobrevuela también por toda la megamuestra.

Entre los más jóvenes, Adriana Minoliti exhibe una gran pintura emparentada con el arte del sesentista Juan Stoppani.

Hay dos carteles del año 1968 de Roberto Jacoby, una instalación representativa del caos porteño de Diego Bianchi, unos retablos de Rosana Schoijett y el site-specific de Carolina Antoniadis, un espléndido mural ornamental sobre el que colgó sus pequeñas pinturas.

Cabe aclarar por otra parte, que Tedesco compró con sensibilidad y muy buen ojo una franja de mercado accesible. Salvo unos pocos artistas como Macchi, Siquier o Erlich, que cotizan desde hace una década en el mercado internacional. Con un presupuesto acotado y mayormente forjado con el ejercicio de su profesión, Tedesco reunió una colección única en el país.

El coleccionismo argentino tiene una larga y noble tradición desde los tiempos del Virreinato del Río de la Plata, cuando el país comenzó a poblarse de arte, hasta la actualidad, cuando los compradores de arte se multiplican.

Museos como el Malba o el Fortabat, son claros ejemplos de que todavía perdura el interés y la generosidad de la sociedad criolla por el arte. Con afán educativo y el deseo de compartir los tesoros artísticos nuestros primeros coleccionistas abrían sus casas. Esos mismos coleccionistas impulsaron con sus donaciones la fundación del Museo Nacional de Bellas Artes o el de Arte Moderno porteño. Pero las últimas tendencias del arte argentino se exhiben de modo fragmentado y sin criterio curatorial.

Los coleccionistas tradicionales, esa gente venerable que en ocasiones guarda el arte sólo para su disfrute personal, ha renovado ahora no sólo su gusto y sino también su estrategia. Cada vez importa menos el glamour de los compradores que gastan cifras millonarias, interesa mucho más compartir el arte con la gente. Además, si el coleccionista funda o exhibe sus obras en un museo, tanto mejor, pues lo que importa es el disfrute del arte y su comprensión.

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