3 de febrero 2011 - 00:00

Cuando la miseria le gana al crecimiento

Cuando la miseria le gana al crecimiento
Los recientes acontecimientos sucedidos en algunos países del norte de África y Medio Oriente, y las consecuencias que sobre el nivel de actividad global, los mercados de capitales y los precios de las materias primas, en especial el petróleo, podría generar un cambio brusco hacia el extremismo de la geopolítica de dicha región, han producido una serie de comentarios en torno a las causas de dichas revueltas populares.

Obviamente, inferir a la distancia -ante regímenes que se perpetúan por décadas en el poder, y tratándose de países con culturas y costumbres muy diferentes a las nuestras- las verdaderas razones de la actual situación es toda una temeridad.

De allí que no pretendo hacer semejante cosa. Solo presento algunos datos de la economía que podrían ayudar a interpretar lo que sucede e, incluso, ahora sí con mayor temeridad aún, sacar algunas conclusiones para el futuro de corto y mediano plazo de nuestro país y de la situación global.

En el cuadro que acompaña estas líneas, se presentan -sobre la base de los datos que suministra el Fondo Monetario Internacional- el crecimiento del PBI y del PBI per cápita, medido en paridad de poder adquisitivo, de Egipto, Túnez y Jordania, durante la última década. Allí puede apreciarse que los tres países registran una tasa de crecimiento promedio positiva en la década, nada despreciable. También los tres países muestran variaciones entre puntas (2000-2010) importantes de su producto per cápita, medido, insisto, de manera de minimizar las distorsiones que provoca la política cambiaria (PPP).

Mirando esos datos, se podría concluir una de tres. 1. Que las revueltas populares se vinculan con temas ajenos a la economía. 2. Que los datos que presenta el FMI, sobre la base de información oficial, resultan poco confiables. O 3. Que la distribución del ingreso, pese al crecimiento, ha empeorado drásticamente en la década, dado el diseño de políticas públicas o el natural incremento de la corrupción y del «capitalismo de amigos» que surge de regímenes autoritarios que se perpetúan en el poder. En ese caso, ni la tasa de crecimiento (promedio) ni su cálculo per cápita (promedio) reflejarían la verdadera situación social de cada país (dispersión de dicho promedio).

O que se trata de una combinación de todos estos factores.

Un intento por testear la última hipótesis es tratar de medir la evolución de la tasa de desempleo y de la tasa de inflación que han sufrido estos países en el período que se presenta. Para ello, utilizando siempre cifras oficiales, las únicas disponibles, al menos a la distancia, en la última columna se presenta la variación del llamado Índice de Miseria, que creó el economista norteamericano Arthur Okun en la década de los setenta. Dicho índice combina de manera simple, en la medición presentada, promedio simple, ambas variables, el desempleo y la inflación. Obviamente, el Índice de Miseria intenta reflejar la situación de los sectores más pobres de la población: los más afectados por el desempleo (en general, además, los más jóvenes) y por la inflación, en especial en este último año, en que la inflación predominante en el mundo ha sido, sobre todo en el último semestre, la llamada «inflación de alimentos», que es, en realidad, el efecto de la combinación del aumento del precio de los commodities agrícolas, en el marco de particulares políticas cambiarias y monetarias de los países.

Cuando se incorpora esta medición, quizás se encuentre una explicación más «económica» de lo que sucede en esa región del planeta. En efecto, pese a las mejoras comentadas de los indicadores económicos, el Índice de Miseria empeoró en la década, entre un 20% y un 70%, dependiendo del país en cuestión. Es más, es en Egipto, precisamente, en donde el deterioro del desempleo y la evolución de la tasa de inflación promedio han sido más graves. Es más, como el índice se calcula sobre el desempleo promedio y la inflación promedio, estoy seguro de que, si se presentaran los datos de desempleo de los más pobres e inflación de alimentos, los números serían aún peores.

Y esto me lleva a presentar algunas reflexiones, audaces por cierto.

En primer lugar, si las revueltas populares se vinculan a la inflación y al desempleo, un cambio de Gobierno calma y tranquiliza, pero se requiere, sobre todo, un cambio de políticas.

Segundo, si ese es el origen de las manifestaciones, prohibir o controlar los medios de comunicación no logra demasiado efecto. Es cierto que se entorpece la coordinación de los grupos revoltosos, pero la gente se da cuenta de que está desempleada o que los precios de los productos suben, independientemente de lo que digan la CNN, Al Jazeera o la televisión pública.

Tercero, el proceso puede ser largo, más allá de la calma o la tormenta de los próximos días, de manera que la volatilidad del valor de los activos en general, y de los activos de «protección», en particular, ante la incertidumbre geopolítica, no será menor. Recuérdese que, más allá de la poca importancia de los protagonistas del problema, en la producción de petróleo, Egipto controla el Canal de Suez, por donde circula más del 25% del comercio global de petróleo, y que el temor a una nueva «revolución iraní» en la región estará presente, y Occidente, en general, tiene el antecedente de ser un compendio de errores, al respecto.

Finalmente, mirándonos el ombligo. El desempleo juvenil y la alta tasa de inflación argentina también han provocado, para un sector de la población, un incremento sustancial del Índice de Miseria local, pese al fuerte crecimiento de la economía. No es un tema menor, mirando lo que ha pasado a fines del año 2010, y lo que puede pasar en los próximos tiempos, en medio de un contexto electoral.

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