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Comentarios políticos del fin de semana
Héctor Icazuriaga
Cuestiona, por caso, que el ex presidente comparta actos con el jefe de la SIDE, Héctor Icazuriaga, o con el director del INDEC, Norberto Itzcovich. Es, en todo caso, un mal menor pero el columnista se dedica, con furia e indignación, a ese asunto como, también, a las parrafadas de Cristina sobre ricos y pobres.
Sin datos ni información relevante, Morales Solá analiza lo ya analizado sobre el comportamiento del matrimonio presidencial y se enreda en los giros de Aníbal Fernández, como si el ministro no hubiese sido en todos estos años un experto en mutaciones.
Lo mismo con los ministros. ¿Sorprende todavía que los ministros sean desautorizados? Le tocó a Julio Alak, de Justicia, como ocurrió con todos los que integraron en el último lustro y algo los gabinetes, primero de Néstor y luego de Cristina.
Hasta cuestiona que el Gobierno haya dado marcha atrás con el tarifazo en los servicios de luz y gas. Y se pregunta, retórico, qué hará el Gobierno cuanto tenga, a partir de diciembre, minoría en el Congreso.
Se empasta, luego, en otros laberintos. ¿Cómo hizo el Gobierno, que prejuzgó derrotado antes, para obtener los votos de sectores que lo combaten como Mario Das Neves, los reutemistas o hasta el sector de Felipe Solá? A ellos también los imputa.
A Francisco de Narváez, por caso, lo ataca porque -dice- «se preocupaba más por arbitrar entre los próximos proyectos presidenciales de Macri y de Felipe Solá que en ejercer como importante diputado».
Tanto con el Gobierno como con la oposición, Morales Solá cuestiona lo que supone incorrecto y sugiere como, para él, deberían ser las cosas. Algo así como un mapa hacia su mundo perfecto.
Se resigna, en otro párrafo, a que las facultades delegadas pasarían, también, en el Senado. Y que, con eso, no habrá retoque alguno a las retenciones. Desliza que, en cambio, podría no avanzar el aumento (que califica de «sideral») del IVA a teléfonos celulares y computadoras, que sí pasó en Diputados por la abstención de la UCR. Infiere que eso fue producto de un «lobby feroz» de dirigentes del radicalismo porteño. No da más indicios, pero todo, entre entendidos, se sospecha.
Al final del repaso, se dedica al diálogo político que el viernes la UCR declaró terminado. En ese punto explora los matices en la oposición sobre las posturas respecto a esa convocatoria del Gobierno y termina por darle la razón a Elisa Carrió respecto a que el llamado era una trampa.
Se despide con estimaciones privadas que sugieren una caída del 13% en la actividad industrial y del 9% en el PBI.
VAN DER KOOY, EDUARDO. Clarín. Le reconoce el columnista a Elisa Carrió la razón al haberse negado a concurrir al diálogo político junto al radical Gerardo Morales y a Margarita Stolbizer. Si se atiende al tono de la convocatoria oficial, ese reconocimiento parece una obviedad: era imposible que el diálogo Gobierno-oposición terminara con algún nivel de éxito. A cambio de eso debe cargar la chaqueña hoy con el desmembramiento lento que está sufriendo esa sociedad política con la UCR que tanto éxito le brindó en las elecciones a manos de sus propios protagonistas.
De ahí que tampoco aporte novedades el repaso posterior de Van der Kooy a la situación actual de la oposición. Como él mismo dice, Carrió se fue de vacaciones sin aclarar qué debían hacer tras negarse al diálogo.
Esa situación dejó al desnudo todas las internas que el Acuerdo Cívico y Social ocultó en pos de las elecciones del 28 de junio. Hasta es cierto que Morales debió apurar su apoyo a Julio Cobos por presión del radicalismo sólo porque Carrió vetó al vicepresidente como candidato de acuerdo con su gusto.
En ese repaso es imposible olvidar que Francisco de Narváez, triunfador contra Néstor Kirchner en suelo bonaerense, ni siquiera apareció por el Congreso el miércoles pasado durante el debate de las facultades delegadas.
Esa ley había sido tomada como campo de batalla por la oposición, como marca el columnista, pero terminó entregándole al Gobierno una victoria en el recinto que le dio aire ahora para apurar al Congreso a terminar de resolverle todas las leyes pendientes antes del recambio de legisladores el 10 de diciembre, cuando perderá la mayoría absoluta.
Es un error que la oposición, de cualquier signo, ha cometido sistemáticamente frente al peronismo en los últimos 20 años: aflojarle a la batalla en el tramo final y más cuando toda la dirigencia agraria, a la que toman como aliada, estaba sentada en los palcos.
Imposible obviar que la debilidad de la oposición, que tampoco llegó a plantear una alternativa a la pretensión oficial, estuvo alimentada por los bloques de izquierda que terminaron colaborando con el kirchnerismo sin que prácticamente les fuera reconocida ninguna de las modificaciones pedidas al proyecto. Ésa es la fuerza que aún tiene el Gobierno en el Congreso y la que sueña con renovar desde diciembre cuando ya no cuente con número propio. Para la oposición, ése es hoy el máximo peligro: aun ganando en junio pueden perder bancas a manos del Gobierno si no ponen en marcha una estrategia que todavía no tienen.
El Gobierno, mientras tanto, aprovechó esa debilidad para aprobar las facultades delegadas. Pero el peronismo no consigue salir de la sensación de vacío que dejó la derrota de Néstor Kirchner. Sólo pareció ayudar a que los Kirchner retrocedieran cuando los aumentos en el gas y en la electricidad amenazaban con otro incendio como el de la Resolución 125. Pero para eso hizo falta que Hugo Moyano y los jefes de bloque en el Congreso alertaran sobre el desastre parlamentario que amenazaba a ese decreto.


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