Cristina, entre vetos y lunares

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Los lunares nunca pasan de moda, y hasta pueden servir para imprimir un soplo de estilo retro. Pero repetir el modelito sin armonía con la ocasión no es lo mejor. Además, los lunares fueron furor el verano pasado y ya casi desaparecen para el que viene. Cristina de Kirchner los repitió esta semana con el riesgo que supone ese estampado propio de chiquilinas o bien de señoras mayores, pero inútil para resaltar a las medianas.

Eligió los lunares para su encuentro el miércoles con el ministro de Agricultura de Arabia Saudita, luego con el local, Julián Domínguez, y más tarde con las autoridades de Telecom Italia.

Raro: esta vez no acompañó la cita del funcionario de Medio Oriente copiando algo de aquellas latitudes. En cambio, se puso un traje que poco tenía que ver con la agenda de ese día.

Ya se colgó otra vez ese tailleur de raso morado con pintas negras, que estrenó durante la Cumbre Iberoamericana en Portugal. Otra vez pecó de demodé. Para más, el combo de lunares en un género demasiado brilloso para lucir durante el día, no es lo más acertado. Su look siempre tiene que ser sobrio y las reglas estrictamente protocolares indican que conviene reservar el brillo para la noche, aunque a Cristina de Kirchner le guste de vez en cuando sorprender con estampas y géneros llamativos hasta en desayunos de trabajo. Los lunarcitos remiten a la moda «pin up» de los 50 y luego a los 80, cuando ocupaban gran parte de las producciones y de las vidrieras. En 1950 se convirtieron en un clásico cuando Elizabeth Taylor asistió a un evento con un vestido de lunares blancos. En 1988, la princesa Diana de Gales usó un vestido de lunares azules en fondo blanco, y causó furor. Y quién no recuerda a Julia Roberts en el filme «Pretty Woman» con su vestido de lunares blancos en tela de color marrón.

Las celebrities también copiaron esta moda el año pasado. Como Paris Hilton, quien fue sorprendida por paparazzi haciendo compras en un supermercado con un vestido a lunares. O Nicole Kidman, con un vestido en rosa pálido con pintas negras para una fiesta.

Por cierto, para darle un toque retro a una colección, los más grandes diseñadores, como Christian Lacroix o Michael Kors, invocan este recurso en accesorios o prendas específicas, pero no para cualquier edad o silueta. Cristina de Kirchner había empezado la semana ya con un look casi naif, quizá los resabios de un muy buen fin de semana largo, según sus tweets. Pantalón gris con un top blanco y cardigan tejido del mismo color, con un foulard que apenas cortaba los tonos claros, fue el outfit que eligió para presentarse el martes en el Chaco. Pero fiel a su rebeldía en materia de vestuario, la tranquilidad le duró poco. El resto de la semana se entregó a una exhibición de trajes a rayas, pintas y cuadros.

El jueves volvió al terreno de los errores para el acto que encabezó en Moreno, no tanto por la elección del traje sino por el corte. Presentaba pliegues que surgían indescifrables por todos lados, posiblemente provocados por el cinto que llevaba muy arriba de la cintura, a la altura del llamado corte imperio. Lo efectivo de ese equipo, y que la Presidente debería adoptar más seguido, son las rayas verticales, que siempre favorecen y estilizan la figura. Lástima que se cambió para recibir horas más tarde al presidente del Comité de Descolonización de la ONU, Donatus Keith Saint Aimee. Hubiera sido pertinente ese día seguir con el mismo equipo gris (el color de la neutralidad) para esa reunión que requería de una imagen negociadora, en lugar del vestido camisero marrón y negro a cuadros en el que se perdía con su cabellera rojiza y un maquillaje digno de Broadway.

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