La única vez que fui a ver al presidente sin anunciarme fue cuando renuncié al Ministerio. Yo decidí que el Gobierno prescindiera de mis servicios. «Raúl, esto se terminó. No quiero dejarlo solo, pero no hay retorno», le dije. Alfonsín estaba muy incómodo y no atinaba a hablar. Nuestro acuerdo fue que quien debía reemplazarme era una persona de la UCR. Los dos sabíamos, sin mencionar a la persona, de quién se trataba. Nos pusimos de acuerdo en que Juan Carlos Pugliese me reemplazara. La emoción de Alfonsín era tal que me dijo: «Hágase cargo usted, porque yo no puedo» y se fue a caminar por la quinta de Olivos.
La experiencia fue muy valiosa. Desde ya, hay una sensación de frustración, pero también de satisfacción por haber formado parte del grupo de argentinos que logró instalar un sueño: que a un presidente elegido por la voluntad popular lo reemplace uno elegido de la misma forma es un episodio imborrable. No importan los errores o aciertos personales frente a la contribución que, en ese sentido, hizo el Gobierno de Alfonsín a la historia argentina.
Haber participado de un Gobierno que levantó la noción de que la justicia se aplica a todos es motivo de conmovedor orgullo aún hoy.
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