Los balances, hasta setiembre, resultan en líneas generales de «satisfactorios» para arriba. En algunos casos, hasta siendo mucho mejores que los de 2007. Y tal estado de números empresarios no tienen nada que ver con la crueldad de la baja accionaria en los paneles. Si se toma el ejemplo de la que salió comentada hoy, Solvay Indupa, sus niveles de no más que 0,70 de dólar -promedios recientes- solamente son equiparables a cuando recién salía del «salvataje» y la tomaba el actual grupo de control. Imposible de comparar su situación de antes, y de ahora, incluso con la proyección internacional que le brindó un grupo que es líder en el mundo. Y que tiene raíces diversificadas en Brasil, indudable estrella del Mercosur. Lo único que las hace cotejables a tales situaciones es un precio de mercado que -debido al ciclo bajista bursátil- no respeta ninguna condición y coloca todo en una gran licuadora. Al mismo tiempo, es casi imposible sacar al inversor argentino de salir de cualquier activo y pasarse a dólares. Contra todo argumento racional, prevalece uno estadístico y generacional: «con el dólar siempre me fue bien, me sentí defendido...». Bien decía un buen pensador, que analizaba las conductas humanas: «Se le puede enseñar a un hombre cómo pensar, pero no se le puede enseñar cómo sentir». Y el sentir del que corre hacia lo que «nunca me ha fallado» aniquila las posibilidades de un activo de «fácil liquidez» que, aunque parezca un absurdo, se convierten en billetes, y crédito, de la economía que ha resultado la causante de la crisis. Y que es vilipendiada en cualquier charla de café: aun por los mismos que compran dólares y le extienden el crédito. El triunfo de un sentimiento, por sobre cualquier otro razonamiento. Y así se ve que seguirá siendo...
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Pero la otra cara de la moneda resulta la evidencia de que los empresarios están seriamente preocupados. No los que vienen a los tumbos, sino los que también andan bien. Y hasta muy bien. Un modo de reproducir el viejo chiste, que contaba Juan Carlos Mareco («Pinocho»). El tipo que se cae del octavo piso. Y que, al pasar por el cuarto, dice: «Hasta aquí voy bien...». Los directivos están sintiéndose como el que viene por la mitad del trayecto, pero con la preocupación mayor no por la crisis global, solamente, sino por la desorientación que causa el modo de tratar de enfrentarla, desde lo interno.
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