Los apóstoles del libre mercado son tajantes a la hora de decretar una de sus máximas: que sobreviva el más fuerte. Funciona en la selva, y funciona en el mercado. Es decir, todos nos sometemos a las mismas reglas, y quien sea más eficiente, más competitivo, más atractivo para la sociedad, entonces sobrevivirá. Aquellos que no lo logren, simplemente desaparecen.
Cuando Uber llegó a la argentina, escuchamos a sus defensores decir que esta plataforma era altamente competitiva, que mejoraba la oferta de los taxis, y que elevaba la vara de los demás sistemas de transporte privado, y que estos debían adaptarse o morir. Claro, que olvidaban lo obvio: para manejar un taxi hay que cumplir una serie de requisitos legales que no se les piden a otras plataformas, lo cual incide tanto en el servicio como en el precio.
Entonces, ante igualdad de condiciones, ¿la sociedad elegiría viajar en Uber o en Taxi? Esa pregunta que desvela a los libremercadistas no tiene ni tendrá respuesta, porque nunca tendrán las mismas condiciones.
Este proceso de plataformas desreguladas que nos venden mayor eficiencia, cuando en realidad alcanzan sus resultados a través de la falta de regulación, fue bautizada como la “uberización de la economía”. Y como es de esperar, también se trasladó al mundo de las finanzas. En este caso lo llamaremos la “uberización de las finanzas”.
El Ministerio de Desarrollo Productivo firmó un convenio con la fintech Ualá, donde se acordó destinar $1.000 millones, a través de un fondeo del Fondo Nacional de Desarrollo Productivo (Fondep), para la línea microcréditos de la compañía. Esta medida recibió un fuerte rechazo de algunos sectores del Gobierno, así como de Sergio Palazzo, titular de la Bancaria. La principal crítica fue que este convenio no se haya firmado con uno de los tantos bancos de la República Argentina, especialmente con aquellos de gestión estatal (como el Banco Nación para poner un ejemplo).
La respuesta de Kulfas, fue que este tipo de plataformas ofrecen alternativas financieras que el sistema bancario no ofrece, y que lo hace de manera más simple y ágil. Sin dudas lo hacen, así como también lo hacen algunas compañías financieras a tasas exorbitantes. Pero la pregunta es ¿cómo lo logran? ¿Son realmente estas plataformas más eficientes que los Bancos? ¿O simplemente tienen mayores posibilidades por la poca regulación que tienen que afrontar?
En otras palabras, ¿compiten en las mismas condiciones que los bancos en la carrera por ofrecer los mejores servicios crediticios? Sin duda no lo hacen.
Por otra parte, vemos dentro del mundo de las finanzas una nueva tendencia que parece cada vez más decidida a quedarse: las criptomonedas. Y otra vez escuchamos a los paladines libertarios defender estas monedas, explicar las ventajas de la tecnología, Blockchain y la descentralización, y haciendo foco en la eficiencia de este sistema.
Ahora, ¿es verdaderamente eficiente y superador de las finanzas tradicionales? ¿O simplemente sus ventajas son la ilegalidad de las mismas, su anonimato ante la ley y el fisco?
Seguramente las fintech, bitcoin y Uber tienen algo para dejarle a la sociedad, un valor agregado. Y es bueno que este valor se desarrolle. Ahora, es importante poder diferenciar el valor agregado que pueden generar genuinamente, a las ventajas que obtienen de aprovechar la falta de legislación (o la escasez de esta) a la hora de ser más eficiente. Y también es importante preguntarnos si estas “ventajas” son finalmente positivas para la sociedad en general.
Economista del Centro Cultural de la Cooperación.
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