Trae consigo una instancia crucial en el año el, por ahora, llevadero enero para los mercados. Pero, antes de finalizar, el mundo verá la asunción de nuevo mandatario en Estados Unidos. Y allí comenzarán a tener que conocerse las medidas que ataquen a la crisis económica en el campo de batalla, estando de más los discursos y las generalidades. Y ya no estará Bush para cargar con los efectos, aunque Obama -seguramente- apelará a la remanida frase de los políticos, sobre «recibir una pesada herencia...».
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Carrera contrarreloj, las economías están totalmente desordenadas y la mente y ánimo de la gente puestos en la máxima tensión.
Se verá la reacción del mercado rector, Wall Street, a sabiendas de que tal mundillo suele sentirse más cómodo con republicanos, que con demócratas. Algo que ha trascendido las décadas, casi como un eslogan, que también alguna vez ha querido ser desairado basándose en estadísticas puras, pero que -como todas creencias que se convierten en clásicos- siempre ejerce algún peso sobre las actitudes. Nosotros, pequeños y tan australes, atravesando por la anemia de fieles y de negocios con Bolsa, no podemos soslayar todo aquello que empiece a suceder con Obama y que tendrá que demostrar saber luchar con las fieras que lo rodean.
Así, a poco de andar por 2009, ya se establece una clara frontera en la tendencia de los mercados. Un verdadero «antes y después», pero con un Gobierno que no tendrá tiempo para ganarse crédito. Y si no lo consigue rápido, más veloz será el desgaste. Con la selección de figuras que convocó, tratando de suplir su inexperiencia, se abre una nueva instancia para la economía del mundo. Y para la salud de las Bolsas. Por aquí no es mucho lo que pueda ofrecerse, salvo que salga algún plan como el de heladeras o autos, para ver si se puede mover el mercado de acciones. Que desde diciembre se las está arreglando como para mostrar «señales de vida» en sus cotizaciones -selectivas-, aunque arrastra la intensa sequía en los canales de volumen. Solamente la gran experiencia en este tipo de climas rigurosos, de un mercado que ha visto y probado de todo, puede mantener cierto espíritu en alto.
La gran pregunta del mundo es si lo peor ya está pasando.
O si todavía falta reconocer otras profundidades. En este aspecto es donde la sonriente figura de Obama ocupa toda la escena. (Y quiera Dios que no se equivoque).
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