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Consigna: encontrar la belleza que nace
Bienal de Arte Contemporáneo de Lyon. Hacia la izq., dibujos de Marina de Caro (Arg.), sobre el piso «La bruja» de Meireles (Br.) y esculturas de Jessica Hutchins (EE.UU.).
No obstante, los siempre cambiantes criterios de la belleza, que han variado desde considerarla una aspiración suprema del arte hasta despreciarla como un pecado, continúan siendo inestables.
A fines del siglo XX y principios del XXI, varios teóricos del arte consideraron que el tema merecía una nueva reflexión, entre ellos, Hal Foster («Belleza compulsiva»), Umberto Eco («Historia de la belleza») y Arthur Danto («El abuso de la belleza»).
En el territorio local y durante la década del 90, la belleza tuvo protagonismo incomparable, único en el campo artístico internacional. Este año, la 11° Bienal de Lyon, a cargo de la curadora Victoria Noorthoorn, ostenta como título un conocido verso de Yeats: «Una terrible belleza ha nacido». Entre los artistas de todo el mundo, como Fernando Bryce, John Cage, Marlene Dumas, Sarah Pierce, Cildo Meireles y José Restrepo, participaron de la Bienal que acaba de cerrar sus puertas, los argentinos Ernesto Ballesteros, Eduardo Basualdo, Diego Bianchi, Marina de Caro, Luciana Lamothe, Jorge Macchi y Judi Werthein.
En marzo de 2012, Northoorn, fiel a sus orígenes argentinos y luego de una gestión celebrada por «Le Figaro» y otros medios de Francia, traerá gran parte de la megamuestra a la Fundación Proa.
Para abordar el tema de la belleza la curadora, que consolidó su fortaleza en las vertientes más sensibles del arte, comienza por abrir camino a lo racional y también a lo irracional y, así cuestiona: «¿Porque es necesario reflexionar -una vez más- sobre la noción de lo bello? ¿Lo bello -según lo dicho por Rainer María Rilque- es siempre el principio del terror? ¿Hay algo bello que no sea terrible? ¿La emergencia de lo bello mitiga la dureza de la realidad o en realidad subraya e incrementa sus horrores?»
La visión dramática del poema «Pascua» de Yeats, que trata sobre los héroes de un levantamiento en Irlanda y es una advertencia acerca de los corazones que acaban convertidos en piedra por sacrificarse tanto, es el rumbo elegido para la Bienal que llegará a la Fundación de La Boca.
Los tiempos que corren han dejado atrás el conocido el texto de Charles Baudelaire, «El pintor de la vida moderna» y el capítulo que le dedica a «Lo bello, la moda y la felicidad», donde observa que a pesar de considerar a Stendhal «un espíritu impertinente, guasón, incluso repulsivo», se acerca a la verdad más que muchos otros al decir que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad». Sin embargo, en la cuidada traducción española de la editorial Gallimard, se observa: «Baudelaire cita libremente las palabras de Stendhal en su Historia de la pintura en Italia, donde el autor dice: La belleza es la expresión de una cierta manera habitual de buscar la felicidad; las pasiones son la manera accidental».
Danto sostiene que la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, «es un valor», tiene ese estatus. Pero lo cierto es que la felicidad prometida por momentos se desvanece, como una ilusión.
Hace seis años, en el libro recientemente reeditado por la editorial Prometeo, «Lo contrario de la infelicidad. Promesas estéticas y mutaciones políticas en el arte actual», el teórico argentino José Fernández Vega, se preguntaba si dicha promesa de felicidad no se habría revelado excesiva para nuestro tiempo. El texto plantea interrogantes imprescindibles acerca del futuro el arte, como la resistencia que ofrece a que lo inserten en el mundo de los productos, a que lo rebajen y lo pongan al servicio del entretenimiento y a que lo consideren como un mero consuelo existencial o un refugio de valor financiero.
A modo de respuesta a ésta y otras preguntas Fernández Vega, dice: «En la época del fin de todas las cosas, el arte podría intentar, al menos, convertirse en lo contrario de la infelicidad». Luego cita al escritor W.G. Sebald, quien entiende que «la explicación de nuestra infelicidad personal y colectiva ofrece la experiencia de que, aunque sea a duras penas, puede lograrse todavía lo contrario de la infelicidad».
El libro se abre luego como un abanico, se despliega con un profundo análisis sobre la autonomía del arte, o sobre la muerte anunciada por Hegel. Fernández Vega discute la posición de Danto que auguró el fin del arte, aclara que Hegel propiciaba la «contemplación reflexiva», que «jamás entregó un certificado de defunción literal», y niega que la supervivencia del arte esté condicionada a «convertirse él mismo en filosofía».
«¿Vale la belleza por sí misma?», cuestiona Fernández Vega y recurre entonces a Kant, quien alegó que era «una forma que se justificaba en el goce subjetivo», un goce que el filósofo llamaba «desinteresado», ya que no estaba condicionado por lecciones moralizantes, ni contenidos cognitivos, ni por ventajas materiales o la utilidad.
El texto del argentino recorre el pensamiento de Adorno, sus consideraciones sobre el placer y la política, y lo cita cuando sostiene que un arte bello sería aquel que «no se rinde de manera servil ante un público adiestrado por la industria cultural».
La relación siempre «circunstancial» del arte actual con la belleza culmina con la argumentación acerca de «lo sublime para reemplazar a lo bello». Sublime es acaso la única palabra que permite hablar de arte de un modo que no es meramente descriptivo, es aquello que «excede toda medida de los sentidos».


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