19 de mayo 2009 - 00:00

Como peludo de regalo

Diego Maradona saluda, detrás Ruggeri, la visita no tan inesperada, y Alejandro Mancuso.
Diego Maradona saluda, detrás Ruggeri, la visita no tan inesperada, y Alejandro Mancuso.
Podría decirse que el lunes pintaba como un día más, con el agregado de que la Selección argentina entrenaba, como si fuera poco, aunque sea la versión vernácula del equipo de Diego. Claro, la pregunta es: ¿hay un día «más» en la vida de Maradona? ¿Hay 24 horas sin nada trascendental en la intimidad del cuerpo técnico seleccionado? Parece que no.

Práctica vespertina en Ezeiza, donde estaba pautado probar, entre otras cosas, línea de tres defensores y definir también una de las dudas que tiene el 10 para decidir los titulares para el partido frente a Panamá de mañana en Santa Fe. Pero un arribo fuera de agenda alteró a propios (Maradona, Mancuso, Bilardo) y a extraños (los casi cincuenta periodistas) que miraban el entrenamiento desde el perímetro de una de las canchas del predio. Oscar Ruggeri irrumpió en plena práctica, saludando a cada integrante del staff de Diego, generando una atención y una tensión palpables en el ambiente.

Enfoque

De hecho, las cámaras televisivas y de los reportes gráficos dejaron de seguir los movimientos del equipo y enfocaron al visitante y a quien terminó transformándose involuntariamente en su anfitrión: Carlos Salvador Bilardo. Increíblemente los dos ex respetuosos amigos y hoy alejados conocidos quedaron por varios minutos en silencio con la gran excusa de seguir los movimientos del equipo. Hasta que uno de los dos rompió el mutismo. Eso sí, de frente a las cámaras, pero tapándose los labios, Ruggeri dando muestras de saber cómo elegir el lugar y las formas de llevar una reunión trascendental para su aceptación o no en el grupo de trabajo de Maradona.

«Sé que van a ser campeones del mundo, por eso quiero estar sí o sí», en la intimidad, esta vez sí lejos de los periodistas, Ruggeri no anduvo con vueltas y mostró sin sonrojarse por qué quiere estar al lado de Diego. Mientras, en vivo, desde el televisor 29" de su despacho en la calle Viamonte, Julio Humberto Grondona quería meterse por el tubo de rayos catódicos. «¿Quién dejó entrar a ese tipo?», a los gritos y sabiendo que cuando llama a Ezeiza es sólo para cosas importantes, el número uno del fútbol argentino se enteró en la misma comunicación de que alguien había autorizado por escrito que a Ruggeri nadie le negase el ingreso. Conclusión: alguien sabía que el «Cabezón» iba de «visita», no fue ninguna sorpresa. Como ocurrió con varios temas.

Se lo vio a Diego contento, a Mancuso feliz, a Bilardo tenso, sobre todo cuando los gestos de cambio de palabras con Ruggeri fueron evidentes con transmisión en vivo y a Ruggeri sonriente, pero probablemente sin tener en cuenta que esto es fútbol. Y cuando se trata de fútbol, en la Argentina, la última palabra la tiene Julio Grondona, que ahora está enojado.

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