- ámbito
- Edición Impresa
Cristina, política; alemanes, librescos
Cristina de Kirchner dio un discurso en la Feria del Libro de Fráncfort, en la que la Argentina es invitada de honor.
En este sentido, sólo hubo un discurso, el del ministro de Relaciones Exteriores alemán, Guido Westerwelle, quien al hablar de cooperación económica e interés en la región latinoamericana por parte de Alemania compatibilizó con los discursos oficiales argentinos. Por el contrario, las voces del titular de la Unión de Libreros de Alemania, Gottfried Honnefelder, o la de los directivos de la Feria del Libro, no tuvieron su correspondencia con las de los ausentes directivos de las dos cámaras del libro argentinas, al menos en el acto de ayer.
Para los alemanes, las preocupaciones centrales son hoy, a la luz del avance fulminante de las tecnologías digitales, la eventualidad de que una sola empresa, Google, pueda quedarse con la totalidad de los derechos de autor europeos en el mercado norteamericano, o, más específicamente, que la Comunidad Europea no homologue impositivamente el libro digital al libro tradicional de papel en cuanto a las exenciones del IVA. Fueron preocupaciones concretas, urgentes.
Las voces argentinas expresaron realidades por completo distintas. En primer lugar, la dramaturga y novelista Griselda Gambaro, designada por el Gobierno como oradora central en representación de la clase intelectual, pronunció, sin embargo, un discurso de fondo ligeramente pesimista -en verdad, una de las claves de su obra-, y cuyo concepto central terminó siendo amablemente contestado por la Presidente.
Gambaro elogió la vindicación actual de escritores perseguidos y asesinados como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y Héctor Oesterheld, pero si bien reivindicó el apoyo crítico de la clase intelectual a un Gobierno, pese a la natural desconfianza que le impone la ética de esa clase intelectual hacia el poder («no hay que confundir disidencia con antagonismo»), a partir de la consideración de que muchas veces la palabra era impotente para dar cuenta de la realidad, o modificarla, también habló de la derrota de la clase intelectual. Posiblemente no fue el discurso que más ansiaba oír el Gobierno.
La subida al estrado de Cristina de Kirchner tuvo un primer capítulo de fuerte impacto político, cuando sintetizó a los más de 60 autores invitados a la Feria en la figura de una mujer que no es escritora, Elsa de Oesterheld, viuda del desaparecido autor de «El Eternauta». El auditorio aplaudió de pie su figura frágil. «Éste es el renacer de una vida que resignifica muchísimas vidas y que gracias a esta cosa impresionante que surgió a través de una nueva juventud, y esta nueva mujer y este hombre que surgieron después del dolor inmenso sufrido por un país como el nuestro».
Eso sonaba mucho mejor que el discurso sobre la derrota de los intelectuales, al que la Presidente respondió con: «Yo me resisto a la idea de la derrota. Por eso quizá la querida Griselda Gambaro es escritora y yo política», dijo casi al término de su discurso, sostenido en muchos tramos por el énfasis en los avances de su gestión, como por caso el otorgamiento de fondos a educación («en 2002, la Argentina destinaba el 5% de su PBI al pago de la deuda externa y sólo el 2% a educación; el año pasado, con una deuda externa refinanciada, se destinó el 2% a su pago y el 6,7% a la educación»).
También insistió la Presidente en su idea, ya expresada durante los fastos del Bicentenario, de que la Argentina de 1910 no era el país ideal que ocupaba un espacio privilegiado en el mundo. Al citar una obra de Ernesto de la Cárcova, expuesta en la muestra paralela «Realidad y utopía», manifestó: «En esa magnífica pintura del año 1894, -y aquí reiteró la vinculación del arte en todas sus expresiones, literatura, pintura- 'Sin pan y sin trabajo', se pinta a una familia donde un obrero con el puño cerrado y con mucha desesperación mira hacia afuera como esperando que haya trabajo; la Argentina era muy rica, pero había muchos argentinos que vivían en la más extrema y terrible miseria».
La ceremonia terminó casi con un paso de comedia. La Presidente, al ver el martillo con el que debía darse por inaugurada la Feria, no supo si era ella quien debía hacerlo y bromeó con ello: «¿Esto es para dar el golpe de inauguración o le tengo que pegar a alguien?». Reía, sobre todo, porque recién terminaba de hablar de tolerancia. Para sacarla del apuro volvió a subir al estrado Honnefelder, quien le explicó -en alemán, claro- el paso protocolar, pero ella no tenía allí traductor al lado. De modo que el canciller Héctor Timerman corrió presurosamente a alcanzarle los auriculares.
Rápidamente, al término de los discursos, la embajadora Magdalena Faillace acompañó a Cristina de Kirchner por el laberinto del stand argentino, una arquitectura planeada como homenaje a Borges, antes de que embarcara hacia Berlín, donde la espera hoy la canciller alemana, Angela Merkel, además de diversas reuniones con delegaciones empresarias de ambos países.
* Enviado Especial a Alemania


Dejá tu comentario