9 de agosto 2010 - 00:00

Cumbre mañana con auspicio K. Uribe va camino al enojo

Néstor Kirchner, en su rol de jefe del club Unasur, fue testigo ayer de la reunión en la Cancillería colombiana de los ministros de Exteriores de Venezuela y el país anfitrión, Nicolás Maduro y María Ángela Holguín, respectivamente. El brasileño Lula da Silva fue otro mediador el fin de semana en Bogotá.
Néstor Kirchner, en su rol de jefe del club Unasur, fue testigo ayer de la reunión en la Cancillería colombiana de los ministros de Exteriores de Venezuela y el país anfitrión, Nicolás Maduro y María Ángela Holguín, respectivamente. El brasileño Lula da Silva fue otro mediador el fin de semana en Bogotá.
Tras cuatro días de gestiones, Néstor Kirchner se colgó ayer una medalla: medió entre Colombia y Venezuela para que mañana los presidentes Hugo Chávez y Juan Manuel Santos se encuentren cara a cara para tratar de encarrilar la crisis diplomática entre ambos países.

El patagónico, que el jueves llegó a Caracas, donde se reunió con Chávez y el viernes viajó a Bogotá para la jura de Santos, activó ayer un encuentro de casi tres horas entre los cancilleres Nicolás Maduro y María Angela Holguín, en la que se acordó la cumbre presidencial.

Fue, desde que el 22 de julio el venezolano anunció la ruptura de relaciones diplomáticas, el primer gesto efectivo y contundente de distensión entre los países vecinos. De todos modos, la clave -más allá de la intervención de Kirchner- fue la actitud de Santos.

El flamante presidente, que en su discurso inaugural -e incluso antes de asumir- había deslizado mensajes componedores hacia Venezuela y Ecuador, fue el artífice de la luz de expectativa que se abrió ayer al anunciarse el encuentro que, en Bogotá, mantendrá con Chávez.

Supone, a simple vista, un giro notable respecto de la política que desarrolló Alvaro Uribe, su antecesor, quien hasta horas antes de dejar el poder llevó al extremo la tensión con Caracas. Es más: Chávez faltó, a principios de semana, a la cumbre del Mercosur en San Juan, porque Uribe estaba recorriendo cuarteles del ejército colombiano en la frontera con Venezuela.

Con el mano a mano entre Chávez y Santos para mañana, Kirchner demoró su regreso a la Argentina. Permanecerá en Bogotá, según se informó ayer, hasta el próximo miércoles. Está previsto que participe, al menos durante un tramo, de la reunión entre los mandatarios.

Algo más: confía, dijeron ayer colaboradores del ex presidente, en que el martes mismo se anuncie un principio de acuerdo y quiere ser parte de ese show.

Ayer, luego de la cita con los cancilleres en el Salón Bolívar del Palacio San Carlos, sede de la Cancillería colombiana, el patagónico aseguró tener «una profunda satisfacción de haber asistido a una reunión ejemplar por parte de los cancilleres y que es un ejemplo de responsabilidad de los dos gobiernos».

Se permitió, dedicado al autoelogio, un párrafo más: «Como secretario general de Unasur, como hombre de Latinoamérica que trabaja con estos temas, estoy gratificado, satisfecho por haber participado de una reunión profundamente democrática entre los cancilleres».

Quedó pendiente una referencia a la intervención de Lula da Silva, que también viajó a Caracas e intervino, en tándem con Kirchner, para que Chávez acceda a enviar a su canciller, Maduro, a la asunción de Santos como gesto de buena predisposición.

Apenas estalló el conflicto, Kirchner se comprometió a intervenir. La relación K con Chávez fue, al principio, un factor conflictivo. Jaime Bermúdez, el canciller de Colombia -con Uribe- lo expresó, a su modo, cuando cuestionó la ausencia del patagónico en la cumbre convocada por Rafael Correa en Quito para analizar la crisis regional.

Antes, Kirchner había recibido a Holguín en Olivos y, en ese encuentro, que luego adquirió una relevancia que en el momento no se le dio, el ex presidente comprobó de boca de la por entonces futura canciller que la postura de Santos sería menos belicosa que la de Uribe.

Y así fue. Cuando Bermúdez, enviado por Uribe, denunció a Venezuela ante la OEA, Kirchner escuchó de boca de Rafael Folonier, uno de sus espadones en la Unasur, que el saliente presidente colombiano se movía consciente de que con Santos la política exterior de su país cambiaría.

Ahora, en los análisis de la Unasur, como asunto anexo al expediente de la crisis, se sondea otro factor: cómo puede afectar a Santos, recién asumido y ante la alta popularidad con la que se retiró Uribe, un cambio drástico en materia de relaciones con sus vecinos.

Parece inevitable considerar dos elementos: que Uribe está lejos de retirarse, y que el ex presidente no observará pasivamente el giro que le quiere imponer Santos a su política exterior, sobre todo en relación con Ecuador y Venezuela, que está cruzada por los vínculos -o la simpatía- entre esos gobiernos y las FARC.

El temor por Uribe está latente. De hecho, en medio de las negociaciones -horas después de que Caracas anunciara que Maduro asistiría a la asunción de Santos-, el presidente saliente denunció a Chávez ante la Corte Penal Internacional y en el mismo momento al Gobierno venezolano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Además arreciaron dichos de funcionarios del Departamento de Estado de EE.UU. para apoyar la denuncia de Uribe sobre la presencia de campamentos de las FARC en Venezuela.

El martes, para un Chávez fanático de las referencias históricas, no es un día cualquiera: mañana, 10 de agosto, se cumplen 201 años de una de las batallas más importantes por la independencia americana.

Dejá tu comentario