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Crisis en China: ¿cómo sigue ahora la película?
En 1970 China era un país pobre, con una economía dependiente de la actividad agrícola, que invertía poco y crecía poco. A partir de los ochenta, gracias a las reformas económicas que impuso Deng Xiao Ping -integración de la economía china al comercio internacional y el establecimiento de reglas de juego favorables al desarrollo del capitalismo privado- hubo un fuerte aumento de la inversión, y la economía comenzó a crecer vertiginosamente. En los últimos veinte años China tuvo la tasa de crecimiento más alta del planeta y probablemente de la historia. Pero como explicó hace más de cincuenta años el premio Nobel Robert Solow, la acumulación de capital tiene un impacto cada vez menor sobre la tasa de crecimiento económico. En el año 2000 la tasa de inversión en China alcanzaba el 35% del PBI y la economía crecía al 9% anual. En 2016 China invertirá 10 puntos porcentuales más de su PBI, pero su tasa de crecimiento económico será del 6,3% anual. Y estas proyecciones de crecimiento fueron hechas en abril, por lo cual seguramente resultarán optimistas.
Es necesario poner estas cifras en contexto. La fenomenal acumulación de capital de los últimos años ocurrió en momentos en que la economía global, principal mercado para las exportaciones chinas, se desaceleraba abruptamente. A pesar de ello China siguió invirtiendo un porcentaje cada vez más alto de su PBI. Este ciclo de "sobreinversión" parece haber llegado a su fin.
El problema que enfrenta hoy China no es sólo producto de la inexorable ley de los rendimientos decrecientes, sino también de la composición y el financiamiento de ese exceso de inversión. En 2014, el endeudamiento total de China alcanzó el 282% del PBI. Aunque este nivel de deuda no sería necesariamente problemático (es bastante inferior al de Estados Unidos o Inglaterra, por ejemplo), hay dos problemas fácilmente identificables. En primer lugar, su rápido crecimiento. Desde 2008 hasta 2005, el crédito al sector privado pasó del 102% a casi el 150% del PBI. En segundo lugar, la alta concentración del riesgo crediticio. Según un informe de McKinsey casi la mitad de esa deuda (y por ende un gran porcentaje de la inversión) está vinculada, directa o indirectamente, al sector inmobiliario. Ésta es la clásica combinación que presagia una crisis bancaria que potencialmente puede desestabilizar toda la economía. Algo parecido ocurrió en el mundo desarrollado de 2002 a 2007.
Durante este último año hubo varias señales claras de que la burbuja especulativa estaba a punto de estallar. Una de ellas fue el precio de la oferta inicial de acciones de Alibaba, el gigante del comercio on line, en septiembre de 2014 (que de su punto máximo ha caído casi el 42%). La segunda fue el boom bursátil de la primera mitad de 2015. De enero a junio, el índice de la Bolsa de Shanghái aumentó casi un 60%. Esto ocurrió en momentos en que todos los indicadores macroeconómicos confirmaban la desaceleración de la economía china.
Pero todo esto es historia. La cuestión importante es cómo sigue la película. En una entrevista, el economista Justin Yifu Lin aseguró que China "va a mantener una tasa de crecimiento del 7% para los próximos 10 años". Por otro lado, su colega y compatriota Zheng Liu argumenta que si la economía china sigue la una trayectoria parecida a las de Japón y Corea del Sur, su tasa de crecimiento convergerá al 3% anual en 2020 (bastante por debajo del 6,3% que pronostica el FMI). Estas proyecciones parecen tener más sustento en la realidad económica que las de Lin. Sin embargo, no contemplan el escenario cada vez más probable de que el estallido de la burbuja especulativa en el sector inmobiliario provoque una crisis bancaria que frene abruptamente el crecimiento económico. La manera en que las autoridades enfrenten esta crisis, si es que ocurre, definirá el futuro de la economía china.
En 1890 la Argentina enfrentó una profunda crisis financiera, causada por una rápida expansión del crédito y la especulación inmobiliaria. Sin embargo, desde ese año hasta la Primera Guerra Mundial su tasa de crecimiento económico fue una de las más altas del planeta. La actual crisis en China significa simplemente el fin de una etapa en la evolución de su economía. Cómo será la próxima etapa dependerá crucialmente de factores que son imposibles de pronosticar. Si China avanza hacia un sistema político y económico más libre y transparente, su economía volverá a crecer, aunque a tasas más bajas que en los últimos veinte años. Por otro lado, si la vieja guardia maoísta gana la pulseada en el Politburó, lo más probable es el estancamiento económico.


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