19 de noviembre 2009 - 00:00

Colombi con Cristina, que mira conflicto latente de Catamarca

Ricardo Colombi, Eduardo Brizuela, Gerardo Morales, Florencio Randazzo
Ricardo Colombi, Eduardo Brizuela, Gerardo Morales, Florencio Randazzo
En un mano a mano con Cristina de Kirchner, Ricardo Colombi pondrá su firma este atardecer en el contrato de sumisión al matrimonio K tras proclamar un kirchnerismo extremo -con una intensidad evitada por los caciques PJ- que desató intrigas en Olivos y en la Casa Rosada.

Ayer Colombi transitó por una cornisa. Zigzagueó, en falso equilibrio, entre la amenaza de una sanción de la UCR, promovida por Gerardo Morales, y el riesgo de desdecirse de su dichos hiperkirchneristas. Simple: las promesas oficiales son, por ahora, sólo promesas.

Lo rescató, en un movimiento riesgoso, Nito Artaza, senador electo por Corrientes. El imitador tradujo con más claridad que el gobernador electo las urgencias de la provincia que en el último año y medio pagó caro el distanciamiento de Arturo Colombi con Balcarce 50.

El resto del radicalismo fue menos piadoso. Morales reforzó la idea de que impulsará una posible expulsión de Colombi si no aclara en detalle sus dichos de un futuro respaldo, en 2011, a una candidatura presidencial encabezada por Néstor o Cristina Kirchner.

«Si no da explicaciones, vamos a tener que seguir por la vía de la aplicación de sanciones. Necesitamos una organización que mínimamente acate reglas colectivas y que respete la voluntad de la gente», afirmó el titular de la UCR.

Al coro se sumó Ricardo Alfonsín, uno de los radicales no correntinos más activos en la campaña de Colombi. «Lo leí en un diario y no lo puedo creer», dijo el diputado electo que citó la palabra de correligionarios de la provincia según lo cual la pirueta del gobernador no es tal.

Difuso, sin negar su promesa de que respaldará a un Kirchner en 2011, Colombi amortiguó las palabras que pronunció anteayer dentro y fuera de Olivos. «No soy un kapanga o un mandamás, cada ciudadano es dueño de su voto», afirmó.

Y se despachó, a lo Kirchner, contra la traducción de los medios: «Vivimos en un país mediático-chusmático. Siempre digo que no vendo mi voto, nadie es dueño de nadie, el hombre de Corrientes es libre y expresará su voto en las urnas como lo crea más conveniente».

Cerró, antes de la cita con Cristina -también se verá con Amado Boudou-, con un mensaje de alcance impredecible: «Necesitamos romper el aislamiento institucional con Nación».

La furia radical se condimentó ayer con una aparición curiosa: Mario Das Neves, el gobernador de Chubut. «Nosotros no estamos acostumbrados a arrodillarnos como se arrodilló, indignamente, el gobernador electo de Corrientes y, después, pasó por la ventanilla a cobrar», dijo el peronista anti-K.

Con la música de la queja del Sur, el mapeo de gobernadores obliga a mirar hacia la otra punta: en el Norte, en Catamarca, el Gobierno explora una alternativa crítica para resolver sus tensiones con Eduardo Brizuela del Moral, un ex radical K, que fue aliado del Frente para la Victoria, y más tarde mutó al cobismo.

La semana pasada, la vicegobernadora Lucía Corpacci se vio con Cristina de Kirchner y visitó, con un puñado de intendentes del PJ, al ministro del Interior, Florencio Randazzo. «Nos están tumbando a los intendentes», alertó Corpacci, sobrina del ex cuñado K, Armando «Bombón» Mercado.

En Casa Rosada se evalúa una alternativa de máxima: que Corpacci, que además de vicegobernadora es senadora electa, abandone de un portazo la vicegobernación de Catamarca. Aunque tenga la excusa para asumir su banca, ese movimiento sería una dura señal para Brizuela.

El desenlace de la situación de esa provincia depende de factores externos, sobre todo de un calendario que proyecta la Casa Rosada cuando especula con que hay un plan para incrementar la agitación antes de fin de año. Es lo que designan como «Navidad Crítica». Si se agudiza el conflicto social con protestas, desatar una tempestad en Catamarca -razonan entre Olivos y Casa de Gobierno- no sería lo más oportuno.

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