Primer signo de vida, ante la invasión a las sociedades, por parte de Aluar. El anuncio de un aporte del grupo de control y de fuerte suma -250 millones de dólares- con destino a alivianar compromisos y proseguir con obras. Pero lo más sustancioso es cuando -tal la nota publicada en Clarín, del jueves- uno de sus directivos, Madanes Quintanilla, lanzó el mensaje de: «Es el momento de poner el pecho...». Detrás del aperitivo vinieron los platos principales, del diálogo que se reprodujo en la nota. A continuación, arrojó: «Se necesita un Estado que preserve este tipo de industria, ante una brutal caída de la demanda». A la directa pregunta sobre «el cómo», el directivo afirmó: «Debe involucrase no sólo nombrando un director, sino con la defensa del nivel de actividad». Todavía faltaba lo mejor. Y es cuando se hace referencia a que: «Esperan que el Estado, que tiene un 11%, haga su aporte de capital...».
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Se procura que la llegada en paracaídas de un nuevo socio de importancia, que ha sentado a un representante en la compañía, no se limite -esto lo decimos nosotros, tratando de interpretar lo que se dijo- a disfrutar de los beneficios, sino que también le ponga el pecho el esfuerzo que realizan los de la mayoría.
No se habla allí de suscripción, pero si la suma se integra al capital -primero como «aporte irrevocable»-, puede tener un efecto similar a la suscripción llana. Esto sería que los porcentuales de aquellos accionistas que no acompañen la iniciativa perderán peso al seguir con igual cantidad de títulos dentro de un capital mayor. Nos parece muy apropiado que las sociedades inviten a participar en el esfuerzo a una ANSES que se sacó la lotería (teniendo ella sola todos los billetes) con lo que le llegó de las AFJP. Y que, contradiciendo sin miramientos el espíritu original de los paquetes acumulados: se dispuso después a jugar de empresaria, reclamando sillas de directorios.
Por otra parte (aunque el discurso original decía que el dinero de los jubilados no debía estar participando en el juego de los mercados), le guste o no, y a través de la tenencia accionaria que posee, está también jugando a la Bolsa y exponiéndose al subir y bajar de las cotizaciones. Aluar dio un primer paso, reclamando que no todo sea un calentar asientos y que el nuevo socio haga también aportes para mejorar el perfil de la compañía o para ayudar a su expansión. Una actitud que deberían imitar las que aceptaron que surgiera la avanzada de «paracaidistas estatales».
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