Pianista y arreglador, tocó con orquestas sinfónicas en diversos lugares del mundo, hizo instrumentaciones para la escena y la danza, es docente, acompañó a cantantes entre ellos, por siete años, a Raphael- y está instalado en España donde tiene una larga lista de proyectos. En estos días, estuvo presentando un disco en dúo, "Sin Red", junto al violinista Pablo Agri. A la vez, por encargo de la ciudad de Buenos Aires, hizo una serie de arreglos para dos pianos, con temas propios y de Salgán, Gardel, Piazzolla y Plaza, para tocar con su colega Horacio Lavandera. Lo estrenaron el año pasado y ahora tendrá su noche estelar el lunes próximo en el Teatro Colón, con entrada gratuita que debe retirarse con anterioridad por la Casa de la Cultura.
Dialogamos con él.
Periodista: ¿Qué significa tocar en el Colón?
Juan Esteban Cuacci: En mi imaginario de músico argentino, el Teatro Colón oficia de meca. No sé si es un momento bisagra en mi carrera, pero sí lo será de manera personal y privada. Tocar ahí mis obras será un regalo del universo y, por supuesto, me provoca unos nervios tremendos, pero no sólo porque las notas estén en su lugar, sino por el compromiso que siento como músico popular, de continuar la tradición de mis mayores, y hacer quedar bien a la música de Buenos Aires.
P.: ¿Pone en el mismo plano su disco con Pablo Agri que su concierto con Lavandera?
J.E.C.: Sí. Son parte de lo mismo porque en los dos casos la música la escribí yo y es lo más honesto de mi escritura musical. Lejos de emular cualquier técnica, son obras y arreglos nacidos de la necesidad de ser personal y no mentir. Son parte de mi y en eso es donde se parecen; diría que vienen del mismo padre.
P.: ¿Cuál es la diferencia entre tocar tango con alguien que viene claramente de ese mundo y hacerlo con otro que proviene del que habitualmente llamamos clásico?
J.E.C.: Los primeros dúos de piano que escribí, los estrené con María Martinova que es una brillantísima pianista clásica, nacida en Bulgaria. Creo que cualquiera puede tocar la música que quiera, pero hay algo que es fundamental, y es el amar lo que se va a tocar, tomárselo en serio y estudiarlo a fondo. Es verdad que, por lo general, los músicos venidos del clásico ven la música popular como menor y ahí es donde cometen el error de subestimarla; y hablo incluso de grandes maestros internacionales. Por suerte no es el caso de Lavandera, que sí se lo toma en serio y lo siente como propio.
P.: ¿Qué proyección tiene este dúo con Lavandera y en qué medida tiene puntos de contacto con el que tiene con María Martinova?
J.E.C.: El punto de contacto, yo. Porque es toda música mía. Por lo demás, ellos tocan muy distinto, y de los dos aprendo mucho. Y claro, me gustaría seguir tocando con Lavandera y poder estrenar más obras con él.
P.: ¿Sigue teniendo vigencia esa distinción entre "clásico" y "popular"?
J.E.C.: Creo que sí, pero es más una frontera estúpida, dibujada por gente que cree ser músico. En verdad, pienso que hay solo dos músicas, la buena y la mala. Tal vez sí debo aclarar que el rigor de estudio de un músico clásico es de envidiar en un músico popular, y que la astucia de un músico popular es muy envidiable en el clásico. Pero hoy en día esos mundos se han acercado gracias a que los programas de enseñanza musical han avanzado mucho.
P.: Usted hizo su formación sin pasar por las academias. ¿Cómo ha logrado insertarse en el mundo de las orquestas sinfónicas y de las salas de concierto clásico?
J.E.C.: No lo sé. A lo mejor, pasa por la seriedad con que me tomo lo que hago. Nada me es fácil, todo cuesta, moverse por el mundo, dejar la familia, sentarse horas a estudiar el piano, muchas noches sin dormir escribiendo. También tiene que ver con asumir sin complejo de inferioridad mi condición de músico autodidacta y popular, de ser un hombre de tango y afianzarme en mi raíz para crecer fuerte.
P.: ¿Cuál es la diferencia entre tocar, arreglar y dirigir bandas u orquestas de cantantes, y el de plantear sus propios proyectos?
J.E.C.: Mi último trabajo en ese aspecto fueron los siete años que fui director de Raphael. Cuando entré, me encontré con los arreglos que habían escrito Waldo de los Rios o Jesús Gluck. Casi me desmayo. Miles de notas por todas partes y una ensalada de cambios de tiempo que te morías. Por otra parte la primera gira era solo con el piano, y claro, Raphael es de estadios, y había que tocar todo eso ante miles de personas ahí solito. Pero lo que me salvaba era que el que daba la cara era él. Es mucho más difícil tocar "La Cucaracha", solo, en el Teatro Colón para dos personas, que miles de notas con un cantante. Pero a mí me gusta lo difícil, por eso decidí, desde que dejé a Raphael, no volver a trabajar para terceros que no me interesaran o que no tuvieran cosas mías. Claro que a la familia uno no le dice que no nunca, pero por ejemplo, la semana pasada me llamaron para una gira con Paloma San Basilio y dije "no, gracias". Por el contrario, cuando me junto con Gabriela Bergallo o Sandra Luna, ellas cantan y yo toco lo que se me ocurre.
P.: ¿Pesa o ayuda el hecho de tener un padre tanguero y una familia de artistas?
J.E.C.: Mi padre me enseñó la vida entera, me crió con generosidad y amor. Me pasó su profesión sin mezquindad y todavía me da cátedra. Cuando yo era adolescente quería ser mejor músico que él, ahora me gustaría ser tan buen padre para mis hijos como lo fue él para mí y para mi hermana. Nacer en una casa de artistas fue genial. Nunca viví eso como una contra, pero sí con presión; nunca existió el "te la llevás de arriba". Había que ganarse el lugar. Por ejemplo, hasta que llegué a tocar el piano con mi tía Susana, mi viejo me hizo hacer la colimba, y fue lo mejor que me pudo haber pasado.
P.: Dejó de trabajar con Raphael pero sigue viviendo en Europa.
J.E.C.: Sí. Sigo viviendo en España, en Rota, un pueblo de la bahía de Cádiz. Tengo dos hijos con quien fue mi compañera muchos años, la contrabajista Lila Horovitz. En la actualidad compartimos algunos proyectos. Además, viajo mucho a Suiza para hacer cosas solo y en conjunto con Gabriela Bergallo y un grupo de músicos de la Tom Hallen de Zürich y de la ópera. También escribo arreglos para el clarinetista Giora Feidman. Estuve escribiendo otros para unas grabaciones de la Deutsche Grammophon, para un laudista que se llama Avi Avital, que grabó con Richard Galeano. Estoy preparando un concierto con mi mujer, Rebeca Nuñez, que es una bailarina de tango, que estrenaremos en Embrach en septiembre. Tengo que ir a tocar con Maria Martinova a Sofia, Bulgaria. Doy clases de tango en Liechtenstein y en Malmö. Tengo mucha actividad.
| Entrevista de Ricardo Salton |


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